Qué silencio hay en Matapiñonera. Una lástima, a decir verdad. Es uno de esos momentos en los que sucede algo extraordinario pero no hay gente para verlo. Por ejemplo, cuando el balón de baloncesto llega botando en el recreo y de un zurdazo perfecto se cuela una canasta. Buscas las miradas de tus compañeros. La euforia está desbocada, pero se desvanece al instante cuando te das cuenta de que ellos, en ese instante único, simplemente, no están. Pues algo parecido deben sentir en el Madrid CFF esta temporada. Un año asombroso. Alegrías semanales. Abrazos como consecuencia de los goles. Y un asqueroso silencio en los aledaños de la avenida que da nombre a su hogar.

No vamos a obviar el tema que se ha apoderado de nuestras vidas, para sacudirlas con violencia, desde hace un año. Tampoco la irrisoria gestión televisiva de los partidos que se ven y los que quedan lejos de las pantallas. Pero la realidad es que, por los motivos que sean, la afición se está perdiendo la mejor temporada del club madrileño desde que puso sus botas en la máxima división del fútbol español. Quintas en la clasificación, a tan solo dos y cinco puntos de sus vecinas. Y, en ese afán de persecución tanto a Atlético como a Real, el Madrid CFF lleva ya ocho partidos sin conocer la derrota. La última fue el día de Reyes y a ellas les cayó carbón, precisamente, ante el recién estrenado Real Madrid.

En cualquier caso, esa mejoría se debe, por supuesto, a una planificación deportiva óptima. También, al trabajo incansable del cuerpo técnico. Obviamente, a una gestión de los recursos económicos eficiente y responsable en tiempos de pandemia. Y, claro está, al hecho de que Priscila Borja ahora se aloje cerca. Porque, en Matapiñonera, se ha instalado una nómada de nuestro balompié. La andaluza llegó el verano pasado y de momento ha puesto su experiencia al servicio del club de fútbol femenino. Trabajo incansable, espíritu joven y un buen puñado de goles han sido su carta de presentación en lo que va de su primer año a las órdenes de Óscar Fernández. A sus 35 años, Priscila sigue siendo una referencia ofensiva.

Pero, el resultado del hoy no es más que todos los pasos que dio ayer, anteayer y durante toda su carrera deportiva. Su travesía por la península -de donde no ha salido más que para lucir la roja– arrancó muchísimo tiempo atrás. Hace casi dos décadas, Priscila daba sus primeros pasos en este deporte de la mano del Híspalis. Sin embargo, tras un año en el equipo sevillano, la de Alcalá de Guadaira alzó el vuelo. Agarró las maletas y cruzó el territorio para alojarse en Sabadell, Barcelona. Allí echó raíces. Saboreo el éxito, debutando en la entonces Superliga y compitiendo en la máxima categoría del fútbol femenino. Se convirtió en un referente de las arlequinadas y fue parte importante del equipo que en 2004 lograría el subcampeonato, solo por detrás del todopoderoso Athletic Club. Un año antes, ante el Estudiantes de Huelva, levantaría la Copa de la Reina en la Nova Creu Alta.

Sin embargo, esa gloria se oscureció dos temporadas más tarde. Ni siquiera había acabado la competición cuando los problemas financieros hicieron saltar por los aires al club catalán. No acabó la temporada, se consumó el descenso administrativo del equipo y Priscila preparó sus maletas para volver a Andalucía. Fichó por el Estudiantes de Huelva con el objetivo de olvidar el mal trago final en Catalunya, pero el remedio fue peor que la enfermedad. Al término de la temporada, el equipo onubense también desaparecía por culpa de los males económicos.

 

¿Qué le quedaba por recorrer? Había ido de norte a sur para acabar alojándose en el centro. Había sido referente allá donde había ido y sus goles eran codiciados entre los clubes de la máxima categoría

 

De nuevo, Priscila se lanzó a la carrera para enfilar el camino a Badajoz, donde se enroló en las filas del Puebla. Fueron dos temporadas en las que logró una séptima y una sexta posición, clasificándose para la Copa de la Reina, pero cayendo apeadas de la competición por un mismo verdugo: el Levante. Y, tras dos años, sus pasos la llevaban de nuevo hacia Huelva. Esta vez, a un Sporting de Huelva que apenas hacía un par de cursos que había alcanzado la máxima competición. Fue una estancia corta. Fugaz, prácticamente. Dejó al equipo muy cerca de los puestos que daban acceso directo a la copa y se marchó, de nuevo, a la aventura.

El próximo reto llegaba desde la capital y vestía de rojiblanco. Era 2009 cuando convirtió el Atlético de Madrid en su casa y defendió su escudo, a base de goles y garra, durante cuatro temporadas. Ayudó a que el equipo creciese en la clasificación y como institución y el esfuerzo se vio recompensado. En esa primera etapa de rojiblanca, Priscila también conoció la selección absoluta. Su debut llegó en 2010 frente a Inglaterra y en 2013 fue una de las protagonistas de la clasificación de la selección para la Eurocopa.

Durante su etapa en la capital, la futbolista cambió de barrio y dejó el Manzanares para irse a Vallecas. Con el Rayo jugó una temporada en la que también mostró su habilidad nata como goleadora y un año después regresaba, de nuevo, al Atlético. Fueron tres años más. 79 partidos y 36 goles. Una liga y una Copa de la Reina. A nivel internacional, el Mundial de Canadá en 2015 y su debut en el empate frente a Costa Rica. ¿Qué le quedaba por recorrer? Había ido de norte a sur para acabar alojándose en el centro. Había sido referente allá donde había ido y sus goles eran codiciados entre los clubes de la máxima categoría.

Pero de nuevo empacó su equipaje. El sur le esperaba con los brazos abiertos y, al final de la palmera, el Real Betis Féminas. Poco o nada le costó hacerse con la titularidad en Sevilla y mucho menos meterse a la afición en el banquillo. Años de experiencia en las botas y goles por doquier. La época dorada del Betis Féminas lleva cosido su nombre. En tres temporadas anotó 26 goles y logró que el equipo quedase, en dos ocasiones consecutivas, en la sexta posición y clasificándose para la Copa de la Reina.

Todo apuntaba que sus aventuras acabarían allí. Acomodada en la misma ciudad que la vio nacer. Que esa maleta comenzaría a coger polvo, posada en la parte superior de algún armario. Y, que con las trece barras, cerraría su carrera deportiva. Pero suena el teléfono. Una llamada, de nuevo, desde la capital. Matapiñonera le abre sus puertas y Priscila llega con una bengala rosa en cada mano. Una presentación a la altura de una futbolista de su talla. Y la respuesta, como siempre, sobre el verde.

Priscila deshace el equipaje y ordena sus siete goles por el calendario liguero. Y, a pesar de que todavía le quedará alguno más por la chistera, ya es la máxima goleadora del equipo en lo que va de curso. Ella es, sin duda, una de esas futbolistas que a la afición del Madrid CFF le ha dado coraje no ver, todavía, en directo. Nadie sabe si la delantera hará sus maletas de nuevo. Si decidirá colgar las botas en los vestidores del estadio o si se lanzará a por nuevos retos. Nadie conoce sus tempos ni si el suyo se agotará dentro de poco. Si esperará a que Matapiñonera pueda volver a mirar, para cantar y corear sus goles, o si será una de esas historias increíbles que sus aficionados, por un motivo u otro, se perdieron.

 


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Fotografía de Imago.