Era una tarde calurosa de agosto de 1966. Un chico flaco, de melena rubia, se presentó a las pruebas del Liverpool. Cuando los entrenadores le preguntaron su nombre, lo dijo con la autoridad del principito que sabe que, algún día, reinará esas tierras: “Kenny”, dijo, “Kenny Dalglish”. Había viajado a Anfield desde Glasgow, explicó luego. En la grada, Bill Shankly observó el desparpajo de aquel chaval melenudo con el balón en los pies; pero decidió que no había llegado todavía el momento de su coronación. Kenny volvió a su casa sabiendo que un día regresaría. Su partido solamente acababa de comenzar. Tres años después, fichó por el Celtic. Marcó 167 goles en 204 partidos. En las ocho temporadas de verdiblanco, ganó cinco ligas y cuatro copas. La temporada previa a su fichaje por el Liverpool, fue elegido el mejor jugador de la liga escocesa. De vuelta en Anfield, en su primera campaña ganó la Copa de Europa. The Kop no tardó en coronarlo como Kenny The King.

Una década después, Simon Critchley quiso escribir su tesis doctoral sobre Dalglish. Critchley era un apasionado hincha del Liverpool desde la cuna, y el futbolista escocés había sido uno de sus héroes de infancia y adolescencia. Pero en la universidad no le permitieron utilizarlo como tema para su tesis. El fútbol, por aquel entonces, no se consideraba un asunto con suficiente empaque filosófico. Sin embargo, Critchley no se rindió. Como tantas veces había visto hacer a su ídolo, decidió pelear el partido hasta el pitido final. Durante años, siguió preguntándose qué sucedía cuando un balón echaba a rodar. Durante tres décadas, continuó reflexionando sobre la poética que escondían sus botes. Y al fin, en 2018, pudo desquitare de aquella negativa de sus años universitarios publicando En qué pensamos cuando pensamos el fútbol, un libro donde aplicó su mirada filosófica a la pasión que le había acompañado durante toda la vida: el fútbol.

“Muchas de las cuestiones que considero filosóficamente ciertas […] como el espacio, el tiempo, la pasión, la razón, la estética, la moral y la política”, explica, “resultan aún más ciertas en su aplicación futbolística”. Critchley siempre ha entendido el fútbol como una herramienta más con la que diseccionar el alma humana; un prisma para estudiar el comportamiento del individuo y, a su trasluz, comprender mejor la sociedad en su conjunto. No en vano, ese es su funcionamiento interno: el fútbol es el deporte colectivo más individual que existe. Sin olvidar, por supuesto, su odiado y moderno carácter empresarial: “Aquí radica la contradicción más básica y profunda”, asegura Critchley, “en la forma es asociación, sociabilidad y acción colectiva […], pero su sustrato material es el dinero, un dinero sucio”.

No es esa la disyuntiva que atraviesa su libro, sino dar respuesta a la pregunta del título: ¿En qué pensamos cuando vemos un partido? ¿Qué mecanismos se ponen en marcha cuando el balón comienza a rodar? Según Critchley, tras el silbatazo del árbitro, el hincha se sumerge en una dimensión alternativa de la experiencia temporal donde el tiempo se convierte en unos continuos puntos suspensivos que dejan el guion del partido constantemente abierto. El flujo del juego se relativiza: cada minuto puede consumirse en un suspiro o convertirse en una eterna pesadilla. Una incertidumbre que exige meditación, que obliga a pensar, porque durante los noventa minutos el pasado se borra con facilidad, cuesta recordarlo. De ahí la importancia de la palabra: “El fútbol”, asegura Critchley, “necesita de una poética que lo salve tanto a él como a nosotros del olvido”.

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El fútbol se disputa en ese espacio entre la subjetividad y la objetividad, entre el pasado y el presente, entre lo real y lo mágico. Un recóndito lugar donde incluso el balón parece poseer un alma propia. “La pelota”, dice Critchley, “es como el muñeco de un ventrílocuo” que, al contacto con la bota del jugador, se contagia de su vida. Por esa razón, a pesar de ser un juego basado en la repetición, no existe un primer choque al que imitar; “cada partido”, explica Critchley, “es una expresión de la esencia del fútbol”. Y para apreciarla en todo su esplendor, tanto los hinchas como los jugadores deben abandonar su mente y dejarse jugar por el juego: “El propósito del juego es el juego mismo”.

El fútbol, no obstante, es también identidad: familia, tribu, ciudad, nación, todo un universo puede verse representado en sus graderíos. Pero, sobre todo, es drama. Y la música de las hinchadas, el coro de las tragedias griegas. “El hincha participa del drama estando presente y entregándose a la actuación o al partido”, puntualiza Critchley, porque solo en esa sumisión voluntaria encontrará la introspección que buscaban los espectadores del teatro romano. Solo observando cada lance del partido como los antiguos dioses contemplaban los avatares de los héroes, el hincha descubrirá una de las verdades del fútbol: las fuerzas del destino juegan con los futbolistas como si fueran simples marionetas.

“Solo los espectadores pueden garantizar la totalización del equipo, y ciertamente también la del equipo rival y la del partido en su conjunto”. La mayoría de los partidos, sin embargo, no serán memorables. Se atravesarán desiertos sin goles, páramos sin jugadas destacables, llanuras sin regates memorables. Aun así, el hincha volverá a sumergirse una vez más en sus impredecibles noventa minutos. De nuevo, pensará el fútbol sin ser consciente de sus pensamientos. Se dejará jugar por el juego. Atrapar por la pantalla verde.

“Lo que te mata del fútbol no es la decepción”, dice Critchley, “sino la esperanza continuamente renovada”. Y esa esperanza de ganar el partido, o al menos de salir del campo con la cabeza alta, nos alienta a pelearlo una vez más hasta que suene el inevitable pitido final. Como hizo Dalglish para fichar por el Liverpool, y Simon Critchley para explicar con filosofía el fútbol.