Cuando hace siete meses la marca que viste a Alemania presentó la camiseta de este Mundial, me sobrevinieron dos pensamientos: el primero, que la referencia al modelo que la Mannschaft lució en Italia’90 era facilona y excesiva, casi un plagio. El segundo, que escondía una paradoja: los Matthäus, Brehme, Augenthaler y compañía practicaban un fútbol en blanco y negro por mucho que lucieran la bandera alemana a pleno color en la zamarra, mientras que los Özil, Boateng y Werner habrían de defender en Rusia una propuesta policromática -en lo futbolístico y en lo social- a pesar de enfundarse una elástica duotono. No lo sabíamos entonces pero lo sabemos ahora: no había paradoja sino profecía. Alemania ha palidecido, se ha decolorado, y en apenas 12 meses ha pasado de ser el combinado versátil, fresco y rejuvenecido que prometía en la Copa Confederaciones a una versión gris, pesada y envejecida de sí misma.

Como digo, eso lo sabemos ahora si bien las dudas en torno a los de Joachim Löw crecieron durante la temporada. Tras cerrar una fase de clasificación perfecta (en un grupo muy asequible, con Azerbaiyán, Chequia, San Marino, Irlanda del Norte y Noruega) Alemania se embarró en amistosos de los que saldría cada vez más cuestionada: empates ante Inglaterra, ante Francia, ante España. Luego, ya en vísperas de viajar a Rusia, firmó dos derrotas consecutivas, algo inaudito desde 2015: contra Brasil y frente a Austria, la primera que concedía al combinado alpino desde el mítico enfrentamiento en Argentina’78. La pírrica victoria ante Arabia Saudí por 2-1 no hizo sino agravar las señales de alarma, ratificadas ya de forma oficial por el batacazo ante México y el amago de infarto contra Suecia. No, definitivamente Alemania no estaba bien. Pero eso nunca había sido argumento suficiente para que la Mannschaft saliera en una fase de grupos de un Mundial.

Hasta ayer.

Y lo llamativo es que el verano pasado la opinión publicada coincidía en ensalzar las múltiples opciones que manejaba Joachim Löw para revalidar el cetro mundial obtenido en Brasil. Hace un año Alemania consiguió en apenas 48 horas dos pruebas de su enorme capacidad futbolística: mientras las vacas sagradas descansaban en la playa, los sub21 le ganaban a España el Europeo de la categoría y una especie de selección B vencía contra todo pronóstico la Copa Confederaciones. Juventud, profundidad táctica, renovación. “No queremos que nos pase como a otros, como a España o Italia, que tuvieron que volver pronto a casa como campeones del mundo”, vaticinaba Löw.

 

Había en la Alemania de la Copa Confederaciones mucha verticalidad y pocos centros: apenas nueve envíos por partido frente a los 37 de este Mundial, más del doble que cualquier otra selección

 

Y es cierto. Alemania cuenta con una nómina amplísima de seleccionables. Tantos como para que solo ocho de los expedicionarios a Brasil 2014 repitieran en Rusia 2018. Pero el problema es que, de esos ocho, siete han formado parte del once titular: Neuer, Boateng, Hummels, Kroos, Khedira, Müller y Özil. Algunos de ellos aparecen seriamente dañados tras la breve excursión por los Urales, especialmente un Khedira intrascendente, un Özil anémico y un Müller que confirma la sensación que lleva insinuando varias temporadas: de aquel jugador de aspecto desgarbado pero con gol solo queda un jugador de aspecto desgarbado.

Los jovenzuelos tampoco han derribado puertas. Los Werner, Brandt o Goretzka han rendido por debajo de lo que esbozaron hace doce meses en la Copa Confederaciones, favorecidos en aquella ocasión por un estilo de juego basado en la presión y la salida a la contra. Había en aquella Alemania mucha verticalidad y pocos centros (apenas nueve envíos por partido frente a los 37 de este Mundial, más del doble que cualquier otra selección). Profundidad. Velocidad. Draxler filtrando como un quarterback; Werner machacando el aro. Nada de eso se ha visto este verano, aunque en su descarga cabe apuntar que Joachim Löw ni les ha dado continuidad -salvo a un Werner mermado tras un ejercicio complicado en el RB Leipzig- ni les ha diseñado un escenario tan favorable a sus cualidades. En su 12º año como responsable de la tiza germana, Löw ha recurrido a hasta 20 jugadores en los tres partidos mundialistas. Ninguno ha sido capaz de imponerse por encima de la mediocridad generalizada. Puede suceder que de un torneo para otro, algún jugador baje su nivel. Incluso varios. Pero cuando tantos futbolistas se encuentran lejos de su umbral exigible, las miradas inevitablemente giran hacia el responsable del banquillo.

El mismo que optó por dejar en su casa a Leroy Sané y Nils Petersen, los dos máximos realizadores alemanes esta temporada. Y resulta que Joachim Löw los ha echado de menos. Alemania ha pasado de cantar un gol cada seis disparos (en el Mundial 2014 o en la Copa Confederaciones) a necesitar más de 33 intentos por cada diana en Rusia. Cuando eso ocurre, y se conjuga con una distancia entre líneas que permite contras mortales (la Mannschaft ha encajado los mismos goles, cuatro, en los tres partidos de Rusia 2018 que en los siete de Brasil 2014) es muy difícil sobrevivir a la fase de grupos, por muchas estrellas que luzcas en el pecho.

En 2014 el fútbol alemán estaba en la cúspide. Bayern y Borussia venían de protagonizar la primera final de Liga de Campeones 100% made in Germany. La Bundesliga era un campeonato dominado por un equipo -como de costumbre- pero vivo, de moda y capaz de atraer figuras de la talla de Pep Guardiola. La primera generación multicultural del fútbol teutón, forjada en las academias de la metodología y la ciencia, confirmaba que el viraje hacia el juego de posición había sido acertado. Hoy todo eso parece repentinamente agrietado. Hace un lustro que ningún equipo germano llega a una final de Champions, y una década que no se asoman a las de la Europa League. El talento alemán, en la mente de sus entrenadores o en los pies de sus jugadores, sale al extranjero mientras que la elite internacional solo se plantea el trayecto inverso si es para ir a Múnich. La tradicional hegemonía del Bayern se ha transformado en una aburrida dictadura que lastra la competitividad del fútbol germano. Y el juego de posición pierde terreno frente a las propuestas más reactivas.

Ante ese escenario, y como a Italia en 2010 o a España en 2014, a Alemania le ha resultado muy difícil regatear la tentación de plagiarse a sí misma. Aunque, como ya anticipó su camiseta, la copia siempre acaba perdiendo color.