En esta serie de artículos, proponemos un viaje al lector a través de lugares, momentos, casualidades, héroes y villanos que conforman la historia de los Mundiales de fútbol, desde sus primeros días hasta la actualidad.


 

Cuando hablamos de héroes y de villanos, a menudo consentimos trazar líneas demasiado firmes, que no permiten la variación que todos sabemos que puede existir en cada historia. Se podría decir que es necesario fluir entre esa separación que nos cuenta una historia u otra, dependiendo de quién sea el que nos la cuente. En el fútbol, es incluso más complejo. Unos protagonistas se unen a otros como una cadena que va recorriendo el tiempo que vivimos, dándole sentido a la época que recordamos, cuando queremos recordar cómo éramos o cómo nos hacían sentir mientras eran los héroes de la vida de unos y, por supuesto, los villanos de otros.

Cuando hablamos de Brasil, la lista de protagonistas es inmensa. Es difícil trazar una cronología con aquellos que fueron esenciales para la que acabó siendo una de las naciones más poderosas, influyentes y dominantes de la historia del fútbol, recurriendo a las gestas, a los goles y a los momentos que compusieron su relato. Y es aún más complejo ser justo con aquellos que antecedieron a su época de mayor efervescencia y poder. Antes del brillo, hubo sombra, hubo lucha y hubo derrota. Para llegar a la Copa del Mundo de 1958, tuvieron que perder mucho.

El primer partido de Brasil en un Mundial se firmó con derrota. Ante Yugoslavia, un 14 de julio de 1930. Un primer escalón que complicaría su camino en el primer capítulo de la historia de los Mundiales. La derrota le condenaría a pesar de la goleada que consiguieron después contra Bolivia. Sólo ese resultado inicial les alejó de habérsela podido jugar con Uruguay en semifinales. No sirvieron los goles de João Coelho Neto, conocido como ‘Preguinho’, y de Moderato Wisintainer. El primero, era hijo de escritor e ídolo de Fluminense. El segundo, delantero mítico de Flamengo y Guarani. Ambos fueron dos de los primeros héroes sin nombre de esa Brasil olvidada. Esa que existió antes del oro de sus grandes trofeos.

Cuatro años después, la selección ‘verde-amarela’, ligada hoy inevitablemente al éxito, cayó ante España por un gol a tres en el primer torneo celebrado en el viejo continente. El suelo europeo no les vino bien a las piernas de los jugadores brasileños ese Mundial de 1934, y necesitaron otra edición para dar el salto definitivo en sus aspiraciones. Sería pues en 1938, también en Europa, donde Brasil supo ser de verdad un duro reto para sus rivales. Acabó tercera, tras caer en semifinales contra la Italia de Pozzo, que acabaría haciéndose con el título de nuevo.

En ese equipo brasileño, plagado de grandes jugadores, destacaba el nombre de Leônidas da Silva. Aún está considerado hoy por muchos como primer el ídolo global del fútbol brasileño y fue el autor del único gol de Brasil ante España (al gran Ricardo Zamora) en 1934, así como una de las grandes figuras del torneo de 1938. Al ‘Diamante Negro’, como le llamaban, le caracterizaba la agilidad, la técnica y la capacidad para zafarse de rivales y embocar portería rival. Delantero estrella cuando aún amanecían los mitos en el país de la samba, Leônidas fue el primer brasileño en conseguir ser máximo goleador de un Mundial (en 1950 lo conseguiría de nuevo Ademir, uno de los ídolos malditos del ‘Maracanazo’).

 

Para el Mundial de 1958, el primer gran ídolo brasileño, Leônidas, apostaba fuerte por un nombre. Uno que había empezado a aparecer de manera recurrente en las charlas futboleras en São Paulo

 

El Mundial de 1938 significó el primer gran paso de Brasil en una Copa del Mundo. Ese resbalón fue uno de los primeros pasos en las aspiraciones de una selección que hoy siempre nos parece hecha para ganar. En esa génesis, para esa idea primigenia, tuvo el sentido de un pistoletazo de salida. Tras el parón de la Segunda Guerra Mundial, la vuelta a la normalidad en el fútbol llegó en 1950, con el dolor y el pesar para los seguidores y futbolistas brasileños tras la debacle ante su gente, pero añadiendo una final por primera vez a sus arcas. Un ensayo más en el camino. Y un regalo envenenado del que iba a florecer poco después uno de los pasos vitales para nuestra memoria futbolística. Entre la superstición y la vergüenza, cambió al color que todos identificamos con el juego de la selección brasileña: acogió en su regazo el uso de la ahora inolvidable camiseta amarilla.

En 1954, volverían a dudar. Se bajaron de la lista de los cuatro mejores del mundo tras un partido bronco, de los más duros que se recuerdan en una Copa del Mundo. El apelativo lo dice todo: la batalla de Berna. En esa cita contra Hungría, Brasil caería, pero dejando el listón alto. Hungría siguió adelante, recordando por siempre la entrega de los brasileños, su fortaleza y su calidad, sufriendo en sus carnes ese partido para el resto del campeonato. La victoria de Alemania Federal en ese torneo volvería a golpear la fe de la selección brasileña. Las dudas en el modelo asaltaron. El acercamiento a Europa y su estilo era un hecho, tal y como lo suele ser hoy con los que ganan. Brasil empezaría a creer que el modelo futbolístico podía no ser el adecuado, sin saber que sería precisamente esa esencia la que iba a hacerles diferentes, especiales.

Uno de los grandes defensores del modelo brasileño fue un ya retirado Leônidas da Silva. En sus numerosas apariciones en los medios antes de la celebración de la Copa del Mundo de Suecia en 1958, el exdelantero de la selección dejaba claro que había que atreverse a ser quienes eran. Leônidas apostaba fuerte por un nombre. Uno que había empezado a aparecer de manera recurrente en las charlas futboleras en São Paulo.

Era sólo un niño, pero Vicente Feola, seleccionador nacional, ya le había echado el ojo al muchacho en una serie de amistosos y torneos en la zona paulista. En su labor como entrenador, comenzaba a verse en la tesitura de decidir si llevar a ese llamativo chico a Suecia. El niño era la elección de quienes pensaban en las raíces, como Leônidas, amparados en las buenas sensaciones que había dejado el chaval, primero en Santos, donde jugaba, y desde 1956 a nivel internacional, cuando Feola se atrevió a convocarlo. Ese mismo año, sólo dos años antes de la cita mundialista, el chico había anotado su primer gol con la selección. Ante Argentina, en el mítico Maracaná y con apenas 16 años. En su círculo íntimo y en las calles de São Paulo lo conocían como ‘Dico’, pero en Brasil empezaron pronto a oír hablar de Pelé.

Feola acabó decidiendo a favor del chico. Le dio un sitio en la plantilla y partieron a Suecia. Y como el espacio era limitado, alguien se tuvo que quedar en tierra. Sustituir a una estrella siendo un imberbe jugador de Santos le iba a traer no pocas críticas. En 1958, Luizinho, el jugador al que sustituyó el joven Pelé, sumaba 28 años. En ese momento, ya había ganado tres veces el Campeonato Paulista con Corinthians, sumando más de sesenta goles con el equipo paulista. Esto añadió presión a un muchacho que, en el momento de partir hacia Europa junto a los Didí, Vavá, Garrincha, Nilton Santos o Altafini, no había cumplido los 18. Pelé, para una parte de Brasil, era en ese momento un villano.

 

Pelé nació para ser Pelé. Esa figura inmortal que todos conocemos y de la que se seguirá hablando. Ese Pelé al que parece imposible que ningún ‘hijo’ consiga nunca ‘matar’

 

Y a pesar de la presión, conquistó Suecia, Europa y el mundo. Si bien Brasil parecía recelosa del niño de Santos al partir, a la llegada de Pelé con la Copa del Mundo iban a crear un mito a la altura de los goles conseguidos por el joven delantero. El campeonato de 1958 iba a ser ya para siempre el de Pelé. Su soltura, descaro y facilidad anotadora reveló una de las mayores visiones del panorama fútbol, no sólo en los años cincuenta, sino hasta nuestros días. Pelé fue un punto clave en la historia. Seis goles en Suecia en cuatro partidos y segundo máximo goleador, sólo superado por Just Fontaine. El propio Fontaine dijo de él que cuando le vio jugar en el partido de semifinales, pensó en colgar las botas. Ante Gales, logró el gol de la victoria que les daba el pase, ante Francia, un hat-trick, y en la final, ante Suecia, Pelé logró dos de sus goles más bellos. Y hay más de mil para elegir.

Según Freud, para que un hijo pueda desarrollarse de manera total y amplia en su vida, tiene que romper los lazos creados con su padre, pues pueden llegarle a limitar o corromper su capacidad. A este hecho se le suele denominar matar al padre. Pelé consiguió matar al padre con apenas 16 años. El suyo, João Ramos do Nascimento, conocido como ‘Dondinho’, había jugado de manera profesional en el fútbol brasileño. Dejó de jugar poco antes de que a su hijo le empezara a llegar cierta fama a nivel local. Dejó buenas sensaciones en Atlético Mineiro (principal equipo de la ciudad natal de Pelé, Minas Gerais), en Fluminense y en el modesto Bauru. Los regates de ‘Dondinho’ fueron borrados apenas Pelé empezó a ser Pelé.

De golpe, consiguió ser el héroe. Sin quererlo, quizá, su sombra empezó a borrar a esos ídolos anteriores a su llegada. Antes de que el fútbol conociera a ese niño con el que Feola arriesgó tanto para ir a Suecia. Se conoce a Edson Arantes do Nascimento, pero no tanto al sacrificado Luizinho, ni a uno de sus grandes soportes antes de la victoria en Suecia, el mítico Leônidas da Silva, así como se suele olvidar a Moderato o ‘Preguinho’, a pesar de que ambos fueron figuras fundamentales en los primeros pasos de Brasil en esa Copa del Mundo que, desde Pelé, empezaría a teñirse de color ‘verdeamarelo’.

Incluso más tarde, en la Copa del Mundo de 1962, tras la lesión que lo privó de jugar en Chile, la consecución del torneo parecería de nuevo una gesta de Pelé. Muchos de sus compañeros siguieron siendo opacados por la figura del ‘10’ de Santos. Tal y como sucedería desde entonces y hasta 1970, con su excompañero ‘Lobo’ Zagallo a los mandos en ese combinado eterno que volvería a alzar el trofeo. La llegada de Pelé cambió la historia de Brasil y la puso en el mapa de la Copa del Mundo. Brasil era, gracias a él, una potencia absoluta.

Y con el paso de los años, su semblante llegaría a ser casi imborrable en la leyenda de Brasil en los Mundiales. Parece, de alguna manera, la figura de un padre inmortal, tras la cual no crecen hijos ni nietos con la capacidad de matar su aureola. Ni Romário, ni Rivaldo, ni Ronaldo, ni Ronaldinho, ni Neymar han sido capaces ninguno de ensombrecer la figura de un Pelé que sigue siendo sinónimo de dominio y habilidad. De triunfo en el torneo entre los torneos. Vendrán otros a intentarlo, veremos con qué suerte.

Y, sin embargo, la Copa del Mundo para Brasil estará siempre unida a la figura de ese muchacho de 16 años. Ese que marcó un gol inútil en una derrota brasileña ante Argentina en Maracaná. Ese que Vicente Feola, valiente como pocos, alineó para que hiciera historia en el Mundial de Suecia en 1958. Pelé nació para ser Pelé. Esa figura inmortal que todos conocemos y de la que se seguirá hablando. Ese Pelé al que parece imposible que ningún ‘hijo’ consiga nunca ‘matar’.

 


SUSCRÍBETE A LA REVISTA PANENKA


Fotografía de Imago.