Aquí nació y paró Peter Shilton, el portero con las cejas más pobladas de la historia. Aquí nació y marcó Gary Lineker, el súbdito de la Corona que más honró a Inglaterra durante el Mundial en el que Maradona devoró banderas, leones y venganzas simbólicas. En México’86, mientras el perfil del estadio se confundía con la silueta de unas islas remotas, Claudio Ranieri no estuvo. Su isla, entonces, se llamaba Lamezia Terme, una ciudad del sur italiano donde empezaba una carrera en los banquillos. Tres décadas después la fidelidad a su filosofía conecta a Ranieri con aquella prehistoria calabresa: “Puedes ganar o perder, jugar bien o mal, pero lo que cuenta es ponerlo todo, luchar cada balón y no volver al vestuario con la sensación de haber dado la mitad de cuanto habrías podido dar”. En el aire húmedo de Leicester flota la excitación. Los pósters de Vardy, antiguo currante de quinta serie convertido en Dios, están por todas partes. Pubs, quioscos, banderas en las ventanas. La Leicester de las mil etnias, la del rugby y este año la de los coros polifónicos: “Ranieri, Ranieri, Ranieri, he’s taking us to Europe, that’s the way we like it“. 30.000 almas levitan en pleno centro, en el City Stadium, mientras los transatlánticos del fútbol inglés se arrodillan sobre su pasto. El Leicester es el campeón de la Premier. Nadie podía imaginarlo en verano. Ni siquiera Claudio, ese niño que creció pateando balones en las plazas del Testaccio romano: “Fui el más afortunado, el primer hijo de una familia obrera que, al margen de ayudar a sus padres con el trabajo, pudo permitirse jugar al fútbol sin generar un sentimiento de culpa”. Dice que en Leicester, a una hora de Londres, está a gusto. No tiene venganzas por consumar ni tampoco promesas por cumplir.

– ¿Basta un segundo para perder la concentración?

Un segundo, un attimo. Entreno a chicos entusiastas y mentalmente fortísimos, pero la euforia puede ser un arma de doble filo. Mi tarea consiste en lograr que nadie salga herido.

– Después de su infeliz experiencia con la selección griega, algunos decían que era usted el que estaba herido de muerte.

Han dicho tantas cosas… pero la verdad es que en Grecia no solo faltaba un buen entrenador; faltaba todo un sistema. Por sí solo, el técnico no logra nada. Para obtener resultados hace falta un cúmulo de circunstancias y en Grecia, tras la retirada de la vieja generación de los Karagounis, Katsouranis y compañía, con poco tiempo para reaccionar… lo admito, me sentí solo. En tres meses únicamente pude estar con los jugadores 15 días. En ciertas condiciones, ser útil resulta difícil. Y resolutivo, imposible.

– ¿No se reprocha nada?

Siempre soy muy crítico conmigo mismo, no contemplo la autoindulgencia. Así que sí, algunas cosas sí que me reprocho.

– ¿Cuáles?

La urgencia de elegir. Entrenar a una selección era una vieja aspiración mía. Tal vez debería haber reflexionado mejor, esperar, valorar más a fondo ventajas y desventajas de una aventura sin red de seguridad. Ahí fallé.

– En su profesión la única red son los resultados.

Llevo 30 años entrenando. A veces lo he hecho mal, otras he conseguido que los planes salieran bien. Acepto todas las críticas, pero no la mala fe.

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– Primera etapa, Lamezia. Campeonato interregional. Como usted ha dicho, 1986.

Llegué en un clima de renovación. El presidente había alejado del club a algunos personajes poco recomendables, y me concedió carta blanca. Yo acababa de colgar las botas, conocía bien el sur, la región de Calabria, y enseguida me encontré muy a gusto. Pero después de tres meses estupendos, cuando éramos líderes de la clasificación, me fui.

– ¿Por qué?

Las condiciones habían cambiado. Esos personajes que el presidente había alejado en verano, volvieron a aparecer. Así que fui y le dije al dueño: ”esto no era lo pactado. Evidentemente ya no me necesita”.

– Un golpe de genio.

Más bien una prueba de carácter, que es una cosa distinta. Necesito mirarme al espejo cada mañana sin que me entren ganas de escupirme. Es una exigencia que siempre he tenido. Una especie de frontera. Nunca la he traspasado.

– ¿Qué hay dentro de esas fronteras?

El respeto por uno mismo. La fuerza -creo- de mi carácter. Nunca me he plegado a según qué cosas. Cuando un proyecto no me convencía, o cambiaba de dirección, siempre me he marchado. Sólo he pedido, allí donde he estado, poder desarrollar mis ideas. Cuando no ha sido posible, he preferido decir adiós.

– ¿Primera regla del mandamiento ranierano?

Si no puedo trabajar como quiero, arrivederci e grazie. Puedo caerle antipático a alguno, pero todo lo que he alcanzado lo he logrado solo. No me caso con nadie.

– De Lamezia emigró a Pozzuoli.

En la tercera jornada nos enfrentamos al Cagliari. Acababa de descender a la Serie C; era la escuadra más fuerte de la categoría, el rival a batir. Recuerdo que me fijé en cómo calentaban los jugadores sardos. Estaban distraídos, apáticos, confiados. Pensaban que se trataba de un trámite. Junté a los chicos y les hablé como me habría gustado que me hablara un hermano mayor: ”Chavales, fijaos bien en los rivales. Miradles a los ojos. Todavía creen que están en Serie B, no se han despertado de ese sueño”.

– 4 de octubre de 1987, estadio Domenico Conte, en Pozzuoli. Campania Puteolana-Cagliari: 1-0. El partido se veía mejor desde las casas de alrededor que desde la tribuna.

Me echaron, luego me volvieron a contratar y acabamos descendiendo: todo en la misma temporada. Pero ese partido fue importante porque Tonino Orrù, el presidente del Cagliari, quedó impactado por la derrota. A mitad de curso, cuando su equipo se encontraba en una mediocre zona media de la tabla, se acordó de aquella tarde en Pozzuoli y decidió apostar por mí. Fijamos una cita en Roma. Yo estaba convencido de que se trataba de una broma. Así que, cuando vi venir a Orrù en carne y hueso, me sorprendió. Cagliari fue un paso fundamental.

 

“Entrené al primer Napoli sin Maradona: podías sentir el dolor popular. Zola ayudó a amortiguarlo”

 

– Tres años después llegaría la llamada del Napoli.

Con Orrù hicimos un pacto de caballeros. Si alguna vez llegaba la llamada de un club importante, quedaría liberado para marcharme. La llamada llegó, y Orrù mantuvo su palabra.

– Era el primer Napoli desmaradonizado. Diego había salido de la Serie A en marzo, tras el control antidopaje de un triste partido contra el Bari.

La sombra de Maradona era alargadísima. En ese intento por atenuar el dolor popular -un dolor casi físico, que se podía respirar, advertir, tocar- Gianfranco Zola fue francamente extraordinario.

– En la campaña 91-92, usted lo alineó en 34 ocasiones.

Nunca he tenido problemas en dar rienda suelta a la fantasía. He entrenado a Zola, pero también a Totti, Rui Costa, Del Piero o Francescoli. Con esos campeones siempre me he encontrado muy cómodo.Y creo que ellos pueden decir lo mismo.

– Díganos por qué…

Ya lo he hecho. Siempre he intentando alumbrar una organización que integrase la fantasía dentro del equilibrio, el golpe de genialidad dentro del espíritu de equipo, la iniciativa individual en el trabajo colectivo. Se trata de un todo, en el que hay que tener presente un asunto fundamental.

– ¿Cuál, Ranieri?

El fútbol pertenece al talento, el fútbol es también y sobre todo imprevisibilidad, y los cracks deben sentirse libres de hacer aquello que sientan. Inventarse recursos, encontrar una manera de cambiar la deriva de un partido, imaginar una solución en la que no haya pensado nadie.

 ¿Qué futbolista era Claudio Ranieri?

De pequeño tenía ambiciones de delantero, pero no marcaba nunca. Así que Luciano Tessari, mítico segundo entrenador de Liedholm -que ya a finales de los 60 había sido discípulo de Helenio Herrera en la Roma-, me hizo una propuesta indecente: “¿Y si te pusiera de defensa?”.

– ¿Y usted obedeció?

Valoras la oportunidad y la experimentas sin arrepentirte. Desde atrás lo ves todo, se entienden mejor las cosas, el juego, el fútbol.

– ¿Cuál es su método? ¿Qué tipo de futbolista no cuenta para usted?

El que se regodea en su propio talento y lo dispersa. No soy moralista ni tampoco un policía. No me en- contrarás nunca controlando si mi delantero centro se acuesta pronto o si el portero pasa las noches en la discoteca. A partir de los 18 años, cada cual es responsable de sus propias acciones.

– ¿Y quien no lo sea?

Peor para él. He visto -y continúo viendo- perderse a tantos jugadores… me sabe mal. Aún más: cuando veo que un buen futbolista se deja perder, enloquezco. Me cabrea esa gente que no tiene la cabeza para sostener el inmenso don que la madre naturaleza le ha dado.

– ¿Es verdad que en el fútbol tiene pocos amigos?

Totalmente.

– ¿Por qué?

Porque en el fútbol un día estás arriba y el siguiente, abajo. Pero la pregunta es errónea. Deberías haberme preguntado si mantengo alguna amistad nacida en los terrenos de juego.

– ¿Y qué habría respondido?

Pues que algún amigo, algún maravilloso amigo de los tiempos en que jugaba en Catanzaro, constituye una parte importante de mi vida. Formamos una cuadrilla y, cada año, pasamos juntos varios días.

 

“El de entrenador es un oficio inseguro. Estás volando pero nunca sabes si se abrirá el paracaídas”

 

– Mientras su compañero Massimo Palanca, con su mágica bota talla 37, colocaba las faltas en la cruceta, ¿qué hacía Claudio Ranieri?

Molestar al portero dentro del área. No me arrepiento de nada, todo ha prescrito ya [risas].

– ¿Y qué cosas no prescriben nunca?

Los recuerdos. Siempre miro hacia delante, pero tratando de no olvidar nada.

– ¿Recuerda a sus presidentes? Comencemos por Cecchi Gori.

Me reuní con Mario, el patriarca, en 1993, en los estudios de la Rai. En esa época, a diferencia de lo que pasa hoy, ver los partidos en los estudios de la tele era un gran lujo.

– No tanto como ir al estadio…

Pero es que yo al estadio no quería ir.

– ¿Por qué?

Porque si me dejaba ver en la tribuna daría comienzo a la interminable rumorología, para perjuicio del colega que en ese momento estuviera en la banda. El típico teatro del absurdo de una profesión que sólida, por definición, no lo es nunca.

– ¿Cómo definiría su profesión?

Insegura. Estás volando, pero no sabes jamás si el paracaídas se abrirá o no. No hay certezas en los banquillos.

– Estábamos con Cecchi Gori.

– Hablamos, nos caímos bien, después Mario se encontró con su hijo Vittorio y a los pocos días ya estaba en Florencia.

– ¿Qué piensa de Vittorio Cecchi Gori?

Le he apreciado de verdad, quizá ha pagado un poco el entusiasmo del tifoso. Vittorio realmente era un ultra de la Fiorentina.

– Ranieri el cosmopolita: Valencia, Madrid, Londres.

Para convencerme de fichar por el Valencia los directivos lo intentaron todo: “en la ciudad hay una escuela italiana fantástica para su hija”. Y, créame, una vez allí descubrí que no era cierto. Pero en Valencia me divertí. Con cuatro duros conseguimos grandes resultados.

– Ranieri ha vencido poco, dicen.

Por mi carácter no me conformo nunca, y si miro atrás me digo: has logrado mucho,pero no has llegado nunca en el momento justo.

 

“Admiré a los jugadores extravagantes: Zigoni, Chinaglia… ¡Yo era tan tímido!”

 

– No llegar a entrenar a una escuadra en ‘el momento justo’ no puede considerarse su culpa. Pertenece al arte de la adivinación.

¿Usted cree? Se lo agradezco. Dejaré de culpabilizarme entonces. Digamos, pues, que no he estado nunca en el puesto indicado en el momento oportuno.

– En la Juve usted prefirió a Poulsen antes que a Xabi Alonso.

Un error absoluto, qué quiere que le diga. Xabi ha sido siempre uno de mis futbolistas preferidos. Pero yo soy un empleado. Y no me gustan las lamentaciones. Ciertas cosas quedan entre el club y yo. No atacaré a golpe de declaraciones ante los medios la credibilidad de quien me da trabajo. No lo he hecho jamás.

– ¿Son siempre los futbolistas quienes deciden su propio destino y, de paso, el de sus entrenadores?

Si usted quiere insinuar que son los futbolistas quienes deciden si un técnico se mantiene en el cargo, le respondo que no. En eso no he creído nunca.

– ¿No ha sospechado a veces que algún futbolista le pudiera estar haciendo la cama?

Nunca. Puede que si no tienes feeling con tu entrenador, quizá inconscientemente, des menos de lo que sería esperable. Pero se trata de un mecanismo involuntario. No creo en la mala intención. Ni en los complots. No creo en los idus de marzo [en alusión al asesinato de Julio César en el 44 a.C.].

– Usted nació el 20 de octubre de 1951.

¿Está insinuando que soy viejo solo porque tengo el pelo canoso? [risas].

– Se ríe a menudo. ¿Qué importancia le concede al factor psicológico dentro de su oficio?

En el vestuario, sobre todo para nosotros, los latinos, la psicología resulta importantísima. La palabra, la sonrisa, la mano en la espalda. La relación con el futbolista es antes que nada una relación humana. En Inglaterra es diferente. Basta una mirada. Hay menos estructuras sentimentales, dejémoslo en eso.

– Volvamos a los presidentes. Nos preguntábamos cómo fue su relación con Jesús Gil y con Abramovich.

Al Chelsea me llevó un caballero, Ken Bates, un tipo excepcional que compró el Chelsea por una libra en 1982 y mucho después me llamó a su lado. Con Abramovich la relación fue respetuosa. Bajaba a los vestuarios, se divertía… Qué lástima no haber estado en el Chelsea cuando decidió invertir de verdad. Cogí al equipo en una época en la que estaba a un paso de los juzgados.

– Juzgados con los que ya flirteó en su época en el Calderón.

Jesús Gil era simpático. Cada día venía y me soltaba: “Vamos a comprar unos cuantos cracks, vamos a volar”. Y yo le creía. Luego llegó la policía y la administración concursal. Gil desapareció y le sustituyó un juez. Un día me convocó antes de un partido contra el Oviedo: “Si no se gana hoy, me veré obligado a destituirle”. Fui más rápido: “Nunca se ha visto a un juez echando a un entrenador. Le libero del mal trago. Me voy”.

– Ranieri, el valiente, que en el descanso de un derbi romano sustituyó a Totti y De Rossi de una tacada.

“Francé, Danié, ahora descansad”. No se mostraron exactamente felices. Por fortuna vencimos; si no, no sé qué habría pasado.

– ¿Cuál es el punto fuerte de Ranieri?

Voy de cara. Con todos: presidentes, futbolistas, periodistas.

– ¿Le hubiera gustado ser otro?

He admirado en silencio a los extravagantes: Zigoni, Cordova, Bobo Vieri, Chinaglia. Jugadores estupendos que manifestaban una personalidad fascinante.Yo era tímido y reflexivo, y ciertos contrastes me chocaban.

– Qué extraño oírle decir esto.

¿Por qué? Nunca les habría imitado pero me encantaba su locura. Les admiraba y les observaba como se admira y se observa una obra de arte. panenkillo4

Entrevista de Malcolm Pagani originalmente publicada por la revista italiana Undici.