Hace escasos meses, Vicente Del Bosque, sereno incluso fuera de su jornada laboral, presentaba libro nuevo ante los medios de comunicación. Ganar o perder, escrito en colaboración con el periodista Vicente García, ahonda sobre las lecciones que le ha reportado al salmantino ocupar el puesto de seleccionador. Del Bosque confesó ante las cámaras que le gustaría que cuando llegase a una rueda de prensa, nadie supiese por su actitud si su equipo había ganado o perdido el partido. Un acto sincero pero a la vez modesto, puesto que lo que habría que preguntarse es si el entrenador, después de tanto tiempo en banquillos calientes, sería capaz de dejar de hacer precisamente eso, esfumar el dramatismo de los resultados con su mansa comunicación no verbal.

El caso es que en esa ceremonia de presentación también tomó la palabra Jordi Nadal, el editor, que se apuntó al capítulo de las revelaciones y reconoció que había invertido mucha paciencia en el proyecto y que solo una vez había arrojado tanto tiempo sobre una obra, en este caso una escrita por un premio Nobel como Albert Camus. Patapum. Sin dejarse ver, desplazándose casi de puntillas entre el cableado de los micros, el nombre del célebre autor francés ya había vuelto a colarse en la médula de un contexto futbolístico, en este caso entre bigotes tupidos, photocalls de Pelayo y copas con agua.

Albert Camus es un imán para el otro fútbol, ese al que normalmente se juega con corbata, boina o jersey de franela, sobre cuadernos de notas, gomas Milan y pacharanes abatidos, en ocasiones todavía bajo la polvareda que levanta un cigarrillo. Camus es droga común, entre otros, en esos salones en los que en vez de gritarle a la pelota se escribe sobre ella. Aunque en realidad también va más allá.

Sobre el capote de su frase (“lo que finalmente sé con mayor certeza respecto a la moral y a las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol”) podrían construirse bares, estadios, pisos, ciudades enteras. Aguanta toda clase de grosores; incluso uno puede auparse a su superficie los domingos y ponerse a juguetear con el móvil a la espera de que salga algo mejor que hacer.

Esa frase de Camus, como puede verse, es tan resistente que se mantiene a todos los cambios posibles, también los que marca el paso del tiempo.

Albert Camus es un imán para el otro fútbol, ese al que normalmente se juega con corbata, boina o jersey de franela, sobre cuadernos de notas, gomas Milan y pacharanes abatidos, en ocasiones todavía bajo la polvareda que levanta un cigarrillo

El autor de ‘El hombre rebelde’ o el ‘Mito de Sísifo’, como ya se ha contado en muchos otros rincones, se dejó encandilar por el fútbol a fuerza de practicarlo, siendo primero ariete y después guardameta en varios conjuntos de su Argelia natal, y después como aficionado, vicio del que nunca supo ni quiso despojarse. En alguna ocasión también dijo que los estadios repletos de gente y las salas de teatro (“lugares que amé con una pasión sin igual”) eran los únicos sitios en el mundo en los que podía sentirse inocente, lejos del juicio propio y ajeno.

Junto a Nabokov (también fue arquero) y otro puñado de figuras ilustres, hicieron trizas ese velo que tenía por costumbre separar el universo de las artes con los terrenos de juego. Un precedente que recogieron más adelante en España pioneros como Manolo Vázquez Montalbán, Javier Marías o Enrique Vila-Matas, por citar solo algunos de ellos. Personajes que han conseguido que en este país, cuando sale del armario un escritor y destapa sin pudor su idilio con el dichoso juego de la pelotita, no podamos hacer más que alegrarnos y lanzarnos a consumir sus versos y su prosa.

Un camino purificador, por cierto, que también se ha ido haciendo gradualmente en la dirección opuesta, con muchos futbolistas de renombre declarando su interés por los libros, los cuadros o las canciones, pujando a su manera para recortar las distancias entre ambas esferas de la sociedad. Di Stéfano, Sócrates, Menotti, Guardiola… Deidades terrenales y con el gusto definido.

Todo eso y más ha aportado la frase de Albert Camus.

albertcamus

Albert Camus, apasionado del fútbol.

Sin embargo, también conlleva su cuota de riesgo, como esas tramas brutales de según que series de televisión que nunca acaban por cerrarse hasta que al final sientes que estás empezando a aburrirlas. O la alarma del móvil, en la que debería estar terminalmente prohibida poner tu canción de verano favorita. Camus y su frase han acercado como pocos el fútbol y el mundo de las letras, emergiendo y encontrándose en todas partes y a todas horas. Está en Google, está en Twitter, está en la radio, está estampada en camisetas, está forrada en carpetas de estudiantes, está pintada en la puerta del servicio del bar de la esquina, pronto estará, si es que no ha aparecido ya, en tu lista del súper.

Se maneja en tal cantidad de tertulias y escenas que a veces da miedo que la frase se rompa, que se parta por la mitad, como si fuera una moneda que de tanto gastarse yendo de bolsillo en bolsillo acabase perdiendo su valor. Da vértigo que ante tanto repetir la oración, muchas veces fuera de contexto, termine por banalizarse el legado de un intelectual que aparte de ennoblecer un deporte que siempre había sido vilipendiado por las élites culturales también escribió novelas, ensayos y obras de teatro cuya huellas son y deben seguir siendo universales.