Este es el editorial del #Panenka120, dedicado a la década de los 2000, que puedes conseguirlo aquí.


 

Querido yo del 2000. Te escribe tu tú del futuro. No te emociones, que nos conocemos: esta carta no significa que se hayan inventado ya los viajes en el tiempo. Y créeme que no es por falta de ganas. Porque en el lugar desde el que redacto estas palabras, en el que todo se compra, se vende y se entrega al instante, la memoria es una industria en sí misma. Así que más de uno por aquí estaría encantado de forrarse montando cruceros de lujo con destino a aquello que ya se ha perdido para siempre. Es curioso: todo lo que tú tienes de optimismo por el futuro, yo lo tengo de nostalgia por el pasado. Que 20 años no es nada, pero a mí me parece que pesan. Cada uno más que el anterior.

 

Si puedo escribir estas líneas, no es porque tú serás yo. Es porque yo sigo siendo tú

 

¿Cuándo empezó a cambiar todo tan rápido? Quizá fue el día en el que comenzamos a decir que cualquier tiempo pasado fue mejor. A mí no me mires, eso ocurrió en tu universo. Fíjate: ¿ves a toda esa gente que predica que no hubo nada como los 70 y los 80? Pues algún día tú también serás como ellos. Dirás orgulloso que creciste sin Internet, que escuchaste el fútbol por la radio porque no lo echaban por la tele y que, en tus tiempos, qué tiempos, en la calle todavía se podía jugar al balón. Y a base de repetirlo, te darás cuenta de que fuiste el último de la fila. Lo normal es hablar de los pioneros: son ellos los que tienen un lugar reservado en el panteón de la historia. Tú, en cambio, eres el olvidado que dio el sorbo final a una forma de vida caduca. Le dirás adiós a tu infancia alegremente, en nombre del progreso. Y estará bien que así sea. Pero una mañana te levantarás queriendo recordar quién fuimos. Entonces buscarás tu huella en la red. Imágenes, recordatorios que se vuelven recuerdos y alguna que otra canción. Y no respirarás tranquilo hasta que te des cuenta de que todo lo que da sentido a esos archivos obsoletos no es digital, sino de carne, hueso y sangre. Un mismo corazón que bombea. Porque, si puedo escribir estas líneas, no es porque tú serás yo. Es porque yo sigo siendo tú.

 


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Fotografía de Getty Images.