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Enric González, el último bastión

El fútbol no debería ser interpretado como un deporte, sino como un juego. Esto tiene que ver con valorar más a los futbolistas que se comportan como niños que a los que destilan profesionalismo

enric gonzález

Enric González se pasó por Hotel Jorge Juan, el podcast de Javier Aznar en Vanity Fair, para hablar sobre lo mucho que detesta la Navidad, el punto de inflexión que condenó para siempre el periodismo, la pérdida del olfato, su inmunidad ante la nostalgia, la templanza como antivalor, la sinceridad brutal de Carlos Boyero, la coreografía de los submarinos y el fútbol como un espacio de asilvestramiento.

Sobre esto último, Enric, el Humphrey Bogart de las historias, confesó que estaba desencantado con el fútbol contemporáneo y que le parecía un escándalo que un acomodador lo llevará a su sitio en un estadio. El fútbol, advirtió más de una vez, no debería ser interpretado como un deporte, sino como un juego. Esto tiene que ver con valorar más a los futbolistas que se comportan como niños que a los que destilan profesionalismo. Está claro que lo peor que te puede pasar como jugador de fútbol, después de ser obligado a grabar un video promocional en TikTok, es que elogien más tu profesionalismo que tu talento.

Que un referente de los galones, los kilómetros recorridos y los devotos coleccionados como Enric González se manifieste en contra del aburguesamiento del fútbol me parece sumamente reconfortante. Y necesario, desde luego. Siempre he sospechado de los monumentos que solo están ahí para ser admirados y se mantienen indiferentes ante las revueltas populares. Así que anotémosle una nueva hazaña al inabarcable palmarés del autor de Historias de Nueva York.

 

Está claro que lo peor que te puede pasar como jugador de fútbol, después de ser obligado a grabar un video promocional en TikTok, es que elogien más tu profesionalismo que tu talento

 

Esta es una llamada a la acción que no puede pasar desapercibida. Corremos el riesgo de ser la generación más indolente y que más derrotas ha acumulado en el camino. Entre ellas podemos enlistar el sectarismo, el periodismo de bufanda, las mesas de debate camufladas de cantina, la exclusivitis como ascensor social, los campos de futbol travestidos de centros comerciales, la cerveza sin alcohol, las camisetas tapizadas de anunciantes, las plantillas modo FIFA, los bares sin fútbol, el activismo de redes sociales, las anécdotas desmontadas por un smartphone y, quizá la mayor de todas, la sola posibilidad de que exista una Superliga.

Si la nostalgia no ha podido derrotar a Enric González, es posible pensar que estemos ante el único ser humano capaz de levantarse en armas contra la dictadura del fútbol moderno. Si me preguntan, lo único que habría que exigirle una vez que alcance su objetivo, es que vuelvan a dictarse las crónicas a distancia por teléfono.

 


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