Juan Pablo Villalobos nació en México en 1973. Traducido en más de 15 países, en España siempre ha publicado en la Editorial Anagrama, y con su libro No voy a pedirle a nadie que me crea ganó el Premio Herralde de novela. En el 2003 se mudó a Barcelona para hacer un doctorado (que no terminó), y tuvo que enfrentarse a la difícil decisión de escoger equipo aquí. Se decantó por el Barça, que le ha brindado más alegrías que penas, aunque por su afición al Atlas, Villalobos es un auténtico experto en la derrota. Quien le conozca en persona, sabe que tiene que renovar su catálogo de fotos, aunque ya nos conformamos con que no salga fumando y mirando al infinito.

Empecemos por lo elemental: ¿Por qué ves fútbol?

La sensación que tenemos mientras vemos un partido es de inutilidad o de estar perdiendo el tiempo, sin embargo lo que nos mantiene ahí es la promesa de que algo interesante va a ocurrir. Hay una relación entre el fútbol y la ficción: son espacios en los que puede suceder lo maravilloso, lo inesperado. Cuando comienza un partido, empieza el ‘érase una vez, en un país muy lejano…’, y cualquier cosa puede pasar. Pero no siempre es verdad, porque en la mayor parte de los partidos no sucede nada. Sin embargo, si quieres ser espectador de los momentos mágicos, debes aguardar a lo inesperado, que surge en un instante.

También ha cambiado mucho nuestra forma de ver los partidos.

Como en todo, la atención que antes prestábamos a un partido ya no existe, ahora todo es fragmentado, y vemos un partido mientras revisamos las redes. Y muchas veces ya es más divertido el comentario en la red que el partido en sí. Antes estábamos atentos a presenciar lo extraordinario y poder comentarlo al día siguiente con los amigos y ahora estamos allí para poder participar de la conversación pública. Un jugador comete una pifia horrible, y en ese momento ya lo estamos tuiteando.

¿Cuál es tu primer recuerdo futbolístico?

Crecí en un pueblo de México, donde hay dos capitales cerca: Guadalajara, donde juegan las Chivas y el Atlas; y por otro lado León. Mi primer recuerdo es ir al estadio de León, yo tendría cuatro años y tengo muy presente la impresión de entrar al estadio por la noche: el ruido, la luz, la gente. Recuerdo también la vuelta tras los partidos, con atascos en el coche y gente o enfadada o festejando, depende del caso. Cambié mucho de equipo, hasta que me quedé en el Atlas.

¿Cómo terminaste siendo del Atlas?

Ser del Atlas, ahora mismo, es un homenaje a una época de mi vida. Yo fui muy infiel a los equipos cuando era pequeño. Mi primer equipo fue el Zacatepec, un club que ya no existirá, que era como un Eibar. Un conjunto pequeño y muy romántico, nadie ganaba en su estadio. Fui luego, por temporadas breves, de muchos equipos, hasta que encontré al Atlas. En la adolescencia, cuando ya estudiaba en Guadalajara, comencé a ir al estadio con amigos, íbamos todos los sábados de partido y luego salíamos de fiesta. Eran los 90 y nos entrenó Bielsa, Solari y La Volpe. Jugábamos muy bien, formábamos a buenos jugadores… El romanticismo del Atlas tiene dos vertientes: una es que nunca es campeón, solo lo fue una vez en 1951, y la otra es que forma jugadores que sabes que siempre se van a marchar. No te puedes encariñar con nadie.

No quería marcharme del terreno de la infancia sin preguntarte por el Mundial de México’86.

Vivía aún en mi pueblo y no fui a ningún partido al estadio. El primer Mundial del que tengo memoria es el de España’82, y en el 86 recuerdo perfectamente cómo perdimos en penales con Alemania. Los llevamos al desierto, a Monterrey, con un calor atroz. Y recuerdo perfectamente a Maradona, aquella sensación de incredulidad, justamente lo que hablábamos, lo mágico y lo inesperado. Esa sensación solo la volví a vivir con Messi.

Cuando llegas a España te tienes que enfrentar a la dura decisión de escoger equipo.

No me asumí como hincha del Barça hasta que mi hijo Mateo empezó a ver el fútbol conmigo. Por supuesto, mis simpatías estaban con los azulgrana. Al principio me pasó como con el Atlas, ver los partidos era una excusa perfecta para luego seguir la fiesta. Creo que lo que nos mantiene cerca del fútbol es que es una excusa para socializar, y había más posibilidad de socialización haciéndome del Barça que del Espanyol. Pero cuando nace mi hijo, cambia toda mi relación con la ciudad, me arraigo aquí. Yo vivía en una Barcelona etérea, pero entonces entro en una ciudad que no conocía: el parque, la escuela, los entrenos… Todo eso y la relación con la gente del barrio de Gràcia cambia mi forma de ver el fútbol. Mateo nació con el Barça de Rijkaard, en 2006, y lo primero que vio fue al Barça de Messi y Guardiola. A través de él sentí que adquiría la legitimidad para ser culé. Él ha nacido aquí, ha crecido aquí, tiene sus amigos aquí… Ser del Barça me viene de hijo a padre, y a él ser del Atlas le viene de padre a hijo.

 

“Un equipo que siempre gana, al que todo le va bien, es poco literario”

 

Hablábamos antes del romanticismo de la derrota, pero el fútbol tiene un discurso sobre el éxito muy arraigado y nos olvidamos, a veces, que este es un deporte de perdedores. Lo raro es ganar.

Toda la épica de la derrota, su romantización, funciona porque en el fondo todo esto no importa. No es importante. En el fútbol soportas cosas que en la vida no soportarías. Si mi vida fuera una sucesión de derrotas y de fracasos como la historia del Atlas, no tendría nada de romántico. ¿Quién quiere eso? En el fútbol te puedes permitir un sufrimiento sobreactuado y toda una serie de expresiones de fidelidad absurdas, porque en el fondo no importa. Se dice que el fútbol es lo más importante de lo menos importante, y creo que es verdad. Sí que hay cosas importantes alrededor del fútbol. Por ejemplo, si es un pretexto para que yo tenga una relación más estrecha con mi hijo, entonces sí es muy importante. Si mi hijo, que ahora es adolescente, quiere pasar tiempo conmigo viendo el fútbol, eso es importante, porque no lo va a hacer en otro momento. Y si el Barça lo produce, entonces el Barça lo es. ¿Pero el fútbol en sí? No es nada importante.

Después de todo, ganar es lo de menos.

La derrota es posible asumirla porque hay un relato que la vuelve divertida, la vuelve épica. Los aficionados del Atlas decimos: ‘¿Quién gana? Ganar es vulgar, soy tan fiel que no me importa ganar’. Ahora he estado en México con un amigo escritor, muy atlista también, y hablando me decía ‘este es el año’, porque estamos segundos, y le contesté: ‘¿para qué queremos ser campeones?’.

El relato se perdería.

Ahora recuerdo que durante el Atlas de La Volpe fuimos primeros, y en el play-off para ganar la liga llegamos a la final, contra Toluca. Momento mítico, en 1999. Partido de ida y vuelta. En el primer partido, 3-3. Y a la vuelta, 2-2. No había valor doble de los goles, así que vamos a penales y perdemos ya en la muerte súbita. En esa final había una narrativa tan divertida… Estamos hablando de una época anterior al WhatsApp y recuerdo que los aficionados de Chivas durante esa época imprimían mapas de la ciudad, porque en Guadalajara se festejan las victorias en un lugar muy conocido, como si aquí hablamos de Las Ramblas. Y ahí van los aficionados de Chivas y de la selección. Los del Atlas no, porque nunca hemos ganado. Los días previos a esa final, los aficionados de Chivas nos daban mapas de donde estaba este lugar. Como si a alguien de Barcelona le contaran cómo llegar a las Ramblas. Ahí es donde está la literatura. Un equipo que siempre gana, al que todo le va bien, es poco literario.

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¿Cómo has vivido la marcha de Messi?

Pues mira, aprovecho para lanzar una provocación, pero es que es algo sobre lo que he estado pensando. ¿Cómo es posible que Messi se haya ido de aquí y no haya una narrativa potente de ese drama? ¿De qué está hecha esta afición? A mí me ha decepcionado mucho. Imagina que esto le pasa a la Roma con Totti. A mí me ha sorprendido, para mal, que se haya ido Messi y que no hayamos contado eso bien. ¿Qué significa que Messi ya no está aquí? ¿No deberíamos estar todavía llorando? Es como si te ha dejado tu pareja y tú ya estás de bares buscando a otra.

 

“¿Qué significa que Messi ya no está aquí? ¿No deberíamos estar todavía llorando? Es como si te ha dejado tu pareja y tú ya estás de bares buscando a otra.”

 

Parece ser que se quiere olvidar todo un poco rápido.

Me resulta muy extraño. Y creo que es porque la suya era una épica ganadora, aunque en los últimos años ya no. Creo que no aprendimos a narrar la decadencia del Barça. Lo que estaba pasando desde el partido en Roma es fascinante. Ahí está la parte literaria del Barça, antes no. En el Barça de Guardiola no hay literatura, hay fútbol, el mejor fútbol que vi en mi vida, de hecho. Pero no hay literatura. La literatura empieza en Roma y culmina con el Bayern.

Se percibían todas esas derrotas como un accidente, creyendo que todo volvería ser como antes.

Fue una decadencia paulatina. No hemos sabido narrar esa decadencia porque estábamos esperando volver a lo de antes. Se fue Xavi, se fue Iniesta, se fue Puyol… Y fichamos a jugadores de segundo nivel, ignorando lo que estaba sucediendo. Se creía que sustituyendo a las estrellas por otros jugadores o cambiando de entrenador ya todo iba a estar bien. Pero había otra cosa que estaba pasando, más a nivel anímico. Era la repetición de una pesadilla.

Roma, Liverpool, Bayern…

Hay una narrativa muy interesante para contar, porque tengo la teoría de que ese equipo lo que tenía era un ataque de pánico. Y es lo mismo que le pasó a Brasil con Alemania. Mientras se jugaba ese partido de Brasil, yo decía con mi hermano ‘esto no lo vamos a volver a ver nunca’, y cuando vi al Barça con el Bayern pensé ‘ahí está de nuevo’. Yo he tenido ataques de pánico, y veía a los jugadores del Barça y estaban en esas. Messi parado, mirando a todos lados; Busquets como gritando a sus compañeros, todos abatidos y sabiendo que si el partido dura un poco más te meten otros cuatro goles. Ese nivel es más psicológico que futbolístico. Ese equipo, por más que hubiera entrado en decadencia, no podía perder 8-2 con el Bayern. Por muy malo que fuera. El Bayern le mete cuatro o cinco si quiere a algún rival de la Bundesliga, pero no ocho. No estamos hablando de fútbol, estamos hablando de otra cosa. Ahí sí hay algo literario y no lo supimos contar.

También debe ser duro para la gente que solo ha vivido un Barça ganador, encontrarse ahora con el actual.

Por eso digo que hay una narrativa ausente, y creo que es culpa de la gente que nos dedicamos a hablar de fútbol. Hemos creído que la decadencia era pasajera. Y no. Seguía pasando de nuevo, y de cara a los niños, este es un equipo que les promete que va a ganar y cada año les vuelve a decepcionar. No hay explicación. Por supuesto que no me gusta que pierda el Barça, pero a nivel intelectual es mucho más fascinante lo que está sucediendo ahora que ganar siempre.

En una entrevista, Vila-Matas confesaba a Panenka que él tiene humor en todo menos en el fútbol. No sé si en algún momento te enfadas de verdad viendo los partidos.

No, como tampoco me enfado si un libro es malo o una película no me gusta. Me enfada que los corruptos no tengan castigo, la injusticia, que una empresa me quiera estafar. Pero que el Atlas no sea campeón no me enfada. Creo que hay un elemento destructivo ahí, que son justamente los aficionados que no ven que el fútbol, en el fondo, no importa. Y cuando alguien se toma muy en serio esto, y comete un acto de violencia, simplemente está manifestando algo que está mal en otra parte de su vida, otras frustraciones: de trabajo, sexuales… No tiene este deporte nada que ver con los problemas reales. La cosa es que cuando hablamos de fútbol nunca estamos hablando solo de fútbol.

Para terminar: ¿qué jugador crees que podría ser un buen personaje literario?

Viví un tiempo en Brasil, y estaba muy interesado en el fútbol de ahí. De hecho entrevisté e hice un perfil de Neymar. Pero yo me obsesioné con Adriano, el ‘Emperador’. El asunto era un poco peligroso, porque estaba relacionado con la mafia en las favelas y los traficantes, y por eso no me dieron permiso para indagar. Era un jugador brutal, talentosísimo, un ‘9’ muy potente y una persona muy melancólica. Se fue a jugar a Italia, y comenzó a decir en las ruedas de prensa que estaba deprimido. Al final volvió a Brasil y ahí desapareció, para ser encontrado tiempo después en una favela, haciéndose unas fotos armado, rodeado de traficantes. Es casi un thriller, tiene de todo, también un montón de amoríos y líos sexuales. La historia era muy atractiva, pero quizás también muy obvia.

 


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Fotografía cedida por Juan Pablo Villalobos.