Martes 27 de febrero. Cornellá de Llobregat, el municipio donde mueren todos los chascarrillos de Gerard Piqué. Puerta número once del RCDE Stadium, la que lleva el nombre de Rafa Marañón. Bajo el cartel espero al protagonista, Marañón. Llega, nos damos un abrazo y, como siempre, hablamos de fútbol. Del Madrid, del Espanyol, de Cristiano, de Benzema y, ¡cómo no!, de Quini. Pocas personas aprecian y admiran tanto a ‘El Brujo’ como Marañón. Tres horas después de estar hablando con Rafa, llego a mi casa y salta la noticia: Enrique Castro González fallece tras sufrir un infarto.

“Sé que es una noche triste para ti, amigo. Un abrazo enorme. Lo siento”, dice el mensaje que le envié. Jamás tuve respuesta. No la esperaba. Casi dos meses después, el 22 de marzo, me cito con Marañón de nuevo en la Ciudad Deportiva Dani Jarque. Entro al bar y ahí está, él hablando y los que le acompañan, escuchando. A Rafa siempre hay que escucharle. Ha tenido entrenamiento con los veteranos del Espanyol y está haciendo la sobremesa que se merece. Postres, cafés y una botella de cava todavía por abrir.

“Me enteré en el estadio. Me llamó mi hijo Carlos y también Churruca, que jugó con Quini y conmigo en el Sporting”, me explica Rafa cuando le pregunto por cómo se enteró de la triste noticia.  Es imposible no hablar de legados. Del que quieres dejar hasta el que realmente dejas, pasando por el que verdaderamente mereces. Más allá de ser “un goleador implacable”, Quini era un tipo jovial, alegre y simpático. Como dice Rafa, llevaba como nadie lo de ser futbolista y era capaz de romper todos los momentos tensos que tiene el fútbol.

Enrique Castro y Rafa Marañón, la temible dupla de aquel Sporting de Gijón que ascendió a Primera División la temporada 1969/1970. El asturiano jugó 34 partidos y marcó 21 goles; el navarro hizo 18 tantos disputando 31, tres encuentros menos. Por entonces, Marañón estaba jugando allí cedido por el Real Madrid. “El Madrid iba a por Quini, pero como metimos casi los mismos goles esa temporada y yo era de la casa, me llevaron a mí. Pero el que les correspondía seguramente era él, no yo”, reconoce con aplastante sinceridad.

 

“El Madrid iba a por Quini, pero como metimos casi los mismos goles esa temporada y yo era de la casa, me llevaron a mí”

 

– ¿Qué legado quieres dejar tú, Rafa? –pregunto, – Espero estar más lejos que otra cosa –contesta. Del fútbol de antes no guardamos muchas cosas, solo recuerdos que se van contando entre generaciones. Quizás por eso no todo el mundo sabe que antes había un espíritu y un sentimiento deportivo hacia el equipo que se defendía totalmente distinto al de ahora. Era una obligación, no un simple postureo. “Parece que marcar un gol, dirigirse a la cámara y besarse el escudo es más de lo que hacíamos antes, pero no. La comunión que teníamos los futbolistas de mi época con el club en el que jugábamos estaba por encima de todo eso”, señala Rafa. Eso seguramente explica el hecho de que antes los jugadores estaban en un mismo club casi para siempre. Ahora no. Todo ha cambiado. Hoy estás aquí, mañana ahí, pasado vuelves y al otro ya generas una indiferencia total en el aficionado.

Formado en el C.D. Oberena de Pamplona, el Real Madrid le fichó con tan solo dieciocho años para el Amateur. Luego sale cedido y juega en Segunda División en el Onteniente CF y en el mencionado Real Sporting de Gijón, con el que asciende a Primera antes de regresar al club blanco en la campaña 1970/71 y estar en Chamartín cuatro temporadas. “La historia del Real Madrid no la escriben solo los que triunfan”, dice siempre Marañón, quien admite haber sentido la indiferencia que sufre el que se va del Madrid sin haber alcanzado la gloria. Rafa no ha sido ni Juanito ni Camacho ni Santillana ni Pirri ni Zoco. Tras estar siete años vinculado al Madrid se marchó sabiendo que no había sido tan importante como los otros. Sin embargo, el club le quita la razón y le lleva la contraria constantemente. “Cuando he estado en el Santiago Bernabéu o en algún acto, me han igualado al resto de leyendas. Ese cariño lo he sentido siempre”, explica Rafa.

En la mesa que teníamos al lado, muy cerca nuestro, siguen varios ex jugadores del Espanyol charlando. No recuerdo el nombre de ninguno, pero puedo ir a buscarlos en los libros de historia del club perico. Ahí los encontraré a todos. A los que jugaron 300 y 400 partidos, y a los que jugaron tan solo uno. Hace pocas semanas presentaron un libro y estaban todos. Era el día de las leyendas, pero también el día de los que solo tuvieron la fortuna de disputar 90 minutos. “Si tú eres muy bueno y has llegado a jugar mil partidos, tendrás tu reconocimiento en el campo y en tu currículum. Pero si no has tenido esa suerte, estos detalles son magníficos”, asegura Marañón.

Rafa Marañón es una leyenda viva del Espanyol. Nueve temporadas vestido como blanquiazul. Desde 1974 hasta 1985. El de Olite ostenta el récord de máximo goleador en competiciones oficiales del club con un total de 144: 111 conseguidos en Liga, 26 en Copa, 5 en la Copa de la Liga y 2 en competiciones europeas. Le sigue otra leyenda, Raúl Tamudo, quien sumó 140 goles. La afición perica guarda un grandísimo recuerdo de Marañón, que tiene además el honor de ser el máximo goleador de la entidad blanquiazul en los partidos de Liga frente al Barcelona con un total de 9 goles.

Las cinco de la tarde y el bar se llena de padres que han traído a sus hijos a entrenar. Mientras tanto, Marañón sigue desnudando al Madrid. Nadie como él para dejarlo en paños menores. Le resulta imposible definir al Real en una sola palabra, pero una y mil veces repite: “¡Es grandiosidad!”. Siempre ha existido un debate que gira en torno a cuál es la bandera filosófica del Madrid, si la de la lucha o la del triunfo; si el huevo o la gallina. Marañón, en cambio, cierra rápido el debate. “¿Pelear o ganar? Luchar para ganar es lo que te enseñan”, sentencia, ya que considera que la afición del Bernabéu sí reconoce cuando has luchado para conseguir la victoria y no la consigues porque el rival lo ha hecho mejor que tú. 

La filosofía del Madrid, curiosamente, estaba explicada en un letrero que había colgado en el pasillo de la puerta 42 del estadio y que ya no está. Dicho letrero decía lo siguiente: “Aquí viene usted a servir, no a servirse”, una frase muy recurrente que utilizaba Santiago Bernabéu cada vez que algún futbolista entraba en su despacho. Una especie de eslogan que esconde valores tan identitarios del club como la voluntad, el sacrificio y el creer hasta el final. “Yo me canso de escuchar allá donde voy eso de… ¡Cuidado con estos del Madrid que luchan hasta el último minuto!”, dice Rafa.

Por suerte para el Madrid, y por desgracia para sus rivales, el club blanco gana mucho más que pierde. En ese camino de la perseverancia y la constancia, el final siempre suele ser feliz. Pero no es algo fruto de la fortuna, sino por una cuestión de idiosincrasia. En el Madrid -explica Marañón- nada es suficiente. Cuando el equipo a lo largo de su historia ha jugado poniéndose límites y ha dicho ‘hasta aquí’, ha terminado pagándola. Sin embargo, eso hace que su relación con el fracaso sea más estrecha que la de cualquier otro equipo. “Cuando vences tanto y te acostumbras, la crítica aparece al minuto de que no has ganado. Y con la crítica, el catastrofismo”, explica Rafa.

Cuando se habla de crítica con el Madrid de por medio, es muy difícil que el nombre de Cristiano Ronaldo no aparezca en la conversación. Un futbolista con el que Marañón se identifica muchísimo, por eso le mosquea tanto que le llamen egoísta. “Yo he sido goleador y sé lo que cuesta meter un gol. Y cuando la tienes para meterla, no se la das a nadie. ¡Así de claro te lo digo!”, dice con cierta rabia.

El 15 de marzo se disputó uno de los derbis más emblemáticos del mundo, el Boca Juniors – River Plate. En los aledaños del estadio, un aficionado de los visitantes le dice a un periodista: “River es la seguridad de que uno no va a estar nunca solo en la vida”. Tenía esa frase apuntada y se la dije a Marañón, quien rápidamente me pregunta: “Eso lo ha dicho un argentino, ¿verdad? Es que llevan el espíritu del fútbol a cotas demasiado altas”. El fútbol de los futbolistas y el de los aficionados, dos mundos totalmente paralelos.

 

“Yo he sido goleador y sé lo que cuesta meter un gol. Y cuando la tienes para meterla, no se la das a nadie”

 

El futbolista es un profesional, un panadero. Marca goles, hace pan. El aficionado, en cambio, ama porque sí. Sin pedir nada a cambio. “El hincha siente y el jugador cumple con su deber en el campo”, explica Marañón. – Entonces, ¿hubieras jugado en el Barça? –pregunto, – ¡Probablemente sí! Pero hubiera seguido siendo del Espanyol y del Madrid –contesta con suma tranquilidad e indiferencia. Una declaración demasiado potente y convertible en un titular. Pero si Marañón no le quiso dar importancia, yo tampoco lo iba a hacer. Así que decidí seguir rebuscando en sus sentimientos, que los tiene.

El corazón de Marañón está dividido. Por un lado, el Madrid, un primer amor que se convirtió en ideología. Por otro lado, el Espanyol, un sentimiento cotidiano; el roce hizo el cariño. “Nunca voy a escoger entre papá y mamá, ¡me niego!”, dice Rafa dando pequeños golpes sobre la mesa.

El primer amor suele hacer daño o, por lo menos, deja mucho que desear. De cómo te lo imaginas a cómo es, hay un abismo. Sin embargo, vale la pena. Más que nada porque aprendes mucho. En la historia de amor entre Marañón y el Madrid hubo final feliz, y se produjo en un entrenamiento de la selección española en la antigua ciudad deportiva del club blanco. Santiago Bernabéu, sentado en la grada, le pide a Marañón, ya como perico, que suba. El presidente le cogió del brazo y le dijo: “Estamos muy contentos con usted. Se ha portado muy bien y nos ha demostrado que nos hemos equivocado”. Esa frase, para Rafa, lo fue absolutamente todo.

La botella de cava, que antes estaba sin abrir, dejó de estarlo. Un conocido suyo, que cumplía años ese mismo día, nos trae dos copas y un par de palmeras de chocolate. Los regalos, en cambio, son para Marañón de mi parte. El primero un recorte de un periódico de 1970 que tenía en casa y en el que aparecía la primera entrevista que le hicieron tras su debut en el primer equipo del Madrid. “¡Mira qué frase más bonita!”, dice señalando el titular. Rezaba así: “Querría que el partido no se hubiese terminado nunca”. El segundo regalo es otro recorte, esta vez de una crónica del 1971 en la que se destacaba un gol antológico que hizo en Mestalla. “¡Menudo golazo metí!”, dice entre risas. Y el tercero, más personal y de puro agradecimiento por ser más grande como persona que como futbolista, una botella de vino; un Protos Verdejo que debía tomarse a nuestra salud.

Entre regalo y regalo, le dejo caer con cierta ironía la posibilidad que existe de que el titular sea “Marañón hubiera jugado en el Barcelona”. Con la misma serenidad con la que me había dicho que sí, que se hubiera pintado de azulgrana, me responde: “¡Sabes que no es así! Yo hubiera sido profesional y hubiera jugado en el Barça, pero otra cosa es el sentimiento”.

Las seis y media de la tarde. El párquing de la ciudad deportiva cada vez está más lleno. En el césped, cientos de niños entrenan para cumplir su sueño de triunfar en el Espanyol. Marañón es un buen ejemplo. El mejor ejemplo.

– ¡Perdona! ¿Nos puedes hacer una foto? –le pregunta Rafa a un aficionado que entraba en el recinto.

– A don Rafael Marañón le hago lo que me pidacontesta el seguidor perico.