Hay ocasiones en las que todo sale exactamente como debería. No son muchas, pero, a veces, la moneda solo puede salir cara. Y sale. Antes de ser Vivar Dorado, Ángel (Griñón, 12 de febrero de 1974) vestía la blanquiazul de un Leganés recién ascendido a Segunda y en su rostro se adivinaba el hambre de un chaval al que nada iba a frenar. Se comió la división de plata y dio el salto a Tenerife, para conducir a las órdenes de Heynckes un conjunto que sigue clavado en las retinas del Heliodoro. De ahí se asentó en la sala de máquinas de varios conjuntos de la categoría de oro, en el lugar “donde se cuece el fútbol”, esa zona intermedia del terreno de juego siempre difícil de dominar.

De la trinchera del centro del campo a los banquillos solo hay un paso. Y Vivar Dorado sigue mostrando la convicción de quien sabe que un pase solo tiene un destino, o que un equipo solo gana cuando detrás hay trabajo, equilibrio y organización. El secreto, como de costumbre, suele estar en los pequeños detalles, en la fina cuerda que separa al funambulista del abismo. Ahora que se prepara para asentarse en el rol de técnico, Ángel camina por esa cuerda con pericia, con porte serio y rigor táctico, pero también teniendo muy presente que al fútbol se juega con el corazón.

Empecemos por el principio. Natural de Griñón, un pueblo cercano a Fuenlabrada en las afueras de Madrid. ¿Cuáles son tus primeros recuerdos con un balón? 

Mis primeros recuerdos con el balón fueron cerca de mi casa, en mi pueblo. Vivía muy cerca de mi primo, que me sacaba 20 años, y jugaba con él. Tengo el recuerdo de darle patadas al balón contra la pared, y luego también en el colegio, donde teníamos un equipito.

¿En qué momento te diste cuenta de que podías dedicarte a ello?

En mi caso fue todo muy natural, yo estaba en las categorías inferiores del Leganés, y cuando eres niño tienes ese anhelo, pero tampoco eres muy consciente de ello. Con 16 años termino la temporada de Juvenil C ya jugando con el B y al año siguiente estoy en el filial, con lo cual todo sucedió rápido. Una vez ahí ya tomas consciencia de que se te está dando bien, y deseas hacer real esa ilusión.

Con 18 años vives tu primera temporada en Segunda División, y te sales marcando diez goles. ¿Qué recuerdos guardas de aquella campaña?

Empecé jugando de segundo punta y a veces en banda, así que pisaba mucha área y tenía más funciones de rematador. Fue una temporada muy buena, no solo por los diez goles sino porque logramos el objetivo de permanecer en Segunda. Te estrenas en la categoría y te vas haciendo mayor como club; efectivamente, para mí fue un año crucial.

De hecho, ese año fuiste elegido por los aficionados como el jugador más valioso del equipo, pero tus maletas ya estaban hechas. En Tenerife al principio te costó un poco entrar. ¿Te surgieron dudas en algún momento de haber dado ese salto?

Si, así es. Prácticamente no jugué nada en ese primer año en Tenerife, con lo que esa progresión que llevaba en el Leganés se vio un poco cortada. Te planteas que quizás no has ido al equipo adecuado. Pero en mi segunda temporada en Tenerife llega Jupp Heynckes, que venía del Athletic Club y de quien se comentaba entonces que confiaba en la gente joven, así que decidí hacer la pretemporada y esperar.

Estas dudas se me quitan el primer día, cuando el segundo entrenador, Ewald Linen, viene a hablar conmigo después del partido de presentación ante el público. Al acabar el partido me dijo que le había gustado mucho, que no me conocían en exceso, pero que, seguramente, por lo que habían visto, iba a ser importante para ellos.

En una entrevista destacas sobre todo la personalidad de Jupp dentro del equipo. ¿Crees que esa es una de las características más necesarias en un entrenador? 

Sin duda. Cuando empiezo a jugar en Primera con Heynckes recibo un máster sobre cómo debe ser la dirección de un equipo. Desde que nos poníamos a entrenar, todo era muy guiado y se pensaba 100% en trabajar. Me quedo con todo: la preparación de los partidos, las charlas… Habiendo sido jugador antes, entendía perfectamente la mentalidad de sus jugadores. En el momento en que pisabas el campo, lo hacías seguro, incluso había veces que recibías un gol en contra y sabías que lo íbamos a levantar. Era metódico y serio, sin olvidarse de que jugar al fútbol también es disfrutar.

 

“Con Heynckes recibí un master en cómo debe ser la dirección de un equipo”

 

Vuestra campaña en la UEFA fue espectacular: os quedasteis a un paso de la final. En la ida de esas semis, ante el Schalke 04, te expulsan de un modo un tanto riguroso. ¿Cómo viviste ese momento?

Para mí fue muy frustrante. Estaba muy enrabietado por dejar al equipo con diez, teníamos mucha ilusión puesta en esa UEFA, más después de eliminar al Feyenoord de Koeman o a la Lazio con eliminatorias muy buenas. Creo que la acción no fue de tarjeta, ya que mi afán fue simplemente abrirme un poco y proteger el balón. Fíjate que no pensé ni siquiera en que la vuelta no la iba a jugar, en ese momento estaba tan metido en el objetivo del equipo que ni se me pasó por la cabeza.

Al final del partido, Heynckes se acercó a mí y me dijo: “Ángel, estate tranquilo porque yo sé que esta acción no es de expulsión y que has ido a protegerte, ha sido injusta”. Ejemplos así te hablan de la relevancia que pueden tener las palabras de un entrenador en sus jugadores, en la manera de comportarse que luego tienen en el terreno de juego.

Luego vino el Racing. ¿Cómo recuerdas ese ambiente de partido en El Sardinero?

Por como era su estadio, para mi el Racing siempre tuvo un sabor a tradición, a fútbol inglés, incluso por la meteorología, y eso a mi me encantaba. Aunque con otros objetivos, vivía cada domingo con ilusión y pasé un buen tiempo allí.

En tu tercera temporada en Santander, te toca vivir una situación amarga como el descenso de un mítico. Pero decidiste quedarte en el club y jugar en Segunda. ¿Qué te animó a tomar esa decisión?

Para mi el descenso del Racing fue sin duda alguna la mayor decepción de mi carrera. Lo vives como no haber cumplido con las expectativas, y esto para el futbolista siempre es muy frustrante. Tenía este vínculo emocional con el club, y creía que a pesar de haber bajado a Segunda teníamos muchas opciones de subir, así que ni me lo planteé.

Después, a los 28 años, llegas a un Getafe en Segunda, y podríamos decir que allí vives tus mejores años como futbolista profesional. ¿Estarías de acuerdo?

Yo diría que, junto con mis dos años intermedios en Tenerife, fueron mis mejores años como futbolista, sí. Cada año era mejor que el anterior: de ascender a Primera sin partir de favoritos a jugar la final de la Copa del Rey… Fueron momentos muy bonitos, hacíamos grandes cosas y encima el ambiente que teníamos en el vestuario y con el club era muy bueno. Yo también tenía ya una edad, había vivido muchas situaciones distintas, y tenía esa consciencia de apreciar lo que estábamos haciendo.

Al mando de entrenadores como Quique Sánchez Flores, fuiste una pieza importante en la ascensión meteórica del Getafe a principios de los 2000. Con Quique fuiste además capitán, en el año en que ganáis al Madrid de Zidane y Raúl. ¿Cómo te influyó el tiempo que pasasteis juntos?

Quique me enseñó mucho a nivel táctico. Con 28 años ya tienes más capacidad para entender el juego, y a nivel defensivo me enseñó mucho. De hecho, parte de las ideas que hoy tengo como entrenador las adquirí de él. Era un técnico que empezaba a manejar datos, herramientas que hoy son muy normales pero que entonces estaban empezando a descubrirse, y en base a eso la preparación de los partidos era muy buena y las pautas que nos daba, muy claras. Lo que consiguió fue armar un equipo difícil de doblegar. Era difícil hacernos ocasiones o goles, éramos un equipo muy implicado, muy colaborativo. Tácticamente nos organizó muy bien.

El hecho de ser capitán ese año me lo tomé con naturalidad. Cuando llegué al equipo quizá era de los que más experiencia tenía en Primera, así que asumí ese liderazgo como creo que me correspondía, con lo cual fue muy normal. Me sentía muy arropado por compañeros como Cotelo, Belenguer o Craioveanu. El grupo estaba a una.

Me da la sensación de que en Getafe nació un líder silencioso; quizás no te gusta hablar de más, pero sí liderar mediante el ejemplo. ¿Me equivoco?

Creo mucho en el ejemplo de los líderes. Creo que el ejemplo es lo más potente, pero evidentemente la palabra también lo es. Hay que exponer las cosas claras cuando hay que hacerlo, si no es necesario tampoco hay que malgastar. Las personas debemos tener margen de maniobra y también esa libertad, encontrar la línea a seguir para el grupo y que cada individuo también encuentre su sitio.

 

“Mi demarcación dentro del campo me influye decisivamente en mi rol como técnico”

 

Llegaste al Valladolid para disputar tus dos últimas temporadas en activo en Primera División, en un equipo entrenado por un Mendilibar que, con 46 años, acababa de subir de Segunda. ¿Cómo es José en las distancias cortas?

Yo creo que la mayor virtud del míster es su naturalidad. Se dice rápido, pero no es fácil que tu influencia en el equipo venga a través del ejemplo y del respeto. Te habla como le hablaría a su hijo, si te tiene que decir algo enfadado te lo dice, y a lo mejor se le pasa a los dos minutos. Todo es muy natural, y esto se agradece estando a un nivel tan alto.

¿Crees que un posible objetivo para ti podría ser, como José en su día, el de aceptar un proyecto de Segunda para formar un equipo desde abajo?

Bueno, (ríe), al final hay muchos proyectos que podrían resultar atractivos, y este podría resultar uno de ellos. Hay muchos motivos por los que los proyectos pueden llegar a ser desafiantes. Me siento preparado para cualquier reto que pueda venir, seguro de poder afrontarlo con garantías, y a partir de allí veremos lo que sale y tendremos en cuenta que hay muchos pasos en el camino.

Si hay una característica que defina tu fútbol es esta pausa con la que parece que parabas el tiempo en el césped. ¿Crees que esta cualidad sigue siendo importante en un fútbol tan físico y rápido como el de hoy?

La pausa es importante si es beneficiosa. Hoy es cierto que muchos equipos tienen una exigencia muy física, le dan mucha rapidez al juego. La rapidez es importante, porque pone las cosas difíciles a tu rival, pero también la pausa, siempre y cuando no sea una pausa que frene el juego, también es muy interesante, porque te permite escoger la mejor opción. Al final es hacerla en el instante correcto, leer el momento del partido y tomar la mejor decisión.

¿Crees que tu posición en el centro del campo te dio una experiencia importante que puedes aplicar a tu rol cómo entrenador?

Sin duda. Al final estás en una parte muy céntrica, y, por así decirlo, eres la cohesión entre la defensa y los delanteros, y muchas veces es ahí donde se cuece el fútbol. Antes hablábamos de la pausa en referencia al ritmo, y efectivamente es en el centro del campo donde se dominan los ritmos del partido. Tienes que mantener distancias entre líneas, que tu equipo no se parta, con lo cual te da también mucha riqueza táctica a la hora de colocarte… Sí, creo que es una posición idónea para tener más capacidad de entender el juego y de tomar decisiones, así que evidentemente me influye como técnico.

¿Qué se puede esperar de un equipo entrenado por Vivar Dorado?

Un equipo que intente llevar la iniciativa, que intente dominar el juego a través del balón. El fútbol profesional de alto nivel es competición y son resultados, y yo creo que la mejor manera de llegar a estos resultados es mediante esta idea. Quiero, a la vez, que mi equipo sea ordenado, también a la hora de defender. Me gustaría a veces desterrar los clichés de que si un equipo es ofensivo luego a la hora de defender no puede ser ordenado, o riguroso, o no tenga el concepto de la agresividad. Creo que se pueden lograr ambos objetivos.

Tu primera experiencia como entrenador fue en Lisboa, donde te encargaste de llevar a la victoria a la selección AFE en el FIFPro Tournament 2019. ¿Cómo fue ese primer contacto?

Fue muy gratificante, los medios que tienes para trabajar son muy parecidos a los profesionales, cuentas con todo el entorno que se necesita para preparar a un equipo: cuerpo técnico, analistas… Y luego, a nivel personal, ha resultado interesante para consolidar ideas y seguir dándoles forma. Te da un espacio para plasmar lo que quieres desarrollar como entrenador, y te ayuda a ratificarte en qué es lo que realmente quieres hacer. Por último, adquieres un bagaje de partidos contra equipos que te exigen, por lo que fue una experiencia muy positiva.

Este año, ‘tu’ Leganés tiene opciones de volver a Primera. ¿Sigues al equipo y la competición? ¿Cómo has visto la evolución del club en los últimos tiempos?

Sí, sigo la competición y la trayectoria del equipo desde siempre, porque, como es obvio, le tengo mucho cariño al Leganés. Creo que han sabido darle mucho sentido común al proyecto y al mismo tiempo ser ambiciosos. Veremos cómo les va en su pelea por el ascenso, lo principal es acertar en tus soluciones deportivas y para hacerlo es bueno contar con cierta tranquilidad, en un fútbol donde parece que todo va a mil por hora. El Leganés lo está sabiendo hacer.

 

“Quiero que mi equipo lleve la iniciativa a través del balón, que sea ordenado y ofensivo a la vez”

 

Una de las críticas que ha recibido el proyecto de la Superliga es acerca del daño que haría a los equipos no tan poderosos a nivel económico, como el propio Leganés. ¿Cuál es tu opinión al respecto?

Es un tema complicado, cada uno prioriza sus intereses y esto es razonable. Quizá los clubes grandes piensen que aportan más y por ello deben tener más beneficios, y que quizá los partidos entre ellos pueden tener más interés… Yo creo que lo que da interés al deporte es la igualdad. Cuanta mayor competitividad se genere, mucho mejor. Lo hemos visto este año en la liga española, no solo con los equipos que podían quedar campeones sino también con el descenso. Y todo esto justo cuando hay ciertas voces que dicen que las ligas nacionales podrían perder interés con la Superliga. De lo que se trata, al final, es de generar la mayor igualdad posible. Creo en un reparto en el que se le pueda dotar a los equipos a priori más modestos de más posibilidades, y de este modo generar una competición mucho más reñida.

¿Crees que durante los últimos años se han perdido ciertos valores, como el espíritu de sentir los colores y de formar un equipo desde abajo?

Lo ideal cuando vas a un equipo es crear junto con el club cierta identidad, sentar las bases en torno a algo en lo que también crea el club en el que trabajas. Hoy hay ciertos clubes que cuidan esta identidad y otros no tanto. Esa implicación tiene que ir de arriba abajo en los clubes, y actualmente tengo la sensación de que todo es muy frío. Tratamos al jugador como mercancía: puedo entender que un jugador sea un trabajador y deba rendir, pero si no creamos una identidad de club no esperemos luego que ese jugador dé un plus de implicación que a veces se da cuando entran más las emociones en juego.

Entramos en el terreno de las emociones…

El fútbol también es emoción, y la emoción la siente el futbolista. Cuando tú te aplicas con emoción, y estás en una situación complicada, darás ese plus que es difícil de encontrar sin ella. Por lo tanto, es una cosa muy interesante a trabajar. Evidentemente, lleva su tiempo, porque lo más fácil es decir “este jugador no me vale y voy a traer otro”, pero si decides tener paciencia a lo mejor un día tienes a Iniesta en el equipo. Además, el chico será uno de los tuyos, y el club también sentirá ese orgullo de haber podido sacar a un jugador con ese nivel.

Para acabar: ¿qué objetivos tienes para el futuro próximo?

Los objetivos son encontrarme con un proyecto que me sea atractivo, que me genere un desafío para poder desarrollar y llevar a cabo mis ideas. Sabemos que el ámbito del fútbol es muy amplio y se dan muchas situaciones distintas, así que no me centro concretamente en algún conjunto u otro, sino en que el proyecto que llegue me genere esta inquietud.

 


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Fotografía de Imago.