El 1 de septiembre de 1915, en Essex, Inglaterra, nació un niño que pronto descubriría su vocación: educar, enseñar. Antes de servir a su país en la Segunda Guerra Mundial, el joven Kenneth ya se había graduado en el St Luke’s College de Exeter como docente y también había hecho lo propio en el mundo del fútbol, su gran pasión, para ejercer de árbitro. De vuelta del campo de batalla inició su carrera en la Football League. Primero, en las funciones de juez de línea. Después, tomando los mandos como árbitro principal de un deporte que definía como “una obra dramática en dos actos, con 22 actores sobre el escenario y un director de escena, el árbitro”. Y, sobre todo, siendo una figura fundamental en la evolución del arbitraje en el fútbol.

Fue el primero que dejó la otrora habitual chaquetilla de los colegiados colgada en el perchero para comenzar a vestir de negro impoluto. Aquello cuajó, y pasó a ser el uniforme oficial de su oficio. Aunque no conforme con solo cambiar sus atuendos, también le dio por alterar los colores de los banderines de los linieres. Sugirió dejar atrás la costumbre de que fueran a juego con los colores del equipo local y sustituirlos por el amarillo para que así fueran más detectables a la vista del árbitro principal.

Más allá de aquellos reajustes, en paralelo escaló posiciones hasta convertirse en un colegiado de primer nivel. Y ya asentado en la élite balompédica de su país, comenzó a arbitrar partidos con los que todo colega de profesión soñaría dirigir. Como, por ejemplo, la vuelta de la primera Copa Intercontinental de la historia, en 1960, en el Santiago Bernabéu, con una aplastante victoria blanca ante Peñarol (5-1). O también en una Copa del Mundo. En Chile’62 le tocó dirigir dos encuentros. En los dos jugaba el anfitrión. Uno contra Suiza. El otro, uno de esos partidos a los que, por muy Copa del Mundo que fuera, a ningún árbitro le gustaría mediar: la Batalla de Santiago.

Era el segundo partido de la fase de grupos. Chile e Italia se jugaban muchas papeletas en esos 90 minutos para estar entre las ocho selecciones que disputarían los cuartos de final. Y aquella ‘batalla’ había arrancado un tiempo atrás, antes del arranque del campeonato, cuando dos periodistas italianos dejaron muy mal parado al país de los Andes, tachándolo de “triste, pobre y subdesarrollado”. No sentó bien, claro. Y el recibimiento a la ‘Azzurra’ en el Estadio Nacional no fue, digamos, muy grato. A los siete minutos, la policía tuvo que entrar al terreno de juego ante la negativa de Giorgio Ferrini de abandonar el verde tras ser expulsado. Y cerca de llegar al descanso, otra expulsión, esta vez de Mario David, también necesitó de los agentes de seguridad para que el italiano saliera del césped. Acabó el duelo con un 2-0 favorable a Chile, y con un infausto recuerdo para un Ken Aston que, años después, reconocería que se limitó “casi a contar los puntos de las maniobras militares del campo, mi función no recordó nada a las tareas de un árbitro”. Un hecho que quedaría en su memoria.

 

“Mientras conducía por la calle Kensington de Londres, el semáforo se puso en rojo y pensé: ‘amarillo, puedes aún pasar, rojo, alto, fuera del terreno”

 

Solo arbitraría durante una temporada más, despidiéndose de los terrenos de juego en la final de la FA Cup entre el Leicester y el Manchester United (1-3). Después, en la Copa del Mundo de Inglaterra’66, la FIFA le otorgó un lugar en la Comisión de Árbitros del Mundial. Y, de nuevo en una cita mundialista, Aston se vio envuelto en la polémica. Esta vez en un Inglaterra-Argentina de cuartos de final. Corría el minuto 36 de juego cuando el capitán ‘albiceleste’, Antonio Rattín, le hizo un gesto al árbitro alemán Rudolf Kreitlein. El colegiado lo entendió despectivo, pues declaró que “lo había mirado mal, por eso sabía que me había insultado”. Y le expulsó alzando la mano. El argentino no comprendió, o no quiso comprender, la decisión. No había acuerdo ni entendimiento, ya que ninguno hablaba el mismo idioma. Después de diez minutos sin aclararse nada, Ken Aston tuvo que bajar al césped para intermediar, invitar a Rattín a abandonar el terreno de juego y que continuara el partido.

Aquello, sumado a que Jack y Bobby Charlton se enteraron al día después por la prensa de haber sido amonestados, fue la gota que colmó el vaso. Los gestos no servían para sentenciar si alguien era apercibido de sanción o, directamente, expulsado. Tocaba buscar algo que dejara bien claro las sanciones arbitrales. Una vez más tuvo que salir Ken Aston al rescate de su gremio con una decisión que marcaría un antes y un después en el estamento arbitral.

Le estuvo dando vueltas a la cabeza. Cómo hacerlo. Cómo dejar el tema zanjado. Y de la manera más sencilla, conduciendo su coche por la capital británica, se le apareció la idea. “Mientras conducía por la calle Kensington de Londres, el semáforo se puso en rojo y pensé: ‘amarillo, puedes aún pasar, rojo, alto, fuera del terreno”. Voilà. Ya lo tenía. Cómo mostrarlo, cuenta la leyenda, fue cosa de su mujer. Al llegar a casa, Ken le contó sus preocupaciones y al rato apareció Hilda con una pequeña cartulina de cada color. La FIFA le compró la idea y la Copa del Mundo de México’70 fue su ratón de laboratorio para ver si aquello funcionaría. Funcionó. Y se mantuvo para siempre alrededor de todo el planeta. Aunque, en España, por ejemplo, la tarjeta amarilla no apareció hasta 1976. Desde el 71 había sido blanca por decisión del secretario de la Federación, Andrés Ramírez, dubitativo por si se confundirían el amarillo y el rojo en los televisores a color.

Tras la invención de las tarjetas, Ken Aston siguió ligado al fútbol. En el 74 introdujo el cartelón con el que anunciar las sustituciones, para que los futbolistas se enterasen de manera más clara si eran los reemplazados. Después fue miembro de la Football Association y también impartió clases a árbitros en Estados Unidos. Y ante tan dilatada carrera, y por la constante evolución que provocó en el arbitraje, aquel hombre que entendía que en el fútbol “lo más importante es divertirse y divertir”, fue condecorado en 1997, cuatro años antes de su muerte, como Miembro del Orden del Imperio Británico.

 


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Fotografía de Imago.