Este sábado, San Siro acoge la cuarta final de la Copa de Europa en su casi centenaria historia. 15 años después de aquella dramática tanda de penaltis que le hurtó la Orejona al Valencia, el coliseo milanés ha necesitado unas reformas urgentes para albergar el gran partido del calendario continental (nuevos banquillos, baños, accesos al campo de ambos equipos, nueva señalética, eliminación de las barreras arquitectónicas en la parada del tranvía). Pero los cuidados de que es objeto el estadio más grande de Italia es minuciosa y cotidiana, como la que merecería un bonsai o un mueble de anticuario. Tan interesante y meticulosa que ha merecido incluso un cortometraje, escrito y dirigido por Yuri Ancarani.

Quedo con él. Lo primero que confiesa, con un pellizco de orgullo, es su total indiferencia por el deporte. Su incomprensión hacia los debates futbolísticos en los bares. Curioso punto de partida, pienso para mí, para un artista que ha decidido explicar en imágenes y sonidos la vida de de los miles de tifosi que peregrinan a San Siro cada semana, en las horas que preceden a los partidos de Inter y Milan. Pero justo después, quizá imaginándose mi primera pregunta, se lanza con una cita que apacigua su relación con la pelota: “Vittorio Fagone, uno de mis profesores de Historia del arte, nos dijo un día que en su toque del balón a Maradona había que considerarlo un artista”. Este es el hilo que cose, en el trabajo de Ancarani, fútbol, vida y arte con el intento de comprender por qué cada semana decenas de miles de personas se acercan a esta “catedral pagana para venerar a sus propias divinidades”.

Los protagonistas silenciosos de San Siro son técnicos, electricistas, empleados de la limpieza, jardineros. Profesionales con cientos de cables por ordenar. decenas de lavabos por controlar, trozos de césped por replantar, asientos por limpiar. «Se requiere estilo incluso a la hora de retirar cientos de obstáculos. El resultado es un concierto de metal y cemento. Así como el orden y la precisión con los que se tiran los kilómetros de cable de las cámaras”, me dice Ancarani cuando le pregunto por el aspecto que más le ha sorprendido. La idea del proyecto San Siro nace de un encuentro cultural entre Sky y Careof y estaba incialmente centrado en torno a las dinámicas de las unidades móviles de televisión. Pero el director en seguida quedó fascinado por las formas que se movían en las inmediaciones del estadio: “cuando a cada una de mis preguntas sobre esas figuras se me respondía que no eran interesantes, entendí que tras las bambalinas podía residir una temática interesante, así que comencé mi propia batalla personal”. Y durante la producción del film, a lo largo de todo el campeonato, Ancarani ha logrado superar todas las resistencias.

 

“Veo al jardinero iniciar un gesto que desde lo alto de las gradas no entiendo. Corro como un desesperado hacia las filas inferiores. Cuando llego, me cuenta que ha estado recortando con las tijeras unas briznas de hierba que le molestaban desde hacía tiempo”

 

Estilo, decíamos, pero también poesía. Trabajar en -y para- San Siro es también poesía. Uno de los protagonistas espiados por el zoom desde la tribuna es un jardinero empeñado en repasar con la cal los puntos de penalti: “De repente lo veo inclinarse hacia el suelo e iniciar un gesto que desde lo alto de las gradas no entiendo. Corro entonces como un desesperado hacia las filas inferiores del fondo, a la búsqueda del jardinero. Cuando llego hasta él me cuenta que ha estado recortando con las tijeras unas briznas de hierba que le molestaban desde hace tiempo”. El mimo, la atención obsesiva por los detalles, la celeridad de los cuidados, son las pilastras de esta cara B de San Siro: “Una cosa que no grabé pero que me hubiera encantado incluir en la película fue el despliegue de los tepes de césped, en la pretemporada, como si fuesen alfombras medievales. Como si fueran el único elemento de verdor en toda la gris ciudad de Milán”. Esa aureola única que requiere un lugar de devoción y culto.

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Y luego sobresale la excepcionalidad de lo cotidiano. Durante los meses de rodaje, el cineasta es visto con indiferencia por los protagonistas de su obra, ajenos a que su trabajo pudiera resultar tan interesante como para merecer la atención de la cámara: “Los operarios me consideraban un tipo simpatico y respetuoso, me ofrecían café, pero en el fondo me consideraban un loco. Me colocaba con la cámara hacia ellos en todas las horas del día y de la noche, en todas las condiciones climatológicas”. En el mundo del fútbol todo cuenta, y no hay nada que escape del espectáculo que se deriva. La religiosidad es un concepto que aparece, tanto en la vida como en el deporte, tanto para quien se encuentra en el campo como para quien observa: “para un tifoso, sobre todo de la curva, se pueden sentir emociones grandísimas que yo no siento la necesidad de sentir: ponerse de pie sobre los asientos, una sensación de vértigo y de suspensión en el vacío que va más allá del fútbol. Pero el estadio, con su estructura imponente, es más un bunker que un teatro”. Los estadios hoy son el lugar donde el control y la seguridad alcanzan niveles extremos, espacios abiertos que parecen cada vez más prisiones y muchas de las escenas que siguen el ingreso en el recinto de los tifosi lo confirman.

Los 26 minutos del corto si cierran con los únicos inquilinos de San Siro que hasta ese momento habían quedado fuera del foco: los jugadores (“mis gladiadores”, dice Ancarani). Rodeados de silencio, la cámara nos proyecta en el autobús del Milan que, escoltado por las motos de la policía, se dirige hacia el estadio. A cada metro, las caras tensas de Kaká, Muntari, Abate, o Zapata se dirigen hacia las ventanillas, concentrados en las notas que disparan su auriculares. “Logré entrar en el autobús gracias a la ayuda del club, que entendió mi proyecto. En particular, Galliani y Seedorf -entonces entrenador del primer equipo rossonero- se mostraron muy disponibles durante el rodaje. Me subí limpio, sin ansias mitológicas, para captar el aspecto humano de aquellos minutos en los que los deportistas, algunos muy jóvenes, están reflexionando sobre los 90 minutos que están a punto de jugar”, explica Ancarani. Luego añade, en un momento más informal, que ha sido el primer director de Europa que lograba rodar en un autobús en los minutos previos a un encuentro.

El vehículo emboca finalmente en San Siro, accede a un garaje-purgatorio y queda aislado gracias a una larga y voluminosa valla. A pocos metros, el acceso a los vestuarios. Los jugadores descienden uno tras otro y se dirigen hacia las tripas del estadio, algunos saludando a los primeros aficionados, otros con los ojos fijados en sus propios pasos: el último en descender es un jugador de origen africano, con el pelo rapado por las sienes y una pequeña cresta, la camisa remangada, y un caminar pendular. En poco rato, su espalda deberá lucir la camiseta con el dorsal 45. La catedral, engalanada en su honor, está lista para acogerlo. Que arranque el espectáculo.

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Yuri Ancarani (Rávena, 1972) consiguió una mención como finalista del Premio MAXXI  2014 con su cortometraje sobre San Siro. También participó en el Festival du Cinéma du Réel de París (Centre Pompidou), el New Directors/New Film 2015 de Nueva York (MoMa), el International Film Festival de Rotterdam, y los festivales de cine de Locarno y Toronto. Esta entrevista apareció originalmente en la Rivista Undici.