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Lima, el eterno capitán de Andorra: “Cuando perder es lo normal, empatar es hacer historia”

El capitán y hombre récord de Andorra, Ildefons Lima, se retira de la selección a los 43 años. Así es triunfar en un país pequeño enclavado entre dos potencias

andorra

Las selecciones de microestados rozan el amateurismo. Y la de Andorra no es una excepción. Por eso su capitán y máximo goleador, Ildefons Lima, que acaba de anunciar su retirada a los 43 años y con casi 140 internacionalidades a las espaldas, reivindicaba en el #Panenka90 el milagro deportivo como pasaporte para dar visibilidad y enorgullecer a los territorios de frontera.


Esta entrevista fue realizada en noviembre de 2019 

 

¿De no haber dejado Barcelona por Andorra con dos meses en qué habría cambiado tu vida?

Mis padres ya estaban en Andorra cuando nací. Sí o sí hubiera acabado aquí. Tuve el privilegio que se creara la federación, optar a la nacionalidad y estoy supercontento de la suerte que he tenido como profesional, porque muchas veces he jugado con futbolistas que han estado muchos años en Primera y cuando me iba con la selección me decían que me envidiaban por poder representar a mi país en este tipo de partidos. He sido un privilegiado. Si mi familia se hubiera quedado en Barcelona no hubiera tenido esta oportunidad.

El esquí, el tabaco barato, el secreto bancario… Ahora háblanos de Andorra sin estereotipos.

Todo esto se va olvidando y se tiene que vender Andorra de otra manera. Tenemos más deportistas que vienen aquí tanto por la fiscalidad como por la calidad de vida y el entrenamiento que pueden tener. Es un país cada vez más vinculado al deporte y que se hable de un país a través del deporte es de lo más bonito que hay.

Por el norte, Francia; por el sur, España. 80.000 habitantes encajonados entre montañas por dos grandes potencias. ¿Existe cierta sensación de agobio como les ocurre a los isleños con el mar?

He vivido muchos años fuera pero aquí me encuentro muy bien. Evidentemente necesitas cada cierto tiempo salir un poco porque estás limitado en muchas cosas, pero la calidad y el nivel de vida es alto.

¿Qué tiene de bueno y de malo vivir en un territorio de frontera?

Entre las buenas está que te aíslas de problemas como los que hay en Catalunya. Lo ves por televisión, lo tienes al lado, pero lo vives de otra manera. Entre las malas, que estás muy limitado porque a la hora de viajar te tienes que desplazar a Barcelona o Toulouse para coger un avión. Para una selección como la nuestra tienes tres horas de autobús antes o después de empezar un viaje y eso cansa un poco.

¿De qué te sientes más orgulloso como andorrano?

De poder representar a mi país y luchar contra gigantes de este deporte. Somos pequeños y el hecho de que a veces des guerra a equipos grandes o hagas muy buenos partidos contra selecciones muy importantes como hemos hecho a lo largo de nuestra historia, te llena de orgullo. Somos pequeños y por eso me identifico con los equipos menores que hacen grandes gestas.

 

“Nuestros rivales llevan Kalashnikovs; nosotros, pistolas de agua”

 

Es la historia de David contra Goliat.

Encontrarte como hace poco en París, contra la campeona del mundo, en un estadio donde cabe casi toda la población de Andorra es la prueba irrefutable. Mucha gente no se da cuenta de las enormes diferencias que hay.

Andorra es un país con mucha historia, pero su fútbol es relativamente joven. En el 25 aniversario de la federación andorrana, ¿en qué punto se encuentra este deporte?

Hemos evolucionado mucho porque desde que empezamos a competir salíamos por Europa a verlas venir. Ahora ya sabemos cómo funciona todo, los chavales ya tienen experiencia internacional de categorías inferiores y cuando llegan a la absoluta conocen la realidad. Hemos mejorado pero todavía tenemos mucho margen.

En 1997 recibiste la llamada de la selección. Pero no tenías los 25 años que se necesitan para obtener la nacionalidad andorrana. ¿Cómo engañaste a la FIFA?

Como era una federación nueva, en casos particulares como el nuestro, que habíamos vivido y estudiado aquí pero todavía no teníamos los 25 años de residencia, la FIFA dio un permiso especial para que de forma excepcional pudiéramos competir. Jugamos algunos partidos así. Cuando tuve los años de residencia obtuve el pasaporte. Lo pedí antes, pero me lo denegaron en un par de ocasiones y es algo que me produce tristeza. Con toda la familia viviendo aquí y que no me dieran el pasaporte para representar al país me marcó. Lo vi injusto.

Y desde 1997… Hasta hoy. Dinos la verdad: ¿has temido alguna vez por tu puesto?

La verdad es que no. La primera vez que jugué con la selección no me lo esperaba porque tenía 17 años, era muy joven y los veía a todos unos viejos. Me dieron el privilegio de jugar y, con los años, el hecho de ser profesional también me permitió estar a otro nivel en comparación con los compañeros. Con el tiempo vas pensando que llegará el momento en el que alguien te supere pero tengo experiencia y me cuido mucho para ser competitivo. Nunca he sufrido por el sitio porque siempre he rendido al máximo y esto me hace tener la conciencia tranquila.

El papel que desarrollas en el combinado va más allá del terreno de juego.

Me siento un representante del equipo en el campo y fuera. Quieras o no, cuando se tiene que hacer una entrevista siempre buscan al jugador que lleva más años. Bromeando, por ejemplo, a veces a Max Llovera le digo que podría ser su padre. Cuando se puede hacer broma se hace, pero cuando toca apretar se aprieta. Esto los jóvenes lo valoran porque les puedo meter caña pero a mi manera les ayudo con lo que puedo. Soy una figura que vaya donde vaya todo el mundo me busca porque ya son muchos años aquí…

Capitán, máximo goleador, jugador con más partidos… Difícil poner un ‘pero’ a tu carrera como internacional. ¿Lo hay?

A nivel de selección me hubiera gustado ganar algún partido más, porque realmente son pocos, pero si te paras a pensar en lo que es Andorra… También hacemos pequeños milagros. Me quedo con que cada vez que he entrado al campo he dado todo lo que podía y a veces más, y esto es lo que me hace estar más tranquilo.

Once goles para una selección con tantas dificultades para producir es una brutalidad. ¿Los recuerdas todos?

Sí. Cinco son de penalti, contra Gales, Bélgica, Bielorrusia, Lituania e Israel. El resto contra Estonia, Irlanda, Azerbaiyán, Chipre, San Marino y Malta. Todos los tengo en la memoria.

¿Hasta qué punto vuestras limitaciones se pueden potenciar jugando tal vez más concentrado a veces que los propios rivales?

Las diferencias son muy grandes y si contra estos rivales pierdes ni que sea un poco la concentración, lo pagas muy caro. Después está el hecho, como nos dijo el seleccionador de Islandia, de que veía que jugábamos con el corazón. Con esto se te pone la piel de gallina solo de pensarlo, porque no hay nada más bonito que jugar con pasión.

Distinta es tu carrera como jugador de club. Aunque has hecho el grueso en clubes andorranos, has jugado en Italia, España, Grecia, México, Suiza. ¿Te arrepientes de alguna de estas aventuras?

Arrepentirme no. La de México fue la más difícil porque estando lesionado, en Grecia, me surgió la posibilidad de ir al filial del Pachuca. Pensé que sería más fácil por el idioma pero el cambio cultural fue muy grande. Era bastante joven y no lo pasé bien. Me fui antes de tiempo porque no me acababa de adaptar. Tampoco me lo pusieron fácil. Fue una aventura complicada. No solamente conoces la cultura de cada país sino también la futbolística, porque la manera de trabajar en cada lugar es diferente. El trabajo a nivel táctico que haces en Italia no se puede hacer en España, porque el jugador no está acostumbrado y mentalmente no está preparado para hacer esto. El trabajo físico cambia en cada lugar. Cada país tiene sus cosas. El fútbol me ha servido para viajar, conocer otras culturas y abrir más la mente.

En cualquier caso, ¿la Primera División española fue alguna vez un sueño?

Tuve una época de lesiones en Las Palmas. El primer año jugué 22 partidos estando cuatro meses fuera por una rotura fibrilar. Tuve un problema familiar grave y a partir de allí encadené lesiones que no eran normales. Después encontramos la solución pero estuve muy condicionado. Si en ese periodo no hubiera tenido esa cantidad de lesiones quizás lo hubiera logrado. Era muy joven y estaba en un equipo con Ángel o Rubén Castro, jugadores que sí llegaron a Primera. Eran muy superiores a mí, pero con continuidad quizás hubiera llegado.

¿Hay un momento en el que te das cuenta de que no llegarás o siempre está la esperanza?

Tampoco te lo planteas. Al principio crees que la Primera División es lo máximo, pero al tener el privilegio de jugar en la selección, lo acabas viendo de otra manera, porque eso está por encima. A mí me obsesionaba más ir a jugar a otro país que llegar a la máxima categoría española.

¿Hasta qué punto el andorrano amerita y se enorgullece de vuestros pequeños grandes logros futbolísticos?

Es difícil ser aficionado de un equipo que siempre pierde, pero si te das cuenta de la realidad del país, ves que hacemos mucho más de lo que podemos dar. Todo el mundo habla de la victoria a Moldavia, pero este país tiene tres millones y medio de habitantes, su capitán juega en la Serie A y otros lo hacen en Rusia u Holanda. Nosotros no dejamos de ser amateurs y las diferencias son abismales. Cuando conseguimos estos resultados, la gente se da cuenta y nos felicita por la calle. También se enorgullecen porque se habla bien del país y eso gusta.

¿Es la vuestra una afición de nicho, que difícilmente crecerá más?

Es complicado. Me acuerdo hace años con el FC Andorra en Segunda División B, jugando contra equipos de Primera en la Copa del Rey, y el campo no se llenaba. No podemos dar resultados pero nos implicamos al máximo por Andorra. Solo por ver el nivel de jugadores de talla mundial que vienen a jugar contra nosotros, creo que ya debería ser un motivo para ir.

Lo digo porque podría entender que os haga más ilusión jugar fuera.

No hay color. Cuando juegas a domicilio a Andorra la tratan como si fuera una selección importante. Disfrutas mucho con ello y te sientes futbolista. En Andorra, ya sea por el estadio o por el entorno, el día que juegas contra Francia parece un día normal, y eso no debería ser así. Por eso disfruto más cuando juego fuera de casa, por el ambiente. Me gustaría que las condiciones fueran mejores en casa.

¿Alguna vez has sentido la condescendencia del rival al jugar contra vosotros?

Quizás al principio sí, pero hoy en día muchos jugadores son conscientes de las diferencias y los rivales te tratan como a cualquier otro. Siempre puede haber algunos piques, pero como en cualquier partido de cualquier liga. Algún jugador top de las grandes selecciones nos había tratado con desprecio, pero con los años el trato es casi de igual a igual.

¿Recuerdas alguna selección o jugador que os faltara al respeto en el campo?

Recuerdo una vez que sacudimos un poco a la selección de Portugal. Muchas veces tienes que ir al límite porque, de lo contrario, la diferencia es muy bestia. Cuando terminó el partido hubo insultos y Figo no nos quiso ni dar la mano. Ahora estas cosas ya no suceden.

 

“Muchos jugadores de Primera envidian mi rol en la selección”

 

¿Quién ha sido el jugador más complicado al que has marcado?

El que más me impresionó -marcarlo no porque no lo podía atrapar- fue Ronaldo Nazário. Era 1998, cuando estaba en su mejor momento. Jugaba regularmente a la Play con él y de repente lo tenía delante de mí. Luego hay otros como Mutu, que no fue un crack mundial pero sí era de esos jugadores que notas rápidamente que están hechos de otra pasta, de los que cada vez que cogen la pelota hacen algo diferente o crean peligro. Sí, Mutu me impactó. Aunque extradeportivamente no fue un ejemplo. Finalmente están las grandes estrellas que todos conocen. Cristiano, que cada vez que le llega una pelota va dentro, o Bale, que físicamente es un animal.

A muchos les habéis plantado cara pero, ¿cómo se afronta, qué trabajo mental previo se hace para convencerse de que siempre hay una posibilidad de ganarles o empatarles?

Trabajamos mucho por las diferencias que existen y el hecho de complicarles la vida a jugadores de tanto nivel te va llenando interiormente. Pero somos conscientes de nuestra realidad y mentalmente tienes que ser fuerte. Si con el primer gol bajas los brazos, en una categoría con un nivel así te caen ocho o nueve más, y entonces sí vas a salir en todos los periódicos. Vaya como vaya el marcador, tratamos de seguir igual. Jugar con la misma intensidad los 90 minutos nos permite, muchas veces, minimizar los daños.

La frontera entre perder y fracasar cada vez es más imperceptible. Los grandes clubes, las grandes selecciones… Parece que si no ganan: fracasan. ¿Qué está fallando?

En el fútbol de hoy en día solo vale el resultado porque es lo que queda para la historia. La gente quiere ganar y no se valora lo demás. Nuestra realidad es otra. Cuando perder es lo normal, porque por desgracia somos poco más de 30.000 personas con el pasaporte andorrano, empatar o ganar se convierte rápidamente en un hecho histórico.

Aunque suene a tópico: cada victoria de Andorra es como un título en un gran torneo para las Alemania, Italia o Brasil de turno, ¿no?

Absolutamente. Ellos te juegan de tú a tú pero nosotros no porque las diferencias son abismales en todo. No dejamos de ser un equipo amateur que juega contra profesionales que ganan millones y están preparados físicamente al 100%. Siempre será una lucha desigual. Ellos van con Kalashnikovs y nosotros, con una pistolita de agua. Contra España jugasteis un amistoso. ¿Se percibe cierto aroma a derbi, por la proximidad fronteriza y la gran cantidad de españoles que os visitan? Si te sientes identificado por una selección, esa es España. Muchos ya habíamos jugado contra Puyol y Xavi en las categorías inferiores del Barça estando el FC Andorra en Segunda B. El problema es el desprecio de la prensa. No me gusta jugar contra España por eso, porque lo primero que buscan es el sensacionalismo de decir si este trabaja de esto o de lo otro, en lugar de subrayar que, aunque no ganemos millones de euros, somos también futbolistas. De hecho, para mí es más profesional el que entrena a las 21.30h de la noche que el que lo hace a las 11.00 h de la mañana.

 


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Fotografías de Maricel Blanch