Con los triunfos de Japón sobre Colombia y Senegal ante Polonia, ayer se escribió un pequeño capítulo de la gran, diversa y cosmopolita historia del fútbol: la de Rusia constituye la primera edición de la Copa del Mundo -y eso que llevamos ya 21- que asiste a sendas victorias de un técnico africano y de otro asiático. Eso lo sé ahora, después de una buena sesión de Wikipedia, pero no mientras ambos triunfos se producían no solo en un mismo Mundial sino en un mismo día. Probablemente ese detalle despertó mi interés porque los dos seleccionadores -Akira Nishino y Aliou Cissé- eran nativos, lo cual me pareció una rareza en combinados africanos y asiáticos. Pero, ¿realmente lo es? ¿Hasta qué punto supone la norma en esos continentes contar con técnicos foráneos?

En la historia de la Copa del Mundo se han producido 84 participaciones africanas, asiáticas y oceánicas. De ellas, 52 se dieron a las órdenes de técnicos de importación: 43 europeos, 7 brasileños y dos argentinos. Pero mientras de las 36 participaciones asiáticas casi la mitad (17) fueron adiestradas por nacionales, la proporción dominante entre los conjuntos africanos es foránea: 30 de sus 44 mundialistas contaban con preparadores extranjeros, un 75% exacto. Ese porcentaje aumenta todavía más si el foco se sitúa sobre la representación de la llamada África negra: Zaire, Camerún, Nigeria, Costa de Marfil, Sudáfrica, Togo, Angola y Ghana han participado un total de 27 veces. Y hasta en 21 de ellas siguieron instrucciones de extranjeros, siempre europeos salvo la malograda campaña del brasileño Carlos Alberto Parreira al frente de la anfitriona Sudáfrica en 2010. Por su parte, de las cuatro participaciones oceánicas tres contaron con adiestradores nacidos en el Viejo Continente.

 

“Sabemos que estamos retrasados acerca de la metodología y la táctica, o mejor dicho: el fútbol europeo avanza muy rápido, especialmente tras la llegada de Pep Guardiola a los banquillos”, afirma el periodista japonés Shinichiro Ema

 

“En África existe una preferencia generalizada hacia los técnicos extranjeros, es algo evidente”, me confirma el comentarista de BeIN Sports, y buen amigo, Alberto Edjogo-Owono. “El motivo es pensar que alguien que tiene esa experiencia va a replicarla de nuevo. El cortoplacismo se expresa recurriendo a técnicos que ya han tenido logros similares en otros combinados y seguramente se frena el paso de otros técnicos locales”. La tendencia general, explica, suele respetar las fronteras idiomáticas e históricas: galos en los países de habla francesa; alemanes en Camerún, Togo o Nigeria (viejas colonias de Berlín); españoles y lusos en sus respectivos rincones; e internacionales angloparlantes en todo el resto.

“Claro que en Japón hay preferencia por el entrenador foráneo”, ratifica Shinichiro Ema, periodista freelance de la revista nipona Football Critique. “Sabemos que estamos retrasados acerca de la metodología y la táctica, o mejor dicho: el fútbol europeo avanza muy rápido, especialmente tras la llegada de Pep Guardiola a los banquillos. Los japoneses queremos conocer el juego de posición y demás tendencias actuales”. Por eso, la presencia de Akira Nishino en la banda nipona se asemeja más a un parche que a una simiente: llegó hace dos meses para sustituir de urgencia a Vahid Halilhodzic, el mister bosnio. Nishino es el primer japonés que dirige a su selección desde 2010, tras el paso de Alberto Zaccheroni o Javier Aguirre, y une su nombre al del histórico Takeshi Okada, el único nacional que había cogido la tiza de Japón en los últimos 20 años.

“Estoy convencido de que si Japón y Senegal hacen un buen mundial se va a valorar mucho lo que hay en casa. Y a diferencia de Nishino, Aliou Cissé sí que es una apuesta con todas las de ley: ex capitán de la selección, ha jugado en Europa, ha estado en contacto con grandes técnicos y ha clasificado a su selección”, valora Edjogo. “Lo que me gusta es que ahora República Democrática del Congo, Sudáfrica, Túnez o Senegal van contando con talento autóctono en sus banquillos. Ese arraigo te da un plus más importante que el que te puede dar un extranjero que ha estado en siete u ocho selecciones”, argumenta.

Hace décadas que los jugadores africanos y asiáticos se han convertido en habituales protagonistas de los estadios europeos. Sin embargo, tanto Edjogo como Ema se muestran muy recelosos al ser preguntados sobre la falta de entrenadores africanos o asiáticos en el Viejo Continente. “Hay técnicos japoneses en las categorías inferiores de algunos clubes europeos pero aún no tienen el nivel para coger a un primer equipo”, comenta el corresponsal nipón. “Nunca he visto un entrenador de mi país reconocido por un estilo original, siempre imitan a los entrenadores europeos”, remata Ema. Ese problema de confianza en lo autóctono tiene unas causas reales pero también unas consecuencias muy visibles: para comenzar, los salarios.

 

“La mayoría de los países africanos nacieron en los años 60, tras siglos de dominación del hombre blanco. Es inevitable que haya un punto colonial en la mentalidad de muchos, pero eso va a cambiar con la próxima generación”, mantiene Alberto Edjogo-Owono, comentarista de BeIN Sports

 

Según se deriva del listado publicado semanas antes del Mundial por diversos medios, en Asia y África las retribuciones son muy diferentes en función de la nacionalidad del técnico. Los tres extranjeros al frente de combinados orientales (Carlos Queiroz en Irán, Juan Antonio Pizzi en Arabia y Bert van Marwijk en Australia) cobran una media de 1.563.000 euros, notabilísimamente superior a los 690.000 que perciben Akira Nishino y Shin Tae-Yong por preparar, respectivamente, a Japón y Corea del Sur. En África la diferencia es proporcionalmente mayor: los 926.000 euros que de promedio ingresan el argentino Héctor Cúper (Egipto), el francés Hervé Renard (Marruecos) y el alemán Gernot Rohr (Nigeria) casi cuadriplican los 275.000 del tunecino Nabil Maaloul y del senegalés Aliou Cissé. A una cierta marginación del entrenador local parece que le acompaña también una discriminación salarial.

“La mayoría de los países africanos nacieron en los años 60, tras siglos de dominación del hombre blanco. Es inevitable que haya un punto colonial en la mentalidad de muchos, pero eso va a cambiar con la próxima generación”, vaticina Edjogo, ex internacional con la selección de Guinea Ecuatorial. Como tal recuerda uno de los muchos choques culturales derivados de contratar a un seleccionador europeo para dirigir un combinado africano. “En un partido que jugábamos como locales, el tipo que tenía que poner los himnos en el estadio se quedó durmiendo la siesta. Los jugadores lo vivimos tranquilos, como algo que podía pasar en África, pero al mister se lo llevaban los demonios. Estaba muy preocupado por no empezar con ese impulso anímico. En realidad, sin la megafonía acabamos teniendo un empuje aún mayor porque la afición cantó el himno a capella“.

Para quienes vislumbramos en el fútbol una excusa para la conexión entre culturas, lugares y gentes, ayer fue un gran día. También para la extensión del propio fútbol, no tanto en su versión de negocio global -que de eso ya se encargan otros- sino como juego complejo y universal que, si bien se practica con los pies en cualquier rincón, pareciera que solo se piensa con la cabeza en Europa y Sudamérica. Quizás las victorias de Japón y Senegal supongan un punto de partida para acabar con una especie de ‘colonialismo inverso’, que no deriva de la imposición del viejo invasor sino de la actitud del tanto tiempo colonizado. Esa que convierte a entrenadores occidentales, preferentemente de edad avanzada, en atajos para las ansias futbolísticas de muchas federaciones. Como si el puzzle de tópicos que presenta a los jugadores africanos como ‘demasiado anárquicos’ y a los asiáticos como ‘demasiado disciplinados’ solo pudiera tener un encaje: ponerlos a todos a las órdenes de un blanco.