A los apellidos, a menos que, como el novelista, periodista, panfletista y espía británico Daniel Foe —autor de Robinson Crusoe bajo el pseudónimo de Daniel Defoe—, se busque alcanzar un registro más aristocrático, conviene no mirarlos. O, cuando menos, tomarlos en cuenta lo menos posible.

He hablado ya en otras ocasiones, en medio de un campo minado, sobre el inexorable lastre que supone la etiqueta de “periodista deportivo” en las biografías. Como si hiciera falta aclarar que alguien, a menudo refugiado en la banalización del juego, tiene legitimidad para opinar sobre fútbol y licencia para decir tonterías sin recato en terrenos igual de oscuros como la política o las relaciones internacionales, por ejemplo. En realidad, lo peligroso de aspirar a convertirse en periodista deportivo, es terminar convirtiéndose en periodista deportivo.

Luego está la cada vez más extendida literatura de fútbol; que en realidad es literatura, pero no cualquier literatura, sino una literatura bajo eterna sospecha. Por eso en casi todos los ensayos y textos sobre la íntima relación entre el fútbol y las letras, se recupera con urgencia la figura de Albert Camus, portero malogrado, el necaxismo erudito de Juan Villoro, el lado irracional del bostero confeso Martín Caparrós o a Eduardo Galeano, la bandera de El fútbol a sol y sombra, para reivindicar el deporte más practicado del planeta como algo más que un pasatiempo de cavernícolas.

Hace algún tiempo sostuve una maravillosa charla con el periodista —sin paliativos—Alberto Lati, entre otras cosas, sobre el escritor madrileño David Trueba, autor de la frase que mejor define, a propósito del fútbol como género literario, el umbral de la vida adulta: “La juventud termina el día en que tu jugador favorito tiene menos años que tú”. Trueba, que además de escritor, columnista, director de cine y ‘colchonero’ sin ganas es amigo cercano de Pep Guardiola, suele dotar de una fina y educada cultura futbolística a sus personajes en casi todas sus novelas, lo cual representa un mérito importante tomando como punto de partida que nunca se ha autoproclamado como escritor de fútbol. Ni siquiera cuando se diseminó el rumor de que Guardiola le regaló en su día su imprescindible novela Saber perder a Leo Messi, la redención de Ariel Burano.

Hay que confiar menos en los autoproclamados portavoces del fútbol, a menudo más relacionados con el mundillo de los fichajes y las exclusivas y no tanto con su esencia, complejidad y dimensión social

 

Preparando estas líneas, rememoraba, junto al scout chileno Felipe Araya, que David Trueba escribió uno de los mejores prólogos que haya leído jamás en el Paradigma Guardiola del argentino Matías Manna —hoy analista de video de Lionel Scaloni en la selección argentina—, un blog reconvertido en libro que encarnaba un modelo de pensamiento en torno al entonces mediocentro catalán, que surgió de manera más o menos formal en el lejano año  2006; es decir, mucho antes que Guardiola emprendiera la aventura como entrenador: “Odio los prólogos casi tanto como los epílogos, pero si alguna vez algo o alguien estuvo cerca de significar un prólogo a todo esto que vivimos y disfrutamos en nuestras temporadas de fútbol mágico del Barcelona de Guardiola, fue Matías Manna en aquella mesa de desayuno de un hotelito en Palermo. Cuando todo estaba por empezar. Él lo llamó Paradigma Guardiola. Llámenlo cada uno de ustedes como mejor les convenga”.

Lo que quiero decir con todo esto —además de que a Trueba hay que profesarlo un culto extremo—, es que hay que confiar menos en los autoproclamados portavoces del fútbol, a menudo más relacionados con el mundillo de los fichajes y las exclusivas y no tanto con su esencia, complejidad y dimensión social. Ahora que los analistas y scouts de nuestro infravalorado Twitter están tomando por asalto las direcciones deportivas y departamentos de inteligencia deportiva de los clubes profesionales, no estaría mal que los periodistas y escritores sin apellido escribieran las crónicas in situ e irrumpieran en las ruedas de prensa. A ver qué pasa.

 


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Fotografía de Alberto Estévez.