Muchos han sido los que se han adentrado en la brumosa prehistoria de los juegos de pelota, donde hunde sus raíces el odiado fútbol moderno. Uno de los pioneros en esta tarea fue el catedrático Antonio Gallego Morell con su libro Literatura de tema deportivo, publicado a finales de los sesenta. Aquella recopilación de poetas, novelistas y ensayistas no solo se ceñía al fútbol; pero en sus páginas se hacía alusión a las odas de Píndaro como padre de la poesía deportiva, a Las Etiópicas de Heliodoro como madre de la novela, al empuje del barón de Coubertin para restaurar los Juegos Olímpicos como motor de la literatura deportiva moderna o a los apasionados versos de Henry de Montherlant o de Rafael Alberti, entre otros escritores modernistas, como pioneros de la literatura balompédica.

Mientras tanto, al otro lado del mundo, el poeta argentino Roberto Jorge Santoro remataba la que sería la primera gran recopilación exclusiva sobre literatura y fútbol. En su Literatura de la pelota recogió poemas, ensayos, pedazos de obras de teatro o fragmentos de novelas que cantaban al balón. Y añadió las canciones de las hinchadas: en las gradas también bullía la poesía. Una década después, el recientemente fallecido Vicente Verdú publicó El fútbol: mitos, ritos y símbolos, un libro que ahondaba por primera vez en los fuertes lazos que unían a las figuras del balompié moderno con los héroes de la mitología clásica, ofreciendo una visión intelectual del fútbol que hasta entonces se había despreciado.

En los noventa, el periodista Julián García Candau publicó Épica y lírica del fútbol, un recopilatorio de poemas sobre el balón, referencias literarias al deporte rey y muchas canciones de los hinchas con las que explicó la evolución del juego desde sus orígenes en China, siempre desde el punto de vista más literario. Por aquel entonces, Eduardo Galeano ya preparaba el mítico El fútbol a sol y sombra. Cuando el escritor uruguayo se enteró de la publicación del libro de García Candau, quiso conocerlo en persona. Periodista y novelista quedaron en Madrid. Y no hace falta tener una imaginación prodigiosa para adivinar los dos temas que vertebraron la conversación: fútbol y literatura.

 

Cada pueblo necesita su mitología para equilibrar la razón y el espíritu, la vida y la muerte. El fútbol ha creado su panteón de dioses, y un lenguaje propio para narrarlos

 

Las mismas pasiones cimentan el libro La jugada de todos los tiemposmito, fútbol y literatura de David García Cames. Durante más de cinco años, el joven periodista se dedicó a rastrear todas las novelas, cuentos, ensayos, poemas y hasta obras de teatro que tratasen la figura del futbolista como si de un héroe clásico se tratase. Quería escribir su tesis doctoral sobre el mito en la literatura futbolera. Y así lo hizo. Unos años después, la publicó en forma de libro.

“Los futbolistas”, asegura García Cames, “contemplados como nuevos dioses, o mejor dicho nuevos héroes, sobreviven a un tiempo en la medida en que son capaces de insertarse en el discurso mitológico que les arropa”. Ya escribió Homero que los héroes no podían aspirar a mayor gloria que la conseguida con sus manos y sus pies. Precisamente en el canto VI de su Odisea arrancó la narración épica de la pelota. Tras atracar en Feacia —cuenta Homero—, Ulises se desnudó para echar una siesta mientras la hermosa Nausícca, junto a sus doncellas, jugaban a la pelota. Hasta que, de repente, Nausícca la lanzó al agua. Para recuperarla, le pidió ayuda a Ulises. Despertó al héroe de su plácido sueño. Desde entonces, la pelota no ha dejado de rodar en todo el mundo y de crear nuevos héroes. “Los nuevos iconos”, dice García Cames, “se construyen a escala mundial siguiendo los parámetros que ya sirvieron para alumbrar en su día a Prometeo, Teseo, Aquiles o Heracles”.

Estos héroes clásicos buscaban, ante todo, la fama que los convirtiera en inmortales. “Los futbolistas de nuestro tiempo”, dice García Cames, “son astros que aspiran a brillar aunque sea un instante en el panteón mediático del fútbol”. Cada pueblo necesita su mitología para equilibrar la razón y el espíritu, la vida y la muerte. El fútbol ha creado su panteón de dioses, y un lenguaje propio para narrarlos. Y además de la palabra, los héroes modernos cuentan con un arma nueva para consolidar sus hazañas en el imaginario colectivo: la imagen, esa que, según Javier Marías, los convierte en carne de pantalla.

“El fútbol, como su literatura, se alimenta del mito mientras el mito, a su vez, puede dar sentido a la locura global del fútbol”, asegura García Cames. Los futbolistas son los héroes más aclamados de nuestro tiempo: sus goles se cantan con más adjetivos que los que salpicaban las odas pindáricas. Siguen el mismo camino que sus antepasados clásicos: siendo niños salen en busca de su destino, superan las pruebas más difíciles, muchas veces gracias a la sabiduría de un maestro-entrenador, y, al final del camino, después de abandonar el campo de batalla donde realizaron sus más grandes hazañas, solo les queda la palabra del poeta para mantener su recuerdo vivo.

“Los dioses son doce”, dice García Cames, “pero también once para el niño que sueña desde su habitación empapelada con la efigie de sus ídolos”. Teseo. Kubala. Jasón. Garrincha. Héctor. Cruyff. Odiseo. Di Stéfano. Todos héroes. Todos recordados por sus hazañas y goles. Todos vivos gracias a la palabra. “El fútbol es mito”, escribe García Cames. “El fútbol es también palabra. Fútbol es fútbol, al fin y al cabo”.