Los jugadores treintañeros.

Los jugadores treintañeros que no desisten.

Nombres gastados, tobillos raídos.

Todos los honores para ellos.

No poseen la luz de la juventud. No reciben el respeto con el que se suele tratar a los más veteranos. Cazadores del Misisipi, aprietan el decrépito fusil contra el pecho, y un día más vuelven al bosque, el mismo sendero y los mismos peligros de siempre.

Un futbolista, cuando pasa los 30, ya no sueña: lucha para no despertarse.

Es imposible no emocionarte cuando ves a un adolescente empezar su carrera con la ambición por las nubes, dispuesto a tumbar todas las puertas a trompadas. Haaland, Mbappé, Pedri, Foden. Pequeños diablos, juegan con el corazón en las manos.

Yo siento algo parecido cuando el que sale al campo es alguien que ya ha reventado esos pestillos, que ya ha cruzado esas puertas. Que sabe qué hay más allá. Y que aún así insiste en rehacer el camino, la adicción al oficio y a la competición intactas.

Los ojos de Müller cuando faltan dos minutos para que el PSG lo eche de la Champions son los de un enfermo que no quiere salir de ese bucle. Busquets aferrándose a la titularidad en un Barça plagado de jóvenes es un cigarro que no se apaga por más que lo pises. Dictaminar la muerte del goleador Suárez es no valer como forense.

Ya no sorprenden ni despiertan compasión. Son como tus familiares más cercanos; los has visto desde todos los ángulos, en todas las situaciones. Bailando, durmiendo, comiendo, llorando. Eufóricos, tristes, desnudos, borrachos.

Pero importan. Todavía importan.

Las carreras supersónicas de Vinicius bajo la tormenta del Clásico. Nadie le supera en determinación; quiere comerse el partido crudo y sin cubiertos. Acelera, tropieza, resopla. Desborda a Mingueza con las prisas. Cualquiera querría esa energía para hacer la declaración de la renta. Tira el desmarque, recoge el balón, precipita una y otra vez el ataque. Y sin embargo, el encuentro no se descose. No hasta que Benzema, que acude al primer palo con la parsimonia de un druida, saca el tacón como quien encuentra un billete de cincuenta en el bolsillo de los tejanos y paga la cuenta.

Perros viejos, trucos nuevos.

Hijos de la Ruina.

Y todos en paz.

Cuando ya has ganado y perdido muchas veces, ya no compites por los títulos, compites contra el tedio. Resistir es plantarle cara al gris de lo conocido. No conformarse. Descubrir diversión en la monotonía. Quizá el triunfo más difícil.

Roland Barthes llama “placer del texto” al estímulo que encuentra un escritor en el acto físico de escribir. Algunos narradores, sobre todo los que llevan más tiempo publicando, regresan cada mañana a la hoja con la simple intención de replicar una serie de gestos que los han acompañado durante toda su vida y por los que sienten algo parecido a un amor indestructible. La postura en la silla, el tacto de la mesa, el olor del cuaderno, el sonido del teclado. Rituales cotidianos de los que no se ven capaces de desprenderse, y que en muchos casos acaban convirtiéndose en el único motivo para seguir escribiendo.

Qué hay detrás de otro pase de Kroos. De otro centro de Navas. De otro rechace de Bonucci. De otra atajada de Lloris. De un nuevo gol de Messi.

Probablemente, poco misterio. Pesa el placer de seguir jugando.

 


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Fotografía de Imago.