“El fútbol es la continuación de la guerra por otros medios”. La afirmación original legada por el general prusiano Carl Von Clasewitz era ligeramente distinta. Pero simbolizaba lo mismo. Porque sí, el fútbol entiende de política. Y viceversa. En ocasiones, existe cierta reticencia a asumirlo, pero la realidad es que es algo que lleva intrínseco en él desde sus orígenes en las fábricas inglesas de finales del siglo XIX. Su evolución lo ha convertido en un inmenso negocio entre magnates y la disputa del terreno de juego es solo una parte más de la guerra empresarial. La asociación de conceptos fútbol-guerra es tan simple como común, está tan intrínsecamente ligada a como lo concebimos que prácticamente la producimos de manera inconsciente.

El fútbol es un deporte de desgaste. Un enfrentamiento entre dos equipos que se disputan la posesión de la pelota con la finalidad de introducirla, como si de una daga se tratase, en el fondo de la portería contraria. Ataque y defensa. Cada gol hiere más al rival, angustia al entrenador impotente y va dejando sin aire a la multitud que observa y jalea desde la grada. Al final de los 90 minutos, todo se enmudece, el estadio se vacía y cada uno se va a su casa. La “guerra danzada”, que decía Galeano, ha terminado.

El estadio es el lugar donde se produce el enfrentamiento: una guerra entre dos tropas de once jugadores, con los entrenadores como generales y estrategas de la batalla y con los presidentes de los clubes como parlamentarios. Los verdaderos protagonistas de la contienda, los jugadores, son peones y soldados de aquellos que los dirigen. El balón es la bala que perfora y daña al rival y el césped la trinchera en disputa.

El imaginario colectivo futbolístico nos ha dejado claro que el fútbol es como una guerra. Y esto se traduce en el tipo de lenguaje utilizado. No hay arma más poderosa que la palabra. La terminología del mundo del fútbol está plagada de palabras bélicas, las cuales asociamos con suma normalidad, pero que no dejan de ser vagas metáforas empleadas de manera constante para cargar de misticismo y epicidad a algo tan sencillo y bello como el juego. Repasemos algunas de ellas: 

ARQUERO

¿Por qué al portero se le denomina ‘arquero’? Porque la portería es el arco. La respuesta parece sencilla, pero está lejos de ser correcta. La portería siempre ha sido rectangular, no ovalada como un arco. Para encontrar el verdadero porqué debemos retroceder varios siglos atrás, mucho antes del nacimiento del fútbol, hasta la edad media. Por aquel entonces, el mejor arquero de la ciudad era el encargado de vigilar el arca real, es decir, el lugar donde el rey guardaba sus más valiosos bienes. Fueron los periodistas, concretamente los cronistas, quienes recogieron el concepto y tuvieron la idea de asociar al arquero, que defiende el tesoro más preciado del reino con su vida, con el portero, que defiende hasta última instancia el tesoro más preciado del fútbol: el gol.

ARIETE

Un ariete es un delantero, pero no cualquier delantero. Es el killer que derriba las defensas contrarias. Antiguamente, el ariete militar servía para derribar murallas, puertas u otros obstáculos. Estaba compuesto de un tronco de madera largo, fuerte y pesado que tenía en sus extremos una pieza de hierro. Las similitudes con el tipo de delantero al cual se asocia el término ariete (Fernando Llorente, Luuk De Jong, Morientes…) son claras: alto, fuerte, potente, con buen juego aéreo y olfato goleador. Un cóctel de características que lo colocan como el mejor recurso para combatir a defensas cerradas.

DISPARO / TIRO

La acción técnica de golpear el balón contra la portería rival es el chut. Un gesto que si se convierte en gol otorga simultáneamente vida a unos y sentencia a otros. Como un disparo. La pólvora mantiene una dualidad, puede ser preciosa y maravillante en un fuego artificial, y cruel y despiadada en una pistola que quita una vida. 

Hay infinidad de sinónimos para la acción de chutar a portería y a la mayoría se les aplica una connotación violenta que variará según el grado de potencia en el golpeo, asemejándose con un tipo de arma: tiro, latigazo, cañonazo, misil, obús… Frecuentemente, cuanta más fuerza se impregne en el golpeo, más ostentoso será. Pero, en ocasiones, el francotirador, desde el tiro libre, lejano y preciso, impresionará todavía más que el que dispara con el fusil. 

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REMATE

Sin piedad ni remordimiento alguno. De nuevo, obra del killer. De aquel especialista en poner fin a la contienda y resolver el asunto con la frialdad de un sicario. No importan las formas. Indiferentemente de si es mediante un potente testarazo o si es a bocajarro tras un ‘pase de la muerte’. Lo importante es rematar. Dar forma a una muerte rápida, pero dolorosa hacia el rival. Porque ante un disparo a quemarropa, ni el mejor de los chalecos antibalas evitará la desgracia. Igual que ante un buen remate, ni el mejor de los porteros podrá evitar que se perfore la portería. 

CAPITÁN

Tanto en la guerra como en el fútbol, el capitán es el encargado de dirigir a su equipo. Sobre el césped, él es la figura que representa a los diez compañeros que la acompañan, al cuerpo técnico y a los miles de aficionados que ven el partido desde las gradas. Es al miembro del equipo al que más se le van a exigir resultados y compromiso, no puede fallar. En los contextos más difíciles, cuando todo se vea perdido, tendrá que buscar el pequeño atisbo de luz que motive a sus compañeros para seguir luchando. Un buen capitán, como el general Erwin Smith en Ataque a los titanes, será el único que podrá conseguir que su escuadrón al completo se deje la vida por lograr el objetivo.

VICTORIA Y DERROTA

Fútbol y guerra tienen la misma esencia. Todos hemos renegado de la clásica frase “lo importante es participar”. ¡A nadie le importa participar! Por suerte o por desgracia, el fútbol es sinónimo de competición. Y como en el juego de tronos, “o ganas o mueres”. La relación que se mantiene es prácticamente binaria, ya que en caso de empate, en la mayoría de ocasiones, el contexto previo al partido determinará a quién se le considera vencedor de esa contienda. 

PUNTO FATÍDICO

En el fútbol, como en los videojuegos, el jugador tiene la opción de revivir. En la guerra no. Hay pocos momentos más duros para un futbolista que fallar el penalti decisivo de una tanda. Sin embargo, se le seguirá considerando un héroe por tener la valentía de asumir la responsabilidad. En la guerra, en cambio, como decía Columbus en Zombieland, “no seas un héroe”. Porque el error se paga mucho más caro y lo más probable es que no haya revancha posible. Penalti, pena máxima o punto fatídico, llámenlo como quieran, pero no deja de ser algo tan sencillo como un chut desde una mancha blanca situada a once metros de la portería.

EL APODO

Todo gran jugador tiene un gran apodo. De muchos, ni siquiera conocemos el origen: ¿quién lo pronunció por primera vez? ¿Cuándo? La mayoría se fundamentan en algún tipo de similitud física o habilidad del futbolista muy alejada de la realidad. A través del mote, algo que a priori debería ser negativo, toma connotaciones positivas. La lista de alias que metafóricamente asemejan al jugador con un aspecto bélico es larguísima: el ‘Torpedo’ Müller, el ‘Matador’ Kempes, el ‘Rifle’ Pandiani, el ‘Asesino’ Solskjaer, el ‘Cañoncito’ Puskas, el ‘Mariscal’ Gabriel Milito, el ‘Káiser’ Rafa Márquez o el ‘Pistolero’ Luis Suárez. Y podríamos seguir así durante un buen rato.