Mujeres, cigarrillos, paseos a caballo y alcohol, demasiado alcohol. Así se puede resumir la vida de René el ‘Loco’ Houseman, el extremo díscolo de la Argentina campeona del mundo en 1978. El hombre al que todos tacharon de chiflado, probablemente porque lo esté, explica cómo se ven las cosas desde su lado de la banda junto a un trozo de carne y un puñado de recuerdos oscuros.


Texto y fotos de Pierre Boisson (So Foot)

 

El rumor ha perdurado durante mucho tiempo: “El ‘Loco’ Houseman es un naufragio”. Lo dibujaban alcohólico, abandonado por las calles de Buenos Aires, recogiendo cuatro monedas en los semáforos al norte de la ciudad, quien sabe ya si muerto y enterrado. Y sin embargo, del porche de un edificio burgués sale el quizá más grande extremo del fútbol argentino para explicar su propia versión de la historia. Houseman, 60 años, habla rápido, como si no tuviera tiempo que perder: “Tengo un problema en las piernas y no me puedo mover mucho. Vamos a comer algo. ¿Llamo a un taxi?”. Tiene los gemelos finos y la barriga inflada. El destino es la sede social del club de su barrio, Excursionistas, en Belgrano. “Aquí encuentras los mejores asados de la zona”, se justifica antes de desaparecer. De pronto reaparece para confirmar que todo está cerrado. Otro taxi. “Al final de la calle a la izquierda. ¿Has visto a esa rubia? Me la he pasado por la piedra y te aseguro que se mueve bien. Para, ya hemos llegado”. Acodado sobre la barra de una cantina de barrio, René Houseman deja de moverse, pero no de hablar.

El verbo frenar nunca ha formado parte de su vocabulario. La leyenda de Houseman es la del tipo que corre rápido por encima de todas las líneas, las del campo y, sobre todo, las de la vida. Su historia es la de un wing, el más genuino de todos los tiempos. “Es una especia de mezcla entre Maradona y Garrincha”, lo definió en su día Menotti, cuando de su mano revolucionaron el fútbol argentino con Huracán en 1973. Y a pesar de todo, cuando a René le pides que tire de recuerdos, él sólo evoca los tristes. “Por aquí dicen que los porteros son unos gallinas y los extremos unos locos. Probablemente sea cierto. A veces estaba tanto rato pegado a la cal que no veía la pelota. Me volví loco de solitud. ¿Qué bebes? ¿Whisky, cerveza, vino? Para mí el alcohol se ha acabado”, sentencia. Trozo de carne y bebida gaseosa mediante, el ‘Loco’ no regatea cuando se le pide que se defina. “Soy un villero. Eso es lo que he sido toda mi vida y eso es lo que siempre seré hasta que me muera”, sentencia con orgullo.

En los años 50, como tantos otros campesinos que llegaron a Buenos Aires atraídos por el espejismo de convertirse en prósperos obreros, Houseman padre se instaló en el Bajo Belgrano. Pero enseguida se dedicó a un trabajo en cadena bien diferente: el alcohol. “Casi ni lo conocí. Yo era muy pequeño y él ya estaba muy enfermo. Sus problemas con la bebida le llevaron a la demencia”, detalla. Sin su progenitor, la fábula de René toma el mismo camino que la de tantos y tantos en Sudamérica: pies descalzo, fortuna esférica y miseria social. La madre sacó a la prole adelante a base de sudor, pero Houseman era un vago atorrante, y orgulloso de serlo, que se casó con la vida para divorciarse del trabajo. “En la villa hacía lo que quería, era el mejor lugar del mundo para mí. Era la libertad absoluta. Todo el día fuera jugando a fútbol para volver por la noche a dormir, sin tan siquiera lavarme. De hecho, todos me conocían como el ‘Cerdo’. Era sucio, muy sucio, pero me daba igual”, confiesa.

 

“Y chupe, chupe, chupe, no deje de chupar. El ‘Loco’ es el más grande del fútbol nacional”, le coreaba la afición en todos los estadios

 

Espontaneo, libre, loco. Houseman jugaba como era. Calcetín bajo para usar la espinilla como cebo para el defensor y pegado al lateral, donde la falta de espacio agudiza el espíriru de supervivencia. Penetraba en las defensas con dulzura, divirtiéndose mientras jugaba con los defensores. Cambios de ritmo y gestos simples. Gambeta corta, contacto y finta. El código de la calle: al hombre se le juzga por sus acciones y no por sus palabras. No se pega para hacerse respetar, se pega cuando hace falta. “Regateaba, era rápido, hábil y disparaba con los dos pies, pero jamás me burlaba de nadie. Eso sí, si alguien me venía a buscar era un enorme hijo de puta. Si me buscaban me encontraban. Y si podía matar a alguien, lo mataba”, resume.

Héroe de miles de partido de potrero en los que el trofeo era un puñado de pesos, Houseman no tarda en ser descubierto. En 1973 se topa con un hombre, Menotti, y un momento, el post 68, que lo cambiarán todo. El ‘Flaco’ acaba de asumir en Huracán y tiene una idea revolucionaria que hará temblar al país: presión alta, juego corto y libertad absoluta. Para llevarla a cabo se fija en ese extremo de apellido anglófono que viene de anotar 16 goles en segunda con Defensores de Belgrano en su estreno profesional. Lo ve, lo sabe, lo firma. En febrero del 73, en su debut con el ‘Globito’, Houseman recibe una diagonal de Babington. Control con el pecho en el aire, volea de zurda cruzada y gol. Un gesto imposible que descorcha un año loco en el que el conjunto quemero, inspirado por su extremo, hace soñar a todo el mundo. En un fútbol todavía dominado por el recuerdo de los años violentos de Estudiantes, Huracán marca 46 goles en sus 16 primeros partidos. Lo nunca visto. El efecto Houseman es tal que hasta Roberto Fontanarrosa le escribe una oda.

El ‘Globo’ es el ecosistema ideal para que el ‘Loco’ pueda expresarse. La libertad absoluta es el único mandamiento y René lo aprovecha: “Fumaba antes de los partidos y en el descanso. Menotti no me decía nada. Hoy fumo Marlboro, pero en la época fumaba Gitane, el cigarrillo más asesino que pueda existir. Sin filtro, era como un porro y te dejaba colocado. Y eso que yo ya estaba bastante tocado de normal. Imagínate…”. Los entrenos se regían por el mismo réginem de placer, ningún esfuerzo. “Cuando había que correr se hacía el lesionado, pero con un balón de por medio se curaba milagrosamente y era el más rápido”, recuerda Osvaldo Ardiles, que llegó un año más tarde a Huracán y se convirtió en su compañero de habitación. El día a día del ‘Loco’ como profesional no distaba demasiado del que había conocido en Belgrano. Seguía viviendo en la villa, bebiendo y saliendo como el que más. El ‘Globo’ incluso intentó llevárselo al sur de la ciudad sin mucho éxito: “Me alquilaron una habitación para que viviese cerca del estadio. Aguanté 15 días, no lo soportaba. Salía a la calle y tenía un directivo de frente y otro a cada lado. Parecían de la policía federal. Enseguida me volví a mi barrio”.

Jamás respetó ni una concentración, pero el problema llegó con la Copa del Mundo de 1978. Tres meses de preparación en un recinto totalmente aislado, sin alcohol ni mujeres, del que no pudo escapar. Aquello acabó mermando su talento. Inició el Mundial como titular, pero lo terminó en el banquillo, junto a su querido Menotti, condenado a jugar los últimos minutos. No fue su torneo: “Lo que me ocurrió fue sencillo: me sobreentrené. Si no me hubieran exigido tanto, hubiese sido el mejor. Tras la competición pedí perdón a la afición. Tenía la sensación de haberles traicionado”.

“No se tomaba nada en serio. Ni el fútbol, ni a sus compañeros, ni a él mismo. Y eso no era obstáculo para que al final de cada partido siempre acabase siendo el mejor”, lo define Ardiles. Casi demasiado bonito par ser cierto. Y sin embargo es cierto. Tras la Copa del Mundo de 1974, en la que en una Albiceleste de transición él es descaradamente el mejor, las ofertas de Brasil y Europa se suceden. Pero Houseman no tiene ninguna intención de dejar Belgrano. “¿Por qué iba a marcharme de Buenos Aires, la ciudad más bonita del mundo?”, reflexiona. En una época en la que los Kempes, Passarella o Maradona salieron cada uno más temprano que el anterior, él es el único en quedarse. Esa fidelidad le afianza como el ídolo del pueblo. “Y chupe, chupe, chupe, no deje de chupar. El ‘Loco’ es el más grande del fútbol nacional”, le cantaban en los estadios.

El cántico define a la perfección la filosofía vital de Houseman, que dejará pasar todo tipo de oportunidades para completar una gran trayectoria por su amor a la botella. Un mito reforzado por el propio René con una anécdota de noviembre de 1977: “Fui al cumpleaños de mi hijo y me emborraché. Llegué para un partido ante River al día siguiente a las 11 de la mañana y todavía iba tocado. Ducha fría, café y pitido inicial. A 20 minutos del final marqué un gol. Seguramente el ir bebido me ayudó, pero no recuerdo nada”. Efectivamente, los recuerdos de Houseman se emborronan porque no son todos ciertos. “Es falso, si hubiese ido borracho me hubiera dado cuenta. Yo lo llevaba y lo traía a los partidos. No jugó jamás bebido”, le censura Ardiles. Ebrio o sobrio, su carrera supo a poco por su talento. “Fue un tema psicológico. Estaba al mismo nivel que Maradona, pero nunca quiso más. Esa mentalidad formaba parte de su personalidad”, aclara Ardiles. Estaba esa pereza innata, pero también esa continua tristeza interior. En la villa, a las desgracias se las engañaba en grupo, junto a tu gente. En el mundo del fútbol, con esas grandes dosis de egoísmo individual, el ‘Loco’ nunca se sintió como en casa, de la que siempre se sentía nostálgico. “Casi no tuve amigos futbolistas. Eso no existe. Todos al final querían joderte de uno u otra manera”, corrobora. Pero el único lugar en el que René era feliz era sobre un terreno de juego y la única manera de regatear a la melancolía era hacer feliz a la gente con su talento.

El balón sólo tuvo efectos terapéuticos de manera efímera. “A los 19 años ya cogí el vicio de la botella. Me bebía cualquier cosa. Al principio no pero pronto empecé desde la mañana hasta la noche. Bebía para encontrarme bien, porque si no temblaba. Cuando dejé el fútbol, mi vida sólo estaba dedicada a esa porquería que es el alcohol”, reconoce un Houseman que vivió dominado por la bebida hasta un cierto día de 1993. El ‘Loco’, a sus 40 años, paseaba beodo por las calles de Buenos Aires junto a su hija. Iba cargado hasta las trancas. “Era alcohólico, pero no había montado nunca ningún número hasta esa fecha. Ese día, me caí con mi hija en brazos y casi la atropella un autobús. Mentalmente, aquello me hizo cambiar. Hice que me internaran y pasé 22 días en el hospital. Después de aquello, ni una gota más. Hace 20 años que no pruebo el alcohol”, revela el ex extremo.

Desde entonces, el hígado de Houseman va bastante mejor, pero lo demás no demasiado. “Cuando mi madre murió, nadie me ayudó. Nadie. Tendí la mano, pero nadie la agarró”, se lamenta el ‘Loco’. El plato está vacío. Coloca los cubiertos encima y pide “una pequeña ayuda para poder ayudar a la familia”. Se despide del dueño del bar que le abraza. La gente lo saluda por la calle. Como en los buenos tiempos, Houseman sale por la puerta grande. “Lo he pasado bien y he aprovechado mi vida. Me levanto tarde y luego hago lo que más me gusta: nada. De todas maneras, no tengo nada. Nunca he tenido nada. El dinero siempre he pensado que viene y va. No me provocaba nada gastarlo. Al final, sabes qué hubiera hecho si hubiese tenido mucho mucho dinero. Hubiese construido una gran villa para vivir con mi gente”.