Hace solo unos minutos que hemos colgado. Pero la pregunta con la que Erik Raúl Urbina se ha despedido continúa resonando en mi cabeza. Ni los más de 9.500 kilómetros que separan su León natal, en México, de Girona pueden silenciar la fuerza de sus palabras. “¿Por qué otra cosa debemos movernos que no sea la pasión? ¿Si no hacemos las cosas por amor qué nos queda?”. Su voz denota que todavía está digiriendo la derrota de León en la gran final del Torneo Clausura, pero, como quien intenta autoconvencerse de que va a dejar el alcohol o el tabaco el lunes siguiente, me asegura que está bien. “Somos un equipo que ha vivido mucho tiempo abrazado a la tragedia. Mi generación creció con un León perdedor, acostumbrado a malvivir en la segunda división, a perder las finales. Por esto nos sentimos más orgullosos cuando las cosas nos van más o menos bien. Después de tantas desgracias, todo nos sabe a gloria”, admite este desarrollador de software de 26 años, que abrazó la fe del cuadro de la capital del estado de Guanajuato, uno de los históricos del fútbol azteca, cuando era un crío.

Urbina fue alimentando su amor por el balompié desde bien pequeño; al mismo ritmo que iba avivando su pasión por la literatura, la pintura y la música. “Son los cuatro pilares de mi vida”, explica. “Siempre he sido una persona muy bohemia. Mi sueño de adolescente era ir a París y convertirme en artista; así que en cuanto tuve la capacidad económica para viajar decidí ir ahí. Para intentar responder a la nostalgia que siento por todas aquellas historias de la Segunda Guerra Mundial, de la Resistencia Francesa, con las que crecí. Por la música de Claude Debussy. Por la literatura de Julio Cortázar. Por las pinturas de Claude Monet. Por el fútbol de Zinédine Zidane, el mejor jugador que he visto en toda mi vida”, añade un Erik que, a pesar de ser un enamorado del balompié galo, se sentía huérfano, incapaz de descubrir un equipo del que sentirse parte, con el que identificarse. “El que más me gustaba quizás era el Olympique de Marsella porque ganó la Champions League el mismo año que nací yo, pero no sentía simpatía por ninguno. Cuando planeé el viaje a París decidí que no iría a ver el PSG porque va en contra de todo lo que pienso, de mis ideas. Hubiera sido como ir a París solo para tomar fotos de la Torre Eiffel. París es mucho más que eso. Mucho más que la Torre Eiffel y el PSG, un club sin alma, sin historia. Irreal. Con una afición de plástico. El dinero puede comprar títulos, pero no valores. El único club de París no está en París. Está en Saint-Ouen”, pregona.

Erik, en el Estadio León.

En un desesperado intento de hallar la antítesis del aristocrático conjunto del Parque de los Príncipes, como quien busca arte en las bellas calles de Montmartre, más allá de las paredes del Museo del Louvre, dio con el Red Star Football Club 93, un equipo, fundado en 1897 por Jules Rimet, condenado a exiliarse a un grisáceo suburbio al norte de la ciudad del amor a causa de la especulación inmobiliaria que hace más de 100 años ya atenazaba la capital de Francia, que la temporada 19-20 jugará en el Championnat National, en la tercera máxima categoría del balompié galo. “Me enamoré del Red Star en cuanto leí su historia en Panenka. Me impactó muchísimo. Porque simboliza todo lo hermoso de este bello deporte. En la ideología del Red Star se sintetiza todo aquello que representa aquella Francia de la Revolución, de la Resistencia, para mí. El Red Star encarna, en definitiva, el sueño de los partisanos. Todos los valores con los que crecí. Refleja, engloba, todas las ideas sociales, políticas, por las que siempre he estado enamorado de Francia. El Red Star es más que un club de fútbol. Es un fenómeno social”, insiste en enfatizar Erik. Seducido por el aura bohemia, romántica, que rodea París (“Pueden decir que es muy superficial, pero te entrega, te da, todo lo que tú quieres ver, todo lo que tú buscas. Fui ahí buscando arte y fútbol, y lo encontré todo”), Urbina acabó haciendo realidad su viejo sueño de visitar Francia el pasado mes de abril. El suburbio de Saint-Ouen, que con el paso de los años fue convirtiéndose en un bastión del comunismo, en un distrito tan plural como multicultural, en uno de los barrios con una proporción de inmigrantes más elevada de todo el país, fue una parada obligatoria.

“En Saint-Ouen conocí la Francia real. El París real, muy diferente al del centro. Más noble”, asevera Erik. Ahí conoció, también, el vetusto Stade Bauer que, a apenas 15 minutos en coche del deslumbrante Parque de los Príncipes, continúa rindiendo homenaje a Jean-Claude Bauer, un médico comunista que fue asesinado por ser contrario al Régimen de Vichy. El sencillo estadio, de apariencia inglesa, sirvió, de hecho, como almacén de armas de la Resistencia Francesa. “La hospitalidad, la cercanía, la ilusión, que sentí en el Stade Bauer me hizo sentir mío el Red Star”, continúa Urbina antes de rescatar de la memoria el nombre del que es “el mejor jugador de nuestra historia, aunque no está comprobado que jugara ningún partido”: Rino della Negra, un futbolista, un héroe, silencioso y anónimo, que fue fusilado a los 21 años por colaborar activamente con la lucha de la Resistencia contra el Tercer Reich. Eugène Mäes, otro jugador vert et blanc que fue ejecutado por las tropas nazis; Clément Meric, un militante antifascista de la Tribune Rino della Negra que fue asesinado en 2013, a los 18 años, por cuatro skinheads, y André Merelle y Michael Oriot, dos futbolistas de L’Étoile Rouge que, durante esos días del mayo de 1968 en los que Francia buscó la libertad debajo de los adoquines de París, participaron en la ocupación de la sede de la Fédération Française de Football, completan la nómina de iconos eternos e ilustres del Red Star Football Club 93, un club diferente al resto.

Erik, en el Stade Bauer.

Tan diferente es, de hecho, que en su lógica incluso cabe celebrar un descenso. Porque, tras tener que vivir una temporada, la tercera de las últimas cuatro, lejos del Stade Bauer porque no se ajusta a las condiciones que exige la Ligue 2, los aficionados vert et blanc, felices de saberse, por fin, libres de la contradicción de tener que vender su alma al diablo del fútbol moderno para poder volver a estar a un solo paso de aquello que no saborean desde 1975, regresarán a la que siempre ha sido su casa; al bello estadio que durante este último curso, en el que el Red Star ha jugado en el Stade Pierre Brisson, a una hora del distrito de Saint-Ouen, ha añorado el Bella ciao, el himno de la resistencia antifascista italiana; el “flic, arbitre ou militaire, qu’est-ce qu’on ne ferait pas pour un salaire” (“poli, árbitro o militar, no todo vale para conseguir un sueldo”) o el “venimos aquí para ver un fútbol auténtico”. “Pude ver en directo el Red Star – Stade de Brestois. No estaban tristes porque el descenso pareciera cada vez más inevitable. Eran felices porque sabían que iban a volver a Bauer. ¿Prefieres jugar en tercera división en tu estadio o en segunda lejos de él? El fútbol va más allá de los resultados, más allá de las victorias o las derrotas. Lo que importan son los valores. Más que el propio deporte. Yo no fui a ver un equipo competitivo. Fui a ver un equipo lleno de ideas, un equipo romántico”, acentúa Erik justo después de reconocer que tiene pendiente disfrutar de un partido del Red Star en el Stade Bauer. “Nunca vas a ver a Neymar o Kylian Mbappé jugando ahí. Ahí vas por otra cosa. Por ese sentimiento nostálgico de saber que sus abuelos, sus padres, estuvieron ahí; que sus bisabuelos estuvieron en la Resistencia Francesa. No apoyan a un club, dignifican su historia. Honran la de todos esos inmigrantes que fueron desplazados a la periferia de París. Es fútbol real, humano. Un fútbol en el que si te tumban, si te caes, te levantas. En el que todas las pelotas, absolutamente todas, se luchan. Y es fantástico”, afirma Urbina, orgulloso de ser un ejemplo más de que el balompié no tiene fronteras. Un mexicano puede convertirse en aficionado de un club de la tercera división francesa, sí. Al igual que, a pesar de que la triste e irrevertible deriva que protagoniza el fútbol puede hacer que parezca imposible, un equipo puede ser grande aunque los resultados o los números no lo ratifiquen. “En Bauer no tenemos petróleo, pero tenemos ideas” o “Si el Barça es más que un club, el Red Star es más que fútbol” suelen proclamar los irreductibles hinchas de L’Étoile Rouge, uno de los más fieles representantes del balompié popular, genuino, que tanto echamos de menos. Porque, cual pez que se empeña en nadar a contracorriente, el Red Star se sabe pequeño; pero, desde las antípodas del lujoso Paris Saint-Germain de Nasser Al-Khelaïfi, sobrevive con el orgullo de poseer una identidad que el dinero jamás podrá comprar.