A pesar de la distancia que imponen los 52 años transcurridos desde el Mayo del 68, hoy sigue siendo imposible no empatizar con esos jóvenes efervescentes que, desde las universidades de Nanterre y de La Sorbona, se rebelaron contra una sociedad arcaica y caduca, decadente y conservadora, desgastada tras una década bajo el poder del autoritario general Charles De Gaulle. La situación social y económica de Francia no era mala; pero «nadie se enamora de una tasa de crecimiento«, tal y como proclamaban aquellos muchachos insurgentes mientras recorrían las bulliciosas calles de París, repletas de barricadas y de coches quemados, escribiendo en las paredes un inequívoco «prohibido prohibir».

Su objetivo quizás era un tanto utópico e irracional, pero supieron contagiar a todo el país de su carácter decididamente contestatario. Las asambleas, las ocupaciones, las manifestaciones, las huelgas generales y los enfrentamientos violentos con los antidisturbios se multiplicaron. El Mayo del 68 era ya una realidad que aglutinaba casi todos los sectores industriales; eran muchos los franceses que querían descubrir si efectivamente, como rezaba uno de los más bellos eslóganes que nos legó aquel movimiento, debajo de los adoquines que los soixante-huitards arrancaban de la calzada para lanzárselos a la policía estaba la playa, aquella arena que simbolizaba la libertad suprema. «Sous les pavés, la plage», repetían; y bajo los adoquines estaba, también, el césped. Porque un pequeño grupo de futbolistas y periodistas, impulsado por los vientos de cambio que soplaban desde el sur de París, también trató de convertir sus deseos en realidades.

En los 60, los futbolistas vivían una realidad dramática. «Si la situación laboral de los jugadores de fútbol en Europa era precaria, en Francia casi obligaba a una rebelión», apunta Quique Peinado en Futbolistas de izquierdas, antes de destacar que Thadee Cirkowski, una de las estrellas del Racing de París, apenas cobraba 400 francos, y que Raoul Schollhammer, un jugador bastante conocido del Metz, tan solo ganaba 170 francos, la mitad del salario mínimo. «Nuestro sueldo era una miseria. Pero, sobre todo, nuestras reivindicaciones iban encaminadas a cambiar el tipo de contrato que teníamos», añade el exfutbolista André Merelle, que a sus 73 años atiende la llamada de Panenka con una entrañable simpatía.

Por aquel entonces, los contratos que firmaban los futbolistas profesionales establecían que pertenecían a los clubes hasta los 35 años y que la capacidad de decidir sobre su futuro deportivo recaía en las directivas. De hecho, la Licencia B incluso disponía que si un futbolista decidía marcharse a otro equipo sin tener el permiso de su antiguo club tan solo podría obtener permiso para jugar con el filial. «Era como un régimen totalitario. Prácticamente, no podías decidir nada. Y si no estabas de acuerdo con alguna cosa, te consideraban un objetor de conciencia y automáticamente te pagaban el salario mínimo», recuerda Merelle, que presume de haber sido «el primer futbolista francés en firmar un contrato corto».

Por su naturaleza, la Licencia B no podía encajar en una década en la que la búsqueda de la libertad empezaba a ser una de las grandes metas de la sociedad francesa. Por este motivo, la derogación de esta cláusula fue uno de los principales puntos programáticos de la Union Nationale des Footballeurs Professionnels (UNFP) que Eugène N’Jo Léa y Just Fontaine crearon en 1961 para comenzar a defender los pisoteados derechos de los jugadores; por este motivo, en 1963, Raymond Kopa escribió un artículo titulado ‘Los futbolistas son esclavos’ en France Dimanche en el que denunciaba que «en pleno siglo XX, el futbolista es el único ser humano que puede ser vendido y comprado sin contar con su opinión».

Con todo, cuando llegó el mes de mayo de 1968, parte de aquellos que se sentían representados por la UNFP y por Miroir du Football -una revista marcadamente crítica que publicaba la editorial del Partido Comunista Francés y que, al contrario de lo que hacía L’Équipe, respaldaba las reivindicaciones de los jugadores y defendía un fútbol creativo, alejado de la deriva autoritaria de la Fédération Française de Football (FFF) y de los dirigentes de los clubes, de la creciente mercantilización del balompié, del resultadismo y del catenaccio que empezaba a imperar en Francia- percibieron que era el momento de pelear por un fútbol más libre, más lúdico y más democrático. Más puro, en definitiva.

«Sous les pavés, la plage». Los manifestantes decían que arrancaban los adoquines porque debajo de ellos estaba la arena, que simbolizaba la libertad.

«Sed realistas, exigid lo imposible»

Así pues, siguiendo el ejemplo de los estudiantes y de los trabajadores de empresas como Renault o Citroën, el miércoles 22 de mayo de 1968, un grupo de 60 personas, compuesto por redactores de Miroir du Football y futbolistas amateurs de diferentes clubes de la zona de París, se decidió a irrumpir en la sede central de la FFF, ubicada en el número 60B de la céntrica Avenue d’Iéna. «Pasados unos minutos de las ocho de la mañana, un individuo se agachó a atarse los cordones de los zapatos delante de la puerta. Era la señal acordada días antes para iniciar la ocupación», relata Miguel Ángel Lara en Marca.

A pesar de tratarse de una zona con mucha presencia policial, el plan se ejecutó rápidamente y sin recurrir a la violencia, tal y como lo habían trazado los periodistas de Miroir. Y, después de cerrar la entrada del edificio con una barricada, ‘Les Enragés du football‘ (‘Los furiosos del fútbol’, el nombre que les dio la prensa) colgaron en la fachada una bandera roja y dos grandes pancartas con dos mensajes inequívocos: «El fútbol, para los futbolistas» y «La Federación, propiedad de los 600.000 futbolistas». El siguiente paso fue distribuir por las calles de París un folleto, firmado por el Comité de Acción de los futbolistas, en el que aseguraban que se habían adueñado de la sede de la FFF «con el objetivo de retornarles a los 600.000 jugadores franceses y a sus miles de amigos lo que les pertenecía: el fútbol». En el texto, además de afirmar que «los jerarcas de la Federación», en connivencia con el poder político, habían «expropiado el fútbol para servirse de él por simple interés egoísta» y que habían atacado «su esencia popular»; los insurgentes exigían, entre otras reivindicaciones, que se anulara la Licencia B porque ultrajaba «la dignidad humana de los profesionales» y tan solo beneficiaba a los grandes clubes; que se garantizara un seguro médico para los jugadores profesionales en caso de lesión grave, que se aumentaran las inversiones para fomentar el balompié entre los jóvenes y que se apostara por un estilo de juego más ofensivo. «Juntos, haremos que el fútbol vuelva a ser lo que nunca debió dejar de ser: el deporte de la alegría, el deporte de ese mañana que todos los obreros hemos empezado a construir. ¡Todo el mundo al número 60 de l’Avenue d’Iéna!», concluía el panfleto, que también reclamaba la celebración de un referéndum abierto a los cientos de miles de futbolistas afiliados a la FFF para despojar al deporte rey «de los especuladores del fútbol».

Profundamente indignados, los políticos y los principales ejecutivos del fútbol francés calificaron a los ocupantes de «bastardos con tacos». Aun así, para su sorpresa y para la de los medios de comunicación, que trataron aquellos hechos con desprecio, aquellos soixante-huitards recibieron el apoyo de jugadores de élite como los mencionados Just Fontaine y Raymond Kopa, o como Yvon Douis o Rachid Mekhloufi. O como André Merelle y Michael Oriot del Red Star, los dos únicos futbolistas profesionales que participaron activamente en aquella ocupación. «Siempre fui muy reivindicativo, muy revolucionario. Por esa razón, cuando escuché por la radio que habían ocupado la Fédération, no lo dudé: llamé a un compañero que también era de izquierdas y nos fuimos hacia ahí para secundarlo», rememora el propio Merelle con nostalgia. «Recuerdo que esos días fueron muy intensos. Todas las personas que estábamos ahí dentro compartíamos la filosofía del Mayo del 68; todos queríamos luchar por nuestros derechos», enfatiza el exfutbolista, un buen lateral derecho que, después de significarse políticamente, tuvo muchas dificultades para encontrar un equipo que le aceptara en sus filas.

 

Utópicos e idealistas, aquellos soixante-huitards ocuparon la FFF para recuperar el fútbol, «el deporte de ese mañana que todos los obreros hemos empezado a construir»

 

Durante los cinco días que duró la ocupación, la sede de la FFF «se transformó en un ágora democrática que acogía acalorados debates en torno al deporte hasta altas horas de la madrugada y proyecciones de encuentros internacionales que a menudo se veían interrumpidos por salvajes partidos de fútbol sobre la burguesa Avenue d’Iéna», apunta el historiador Mickaël Correia, autor de Une histoire populaire du football. Y añade: «Desde los tejados se controlaba atentamente cualquier movimiento sospechoso, pero había un gran ambiente. Instalaron camas plegables y celebraron fiestas en los distinguidos salones de la sede de la FFF. Por primera vez, los jugadores amateurs de los suburbios parisinos y de los equipos de las fábricas ocupadas podían sentirse representados por la Fédération«.

Finalmente, los futbolistas y los periodistas decidieron abandonar el edificio de l’Avenue d’Iéna el 27 de mayo, el mismo día que los sindicatos, la patronal y los políticos cerraron los Acuerdos de Grenelle. ‘Les Enragés du football‘ no habían podido transformar el balompié galo, pero habían sentado las bases de lo que vendría en los siguientes meses y años: la abolición de la Licencia B, una progresiva democratización del fútbol francés y una mejora sustancial en los salarios. «Quizás no sirvió para conseguir muchas cosas tangibles, pero se produjo un cambio en las consciencias de la gente y en su espíritu reivindicativo que sirvió para acelerar los avances», sentencia André Merelle, uno de esos jóvenes soñadores que hace 50 años creyeron que otro mundo y otro fútbol eran posibles.

El tiempo avanza imparable; pero el recuerdo de aquella revolución efímera e inacabada aún permanece en la memoria. Porque si la imaginación no llegó al poder, si las guerras no dejaron paso al amor; entonces, ¿qué fue el Mayo del 68? «Más que una simple protesta, pero menos que una revolución», afirmó el filósofo Edgar Morin. «Podríamos debatirlo durante horas, pero es innegable que fue un movimiento de inmensa protesta política, social y cultural que desafió el orden burgués del país», responde convencido Mickaël Correia. Y, en un interesante reportaje de So Foot, concluye: «Fue una lucha colectiva por la emancipación, una aspi- ración democrática que todavía está presente tanto en la sociedad como en el fútbol, con la importancia del juego colectivo. Hoy, encuentro el Mayo del 68 en lo que Maurizio Sarri intenta hacer en Nápoles».

Y es que, aunque después de la primavera parisina nunca llegó el verano, quedó latente la sensación de que debajo de los adoquines estaban la playa y el césped; de que tanto la arena como el balón les pertenecían a ellos, a los utópicos idealistas de detrás de las barricadas. Su grito se fue apagando lentamente, pero hoy aún resuena con fuerza en todas las partes del mundo: «El fútbol, para los futbolistas».

 


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