¿Quién no ha soñado, sobre todo siendo un chiquillo, que su equipo lograba una remontada antológica? Hablemos claro: quizás solo saben mejor el hecho de levantar un trofeo y conseguir un ascenso. Sin duda, dar la vuelta a un marcador de forma épica, inesperada, furiosa, conformaría junto a ellas el triunvirato de los orgasmos futbolísticos. Ese dejarse ir, ese clímax de placer, esa explosión de alegría. Bendita locura. Pues bien, hacía tiempo que no me sentía tan vivo hasta que mi equipo logró una de estas remontadas hace unos días.

No saldrá en los libros de historia ni figurará en los anales futbolísticos. De hecho, seguramente casi ninguna televisión se hizo eco de tal hazaña. 0-2, diez hombres sobre el verde y una veintena de minutos por delante. Un estadio vacío, sin público rugiendo desde las gradas que llevase al equipo en volandas. Aunque, bien pensado, visto el panorama, quizás hasta el apuntador se habría ido antes del final. 

Pues no, con todo en contra, se desató el frenesí hasta llegar a un inverosímil 4-2. Seguramente la gesta de estos muchachos nunca será recordada como la de los del Barcelona ante el PSG o el Atlético de Madrid; ni tendrá el romanticismo de un Reading-Arsenal; ni estará a la altura de las machadas europeas del Liverpool o del Dépor ante el Milan; ni será tan sorprendente como la rebeldía de Alemania ante Hungría; ni será tan trepidante como aquel vuelco in extremis en un Camp Nou partido a pachas entre ingleses y alemanes. Quizás no signifique un antes ni un después. Pero mi televisor me vio mutar de la frustración a la locura en un abrir y cerrar de ojos. Por una vez, no era ajeno. 

Todos tenemos en la retina la euforia en estado puro. Iconos del balompié. Símbolos de la insistencia. Leo Messi levitando por encima de los seguidores culés golpeándose el pecho. Juan Antonio Pizzi sorteando los fotógrafos del fondo tras una volea para nada ortodoxa. Marouane Chamakh cruzando los brazos cual cantante de las Ketchup en el videoclip de Aserejé para decir: “hasta aquí, amigos”. Jerzy Dudek incorporándose del césped con un muelle en el trasero, puños en alto. Fran siendo engullido por una marabunta blanquiazul. El ensordecedor ¡Tor! ¡Tor! ¡Tor! ¡Tor!tras el zurdazo de Helmut Rahn para dejar en la lona a los magiares mágicos. Ole Gunnar Solskjær deslizándose de rodillas a la vez que Peter Schmeichel se atreve con una temeraria voltereta. No hay comparación a la alegría de estos instantes. Fútbol en estado puro.

 

Las remontadas nos dejan héroes, ídolos, leyendas y epopeyas. Pero también traen consigo gigantes con pies de barro, dramas, terror, fracaso. Una buena hostia de realidad

 

Sin embargo, amigos, existe otra cara en la moneda. Porque sí: las remontadas nos dejan héroes, ídolos, leyendas y epopeyas. Pero también traen consigo gigantes con pies de barro, dramas, terror, fracaso. Muchas lágrimas. Como todo en la vida -y el fútbol es un cristalino reflejo de la vida, conviene recordarlo más a menudo-, hay algunos que se llevan una buena hostia de realidad. Hay otra cara en la moneda de las remontadas. La cara de tonto, concretamente. Una cara con la que, seamos sinceros, todos simpatizamos más a menudo. Mal nos pese, las decepciones y las derrotas son la norma de nuestra rutina; la remontada, por suerte o por desgracia, la excepción. Porque ¿qué potencia simbólica y emocional tendría darle la vuelta de forma inverosímil a un marcador cada domingo? Ahí reside la magia de la remontada. Su razón de ser.

Uno querría ser el Sergi Roberto de turno; pero es Unai Emery. Uno desearía ser Ronaldo Luís Nazário de Lima; pero es Milinko Pantic. Uno mataría por emular al Theo Walcott del Madejski Stadium; pero es Robson-Kanu. Uno pagaría por estar en la piel de Xabi Alonso; pero es Andriy Shevchenko. Uno soñaría con ocupar el banquillo de Sepp Herberger, pero es Ferenc Puskás. Uno suplicaría llevar las botas de Teddy Sheringham, pero luce los guantes de Oliver Khan. Uno es el de la cara de tonto día tras día.

Lo más normal es que te coincida el número ganador de la lotería excepto la última cifra. Que la persona que te gusta te dé calabazas. Que tu currículum sea rechazado por una empresa tras otra. Que el intento de tortilla de patatas te quede un mazacote. Que el texto que estás escribiendo no consiga abandonar la mediocridad. Siempre con cara de tonto. Hasta que un día puedes ‘tapar agujeros’, llega el deseado beso, recibes una llamada y un contrato, te sientes Ferran Adrià con cuatro huevos, dos patatas y una cebolla, y un eureka resuena en tu cabeza. Hasta que un día consigues remontar un partido de fútbol en el tiempo añadido. Y cuando llega ese día, amigos, nadie se acuerda de que cada mañana el espejo te devolvía la misma cara de tonto de siempre.

 


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Fotografía de Imago.