Con solo 26 años tuvo que dejar de hacer lo que más le gustaba, jugar al fútbol. Vivió tres años fatídicos donde las lesiones, una y otra vez, le recordaban cuál sería su peor pesadilla entre operaciones y quirófanos: la rodilla izquierda. Tras toda una carrera ligada a un club, el Levante, Iván López (Valencia, 1993) sabe lo que es vivir la cara más amarga del fútbol. En 2017 comenzó un calvario con las lesiones que le obligaron a colgar las botas tres años más tarde. En 2020 anunció su intención de recuperarse para intentar volver a sentirse futbolista. Hoy se encuentra tranquilo, sereno, con la convicción del que sabe que ha cerrado una etapa pero que afronta con optimismo lo que está por llegar.

 En tu carta de despedida hablabas de poner un punto y seguido en tu carrera deportiva. ¿Cuándo te das cuenta de que el fútbol se termina definitivamente? 

 Intenté seguir, pero cuando vuelvo a correr en Alter G, una máquina que te quita peso al correr, veo que corriendo diez minutos a un 10% de mi peso se me hincha la rodilla. Ahí me doy cuenta de que, si con tan poco peso no podía correr ni en una cinta en línea recta, tenía que olvidarme del fútbol. Después de estos tres últimos años tan horribles, puedo decir que todo esto ha sido incluso un alivio. 

Es octubre de 2017. Te lesionas de gravedad en un entrenamiento con el Levante y pasas el año en blanco. Tras tu recuperación, te ceden al Nàstic, donde sufres una recaída. Pasas de nuevo por quirófano, se termina la temporada y comienzas la pretemporada con el Levante. Vuelven las molestias, te operan por tercera vez y, cuando ya te veías preparado para volver al equipo, te toca decir adiós al fútbol. Es julio de 2020. ¿Cómo fue afrontar anímicamente todo ese proceso? 

Yo, aunque pienses que no, estaba medio contento. Es jodido, pero es así. En mi cabeza tenía claro que, con la lesión, volvería a jugar al mes y medio. No sé si fueron cosas del destino o qué, pero me despierto en medio de la operación, abro los ojos y veo cómo los doctores me suturan el menisco interno. Son solo esos diez segundos los que recuerdo. El suturármelo ya significaba que no iba a ser un mes y medio de baja, sino cuatro. En ese momento se me viene el mundo encima porque estábamos en octubre, por lo que al volver de mi recuperación se terminaba la temporada. Era otro año en blanco prácticamente.

Es un poco triste o incluso gracioso, porque cuando vuelvo al Levante y me vuelvo a encontrar bien, llega Paco López con el preparador físico a decirme que apriete, que en una semana estaba de nuevo en la dinámica del equipo. Ahí es cuando mi rodilla dice basta. Yo ya tenía una sensación de dolor insoportable, de llorar por el dolor que sentía, lo que me obligaba a tener que medicarme todas las noches para poder entrenar. Llega un momento en el que me planto y le digo al doctor que no puedo seguir así. Sí, podía autoengañarme y continuar medicándome durante un tiempo, pero sabía que eso acabaría explotando por algún lado, porque en cuanto no me tomaba la medicación no podía ni andar. Me hacen una resonancia y se dan cuenta de que en la rodilla no me queda cartílago, sino que choca hueso con hueso y que eso es lo que me produce el dolor. Otra vez a quirófano. Y ahí es un poco lo que ya sabemos todos, vuelvo a correr, la rodilla me duele, se me hincha y ya decidimos que se acaba el fútbol. Este es el modo rápido, el modo lento no se lo deseo a nadie.   

¿Son las lesiones lo más complicado a lo que se debe enfrentar un futbolista? 

Yo creo que sí. Una lesión grave te para en seco. Tú puedes ser muy bueno y aspirar a muchísimo que, si las lesiones no te respetan, estás muerto. Hubiese preferido antes tener un entrenador que no me hubiese querido o incluso me hubiese apartado del equipo que haber estado tanto tiempo lesionado. 

 

La tristeza de no haber podido seguir jugando al fútbol ha sido descubrir dónde estaba mi techo, dónde podría haber llegado o dónde podría haber triunfado

 

¿Sientes que el fútbol te debe algo? 

Es complicado. Te podría decir que sí como te podría decir que no. He vivido lo más bonito y lo más feo del fútbol. Si miro cuando he vivido lo más feo te digo que sí, que me debe algo, tal vez el saber si hubiese podido dar un salto grande en mi carrera. Si miro lo más bonito, no, no me debe nada. El fútbol no deja de ser fútbol, y hay cosas muy buenas y otras muy malas. Si me debe algo… una rodilla. Los doctores me dijeron que si no me cuidaba la rodilla en unos diez años iba a acabar con una prótesis, por lo que todo lo que conlleve impacto o sea perjudicial para la rodilla, lo intento evitar porque no es necesario. Tengo claro que acabaré con una prótesis, pero espero que sea a los 60 años y no a los 40.  

Es curioso, pero siempre noté que tenías la convicción de que lograrías grandes cosas en tu carrera. 

Eso lo teníamos claro todos. Desde el Levante, que por eso me renueva en su día cinco años con aspiración a crecer, hasta mi representante, amigos y familia. Lo sabíamos todos. La tristeza de no haber podido seguir jugando al fútbol ha sido descubrir dónde estaba mi techo, dónde podría haber llegado o dónde podría haber triunfado. Es un poco la espinita que tengo. El fútbol ha acabado y gracias a Dios vivo hoy en día bien, tranquilo. No hay mucha gente que pueda decir que ha jugado al fútbol de manera profesional. Lo mejor hubiese sido no haberme lesionado y haber seguido jugando al fútbol, pero por suerte me ha pasado con la vida medio resuelta. Ahora simplemente es encauzarlo todo y estar tranquilo. 

«Los futbolistas vivimos una vida irreal. Tras mi lesión volví la vida real, a pagar un café, a tocar monedas», decía Víctor Valdés en una entrevista tras sufrir una lesión de gravedad. 

Es que dentro del mundo del fútbol no te das cuenta de muchas cosas de la vida cotidiana. Tú vives en una burbuja en la que todo te lo sirven en bandeja. También es cierto que a veces los futbolistas somos un producto, y eso es algo que se tiene que cuidar. Esto lo he descubierto un poco al final de mi carrera, que me he visto como una pieza de ajedrez y no como una persona, y más dentro de un club como el Levante en el que para mí todo tenía un sentido más personal que profesional.

¿Entendiste que vuestros caminos se separaran? 

Sí, es normal. Ya mi última operación, la del injerto de menisco, era tan complicada que si volvía a jugar suponía prácticamente un milagro, y más tras el desgaste de cartílago que tenía. Dentro del amor o respeto que hay entre equipo y jugador siempre hay que mirar por el bien del club. E insisto, soy futbolista, pero también soy un producto, por lo que ellos me pagan para yo retribuirles con un ejercicio, y si no puedo hacerlo, por mucho que ellos quieran tenerme, si no soy capaz o útil, es normal que prescindan de mí. 

¿Te cuesta volver a ver partidos? 

Sí, me cuesta. Y del Levante en el Ciutat, más. Al final ves un partido y siempre piensas que podrías estar allí. Psicológicamente es peor porque te entran recuerdos. Yo creo que esto es una herida que tengo ahí abierta y que con el tiempo, poco a poco, se cerrará y volverá a su cauce. Estoy ahora en etapa de duelo, por llamarlo de alguna manera. 

Tu último partido oficial con el Levante, pese a lesionarte, fue a lo grande: el Santiago Bernabéu como escenario, siendo capitán y dando una asistencia. ¿Cómo lo recuerdas? 

Pues no sé si mucha gente lo sabe, pero ese partido fue un sentimiento agridulce, por muchas cosas. Por un lado, desde que empecé en el club, nunca pude imaginar que mi proyección me fuese a llevar a lo más alto. Para mí, ser capitán del Levante en un estadio como el Bernabéu y repartiendo además una asistencia, es alcanzar la cumbre. Aparte de eso, el día anterior había fallecido mi abuelo y me tocó terminar el partido e irme al entierro. Luego la lesión también lo entorpece todo un poco. Un sabor agridulce por eso, pero aun así significó tocar la cima con el Levante. 

 

“Me cuesta ver partidos. Es una herida que tengo abierta y que con el tiempo se cerrará y volverá a su cauce. Estoy en etapa de duelo, por llamarlo de alguna manera”

 

Veo que llevas en el brazo derecho una palabra tatuada: “Resiliencia”. ¿Cuándo decides tatuártela?  

Está claro, ¿no? (ríe). Me la tatúo después de la primera operación. Vi la palabra y me gustó su significado, el sacar lo positivo de las cosas malas que te sucedan. En eso soy muy bueno, demasiado bueno diría yo. Siempre que viene algo malo mi mente se centra en ‘sí, vale, ha sido una putada, pero tienes esto otro’. Me tatué la palabra porque en ese momento era lo que sentía. 

No cualquiera podría tener esa mentalidad. 

Yo he tenido momentos malos, he tenido momentos jodidos, duros. De incluso tener tensiones con gente del cuerpo médico. Al final tienes una presión encima en la que sabes que si tú no sales adelante, tu carrera se acaba. He tenido mucho tiempo para asimilarlo todo y poder centrarme en el aspecto económico, por lo que sabía que en el futuro, pasase lo que pasase, había hecho bien las cosas y podía estar tranquilo. Ya tenía en mi mente que si mi carrera no iba para más, la opción de la invalidez estaba ahí y podía optar a ello. 

¿Qué te dicen por la calle los aficionados? 

Tampoco te pienses que me dicen mucho. Es cierto que tuve una época muy buena futbolísticamente hablando con los primeros años en Primera, pero luego de las lesiones mi imagen ha ido cada vez a menos. A mí se me ha quedado un buen sabor de boca de los aficionados del Levante, creo que me han tenido siempre mucho aprecio, o al menos yo lo he notado así. Pese a que no he tenido una de las carreras más ilustres del levantinismo, siempre he sentido ese afecto y ese cariño por su parte. 

 


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Fotografías cedidas por Iván López.