“Cuando la derrota viene, acéptelo como una señal de que sus planes no son sólidos, reconstruya esos planes y embárquese otra vez hacia su meta codiciada. Si se rinde antes que su meta haya sido alcanzada, usted es un perdedor”

Napoleon Hill, escritor

 

Las personas nos hacemos mayores. Es una jodidaputamierta. Pero es así. Es irremediable. La inocencia se desvanece como vapor. La inocencia se pierde cuando al salir del cine no comentas ningún pasaje de la película. No haces ninguna referencia a nada de lo que has visto durante las últimas dos horas sentado en una butaca forrada de terciopelo granate. La inocencia se pierde cuando sales del cine y solo piensas a dónde iras a tomar una cerveza con algo para picar. Tras dejar en el arrastre la falta de malicia, otras cosas pasan a ser lo importante en los relatos de los individuos. Importancia por encontrar a alguien que te aguante y que tú puedas aguantar, o por tener la vaga sensación de algunas de estas dos. Importancia por pagar la hipoteca, por poderte permitir muy de vez en cuando una cena en algún restaurante en el que las mesas tengan mantel. Para que no se solapen las crisis existenciales de cada una de las décadas de edad. Importancia por cuadrar la cuenta de los sueños frustrados.

David Serrano de la Peña pintarrajea en Días de fútbol, ópera prima del director y guionista, un escenario en el que los traumas, las lesiones antiguas mal curadas y la depresión de los 30 se sobrellevan con partidos en campos de tierra los fines de semana. Una sociedad, la española de comienzos del siglo XXI, en la que los periódicos deportivos están en las mesitas de noche, donde te presentabas ante Morfeo con un pijama con los colores de un club que no te permite viajar hasta la fase REM y donde metes en la cama la voz de un tío que te habla de fichajes con cantidades groseras.

Los protagonistas de esta obra son seis amigos más un arrejuntado. Para ayudar a dos de ellos, aunque no tengan muchas ganas de ir trotando en pantalón corto, deciden apuntarse a la liga de Fútbol-7 del barrio. Un barrio del extrarradio de Madrid, cuyo nombre no aparece ni se escucha en la película. Y, como ocurre cada vez que se va a formar un equipo, falta uno. Constantemente y en plan estelar, como si fuera un fichaje de tropecientos millones, llega el amigo del amigo para completar la escuadra.

“Inesperado es lo que pasó con esta película”, aseguró el director en el programa Versión española. El 19 de septiembre de 2003 se estrenó en los cines. Según Internet Movie Database, tuvo alrededor de 2.500.000 espectadores, colocándose, por aquel entonces, quinta en el ranking de taquilla histórica del cine español, y obteniendo una recaudación que superó los 12 millones de euros.

La cinta de Serrano fue todo un acontecimiento. Dejó la arena para pisar por la glamurosa alfombra roja de los Premios Goya. Cinco nominaciones. Mejor director novel, mejor actor, mejor actriz revelación, mejor montaje y mejor actor revelación, cabezón que se llevó a casa Fernando Tejero. “Hay gente que se sabe diálogos enteros, de verdad”, declaró el propio actor en el mismo enclave televisivo. De esta manera, las costras traspasaron la gran pantalla.

Mentalidad (no) ganadora

El balompié, esa bombona de oxígeno para el pueblo español, sirve en esta obra para ir tejiendo un tapiz en el que se entrecruzan puntadas de la vida con las agujas de los instintos primarios que el deporte provoca sobre el hombre, como en la escena del mono con los huesos en 2001: Odisea en el espacio. Porque esta película habla “del miedo a hacerse mayor, de la incapacidad, sobre todo, del sexo masculino para asumir la madurez”, argumentó el cineasta.

 

“Tu padre es calvo. Cuando ves el fútbol, piensas que la pelota es la cabeza de tu padre que hay que patearla”

 

En cuanto el Documento Nacional de Identidad confiesa un cierto número, las dudas existenciales afloran al nivel de los poros. Y también las cicatrices que se arrastran desde la infancia. “Tu padre es calvo. Cuando ves el fútbol, piensas que la pelota es la cabeza de tu padre que hay que patearla”. Antonio (Ernesto Alterio), al más puro Sigmund Freud, en una de esas tardes viendo un partido con un amigo, psicoanaliza a Jorge (Alberto San Juan).

El ir cumpliendo años es un descalabro. Quien va avanzando en edad, lo sabe, pero más fastidio da cuando lo dicen los demás y de ese momento no hay nadie que se escaque. “Son señores, tío”, vocifera uno de los contrarios al referirse al equipo. “A mí no me ganan unos niños, coño”, apostilla enrabietado Ramón, interpretado por Roberto Álamo.

El primer paso para formar un equipo de barrio está claro. La burocracia manda. La denominación de la entidad es lo primero. ¿Cómo nos llamamos? ¿Con que nombre malsonante vamos a atemorizar a los rivales? “Steaua del Grifo”, “Water de Munich” y “Maccabi de Levantar”, entre otros, fueron las ocurrencias ocurridas en esa lluvia de ideas de esas geniales mentes. Pero ellos necesitaban algo, necesitaban un “nombre ganador”. “Brasil”, impuso Antonio por la unanimidad de él mismo. Esto fue mucho antes de que Iniesta parase el tiempo en el Soccer City de Johannesburgo.

Pese a ser la Canarinha de las afueras de la capital de España, los resultados no llegan. O, bueno, llegan, pero no son los que a ellos más les satisface. Hay una clara “falta de confianza”. Hay conceptos aprendidos y adquiridos, pero escasean más que los entrenamientos realizados con la camiseta con la que el Atlético bajó a los infiernos para afrontar los partidos. Los malos hábitos predominan. La confianza lo es todo. “Sin camiseta no se puede”. Y cuando las consiguen, “con esto, ya no hay quien nos pare”.

 “Lo importante no es ganar, es jugar bonito”. El que no se consuela es porque no quiere, aunque séptimos sea la mejor posición en la que puedan quedar en una liga conformada por diez. No son ganadores de Mundiales, pero saben lo que tienen que hacer. “El rabo son cosas personales. Pensad en el partido”, decreta Antonio, el fundador de Taxi-Terapia, como su propio nombre indica, taxi más terapia psicológica.

Ellas Fútbol Club

En un papel secundario pero no menos importante, las incondicionales del equipo. Las chicas de los virtuosos del balón. Entre ellas se encuentran Violeta y Carla, Natalia Verbeke y Maria Esteve, respectivamente. Ellas que no van a ver ningún partido. Ellas que se pierden el sabor de la derrota y el hedor a sudor y a fracaso.

“Papá, dice mamá que no hagas chorradas y que subas a comer”. La madre es Patricia (Nathalie Poza). Su esposo es Miguel, interpretado por Luis Bermejo, un madridista acérrimo y componente de la Brasil del 2000. Ellas siempre alentando al equipo y reconociendo el sacrificio bajo el sol.

Para los novios, amantes, maridos, para los integrantes de este club de fútbol no profesional, por denominarlo de alguna manera suave, los domingos no son el día del Señor, de la misa, del vermut, de ir a casa de esa suegra a la que veneras. Ni tan siquiera es cuando se come la paella con las amistades, yendo vestido con los colores de tu equipo. La última data de la semana, dando igual que haya boda o plan romántico, es el día del partido para el Brasil del 2000.

El gordo en la portería

Todo empezó cuando recordaron aquella vez siendo adolescentes que ganaron el campeonato del distrito. Maldito baúl de los recuerdos. Maldito disco duro de las emociones. En su preparación para las escenas en las que se ven partidos, “los actores tuvieron entrenador de fútbol”, reconoció Serrano en el programa de televisión. Todos esos detalles de calidad tenían que tener alguna explicación.

“Ha sido imparable. Ha tirado a trallón”, dice entre sollozos Gonzalo (Secun de la Rosa), arquero de este Brasil de saldo. De coste cero. Pues, esas camisetas que llevan por segunda piel fueron robadas a golpe de bate, rompiendo el cristal de un escaparate. “Es que han tirado a trallón, trallón. Y encima me dejáis solo y no bajáis a defender”. Esto último, el drama de todos los conjuntos, ya estén en Champions League o en un solteros contra casados.

 

“A los 30 años ya no hay trallón”

 

El macarra con ansia de libertad y de ser el loquero del grupo, Alterio, le responde sin empatía. “A los 30 años ya no hay trallón”. Así, entre lloriqueos, entre fingiendo síntomas de malestar y entre teorías de psicología baratas van llegando goleadas una tras otra. “Un hombre es trabajar, pagar su piso, su coche y mantener su familia. Eso es la vida y no irse de putas”, deduce el personaje de Alberto San Juan. Lecciones de saldo para la vida cotidiana.

Ni Luis Aragonés, ni Ferguson, ni Menotti, ni Mourinho, ni Sacchi, ni Brian Clough, ni Guardiola, ni Bilardo, ni Simeone. Nada de estos entrenadores tiene la Verdeamarela del extrarradio. En el vestuario antes de salir al terreno de juego, lo único de lo que podían hacer acopio es del “písalo, písalo” de Bilardo o del humor cochambroso e indecente de Las noches de tal y tal, espacio presentado por Jesús Gil, presidente colchonero fallecido.

Embarazos no del todo deseados, abandonos conyugales, fracasos profesionales, asignaturas de la carrera que se atragantan, búsquedas de porvenires, inserciones de personas que han estado en prisión. Como si de una grada llena de hinchas histéricos coreando al unísono en contra del árbitro se tratase, un autobús repleto de niños cantan una triste balada en homenaje a su conductor, Ramón. “Calvo cabrón hijoputa maricón, tu madre es una zorra, tu padre es un cabrón”.

 

“Si ellos ven que empiezan a ganar, eso seguro que en sus vida les repercute y se animan y les da otra luz”

 

Usando una expresión un tanto casposa, sobre el tapete arenoso, donde el esférico bota de manera desigual, como en la existencia de estos treintañeros inmaduros se encuentran en constante fuera de juego. “Tienen que ganar en el fútbol”, declara Antonio. “Si ellos ven que empiezan a ganar, que gol, que gol, eso seguro que en sus vida les repercute y se animan y les da otra luz”, concluye.

Días de fútbol y sus planos secuencia muestran a hombres infelices, inmaduros, incapaces de coger las riendas de lo que tienen a su alcance. De personas que recitan una sarta de mentiras frente a las caras de los demás y se engañan a ellas mismas. Es lo que hace Carlos, el actor y mujeriego que no acaba de encarrilar su camino, al que da vida Pere Ponce. La única esperanza que tienen es ganar un partido de fútbol, por lo civil y por lo criminal. “Como vuelvas a tocar el balón, te rompo las piernas, a ti y a tu madre, que sé dónde vives”. Mantener el tipo en una liga amateur nunca es fácil. Nadie lo ha dicho.

Pero empeño y ganas le ponen a esa quimera. “Visualizad el ganar. Si no visualizas el ganar, si no visualizamos la victoria… esto es una mierda, la más grande que hemos hecho en nuestras putas vidas”. Aunque fuera por una vez, tras muchas decepciones, querían sentirse triunfadores en esta faceta. Como el Valencia, que en la temporada anterior al estreno de este filme levantó el título de campeón de liga después de 31 años sin hacerlo.

La camaradería, la lealtad y la hermandad no son un pacto que se firme con sangre. No hay parte contratante de la primera parte. “¿Qué si te voy a ayudar, Antonio? Antonio, por favor, ahora tú me dices que ahora es de día y es de día. Que con dos que se quieran, con uno que coma basta, que coño aquí”, argumenta Serafín, el vendehúmos y zalamero al que Fernando Tejero encarna. Presente en la amistad el lenguaje tan fino de los españoles. El idioma de Miguel de Cervantes tiene aproximadamente 10.000 maneras diferentes de vilipendiar al prójimo. Todas ellas recogidas en un mismo libro.

 

“Que le den por culo al trabajo, al fútbol”

 

Fueron muchas, abultadas y dolorosas derrotas hasta que el equipo formado por un crisol de personalidades pudiese ganar un detestable encuentro. Tras coger numerosos atajos, irregularidades, estaban delante de esa oportunidad. Detrás habían dejado todos los actos antideportivos cometidos. Juanito, De Jong, Pepe, Goikoetxea estarían orgullosos de todos ellos. Este Brasil extinguió los buenos modales de los campos polvorientos. Convierten el campo de juego en un infierno. Risa dan los estadios griegos. Una vehemencia que se trasladaba desde el trabajo de detrás de las cámaras hasta las instalaciones deportivas donde se intentaba jugar al deporte rey. “Es el proyecto donde he visto más pasión”, manifestó David Serrano en el sitio público.

Un penalti les separaba de la gloria. Por fin parecía que iba a suceder. Había llegado el ansiado instante. “Este es un momento de la hostia de importante en tu vida, en la mía y en la de todos. Mira el balón y piensa, tienes que verlo, que es la cabeza de tu padre”, le ruega Alterio a San Juan, quien es el encargado de lanzar la pena máxima.

El cerebro y el corazón van atados. Los pensamientos de uno se miden por los latidos del otro. “Que le den por culo al trabajo, al fútbol”. Al final lo que queda es ser feliz y tener historias que contar con un botellín en la mano y así gesticular dando énfasis con la otra. La victoria como infiltración de un bálsamo esporádico.