Tarde o temprano te das cuenta de que el tedio de la semana laboral solo se soporta porque este finde hay fútbol. Y ojeas el calendario con una ilusión renovada que quién sabe de dónde viene y que solo te conduce a una frustración que no te dejará más remedio que volverte a ilusionar. Y mientras la rueda gira y gira, reflexiona: ¿desde cuándo vives así? Echas la mirada atrás y te das cuenta de que siempre hay un gol, una victoria o una derrota que te ayudan a desempolvar viejos recuerdos. Y no es que tengas buena memoria, como te suelen decir: es que te gusta el fútbol. Y el fútbol, claro, es algo serio; algo sobre lo que uno puede incluso edificar su propia personalidad. Sí, te gusta el fútbol. Lo admites. Te gusta tanto que, pensando, pensando, caes en la cuenta de que hasta ha alterado tu percepción temporal. Porque los años han dejado de parecerte naturales: ya son futbolísticos. Enero no es el principio, es el ecuador; tu vida son temporadas y temporadas que empiezan y acaban sin cotillón ni cuartos ni campanadas, sino con bocata y lata, manga corta y bermudas, sudor bajo el sol de un estadio o ante la luz de la tele, en un sofá pegajoso. ¿Y todo lo que sabes de geografía y casi todo lo que te une en lo sentimental al territorio, el país o el estado en el que te ha tocado nacer por azar? Nada más que tantos, campañas y cromos olvidados. Reconócelo. Admite que tu pensamiento se ha ido modelando de domingo a domingo. Porque tus semanas son jornadas; tus meses, rachas de triunfos o un cúmulo de decepciones; tus fines de semana, una pelea entre el aficionado insaciable y egoísta y una agenda social de la que no deberías desprenderte si no quieres ser aquel tipo que se sienta al fondo del bar y discute con la pantalla.

La vida es una Liga que está hecha a nuestra imagen y semejanza. Se compone de nuestras virtudes, defectos y, sobre todo, de nuestras contradicciones. Porque su campeón, dicen, es fruto de una justicia casi divina, indiscutible, y, sin embargo, durante 38 jornadas cada partido perdido se vive como una amarga injusticia. La Liga es tan humana que te enseña que no hay derrota que dure más de siete días y, a la vez, te recuerda que cada victoria no hace más que acercarte a un fracaso que espera a la vuelta de la esquina. Nueve meses; la Liga es una vida. Por eso ahora que ya tiene 90 años hay quien preferiría enterrarla. Dejar paso a las nuevas generaciones, pensar en algo superior, tumbar las fronteras del siglo XX, permitir que los grandes jueguen solo contra los grandes.

Parece una buena idea, ¿por qué no? Sería un bonito espectáculo… Pero, ¿qué sería de ti? Piensa en una Liga sin Liga, en una vida sin vida. Apagarías la tele y no sabrías qué año es, los recuerdos se agolparían en tu cabeza, caóticos y desconectados, y cada fin de semana, un vacío: la derrota del lunes, el viernes ya estaría asegurada. Y 90 años naturales te parecerían entonces una eternidad insoportable. Porque tu existencia, te habrás dado cuenta, hace tiempo que tiene forma de Liga.