Una de mis fotos históricas favoritas es aquella en la que August Landmesser, un anónimo trabajador de los astilleros de Hamburgo, se niega a hacer el saludo nazi en un acto oficial; cruzando los brazos con una sonrisa tan orgullosa como valiente, convencida, para exteriorizar su disconformidad con el Tercer Reich. La escena, un bello acto de dignidad contra la barbarie, recuerda a la que había protagonizado el futbolista italiano Bruno Neri en el año 1931; cuando, ya en plena dictadura de Benito Mussolini, se inauguró el actual estadio de la Fiore bajo el nombre de Stadio Giovanni Berta, en honor a un militante fascista que justo una década antes había sido asesinado por un grupo de comunistas que lo lanzaron al río Arno desde un puente. El 13 de septiembre de 1931, el centrocampista transalpino, que por aquel entonces defendía la camiseta de la Fiorentina, tan solo tenía 21 años, pero ya atesoraba el coraje necesario para legarnos una lección que, si no queremos que los viejos fantasmas que un día asolaron el Viejo Continente continúen abriéndose paso, jamás deberíamos permitirnos olvidar. Mientras los 21 futbolistas que fueron titulares junto a Neri saludaban a los más de 10.000 aficionados que se dieron cita en el estadio para presenciar el encuentro contra el Admira austríaco con el saludo romano, el mediocentro permaneció inmóvil e impasible; erigiéndose, desde el silencio, en un símbolo en la lucha contra los camisas negras de ‘Il Duce‘ que oscurecían el presente del país.

Nacido en 1910 en Faenza, una pequeña ciudad de la norteña región de la Emilia-Romagna, Neri pronto empezó a adentrarse en el mundo del balompié; un ecosistema que siempre le cautivó tanto como los del arte, la cultura o la política, las otras tres grandes pasiones de un prometedor centrocampista que, tras debutar con el primer equipo del Faenza a los 16 años, despuntó hasta el punto de que, en 1929, la Fiore desembolsó unas 10.000 liras para hacerse con sus servicios, una cifra extraordinariamente elevada en aquellos tiempos en los que ser futbolista empezaba a ser un trabajo más que rentable. Pero ni la fama ni el dinero pudieron silenciar el sentimiento antifascista de aquel jugador que insistía en que “cuando recibes el balón ya debes haber decidido cómo jugarlo”. Después de brillar con la Fiorentina, Neri, un futbolista al que La Gazzetta dello Sport definió como un mediocentro “serio, concienzudo y tenaz”, pasó por el Lucchese y el Torino. Tras disputar hasta 219 partidos en la Serie A y otros tres con la selección italiana absoluta, colgó las botas en marzo de 1940; seis meses después de que comenzara la Segunda Guerra Mundial; dos meses antes de que Italia se uniera al Eje.

 

Bruno Neri permaneció inmóvil e impasible; erigiéndose, desde el silencio, en un símbolo en la lucha contra los camisas negras de ‘Il Duce‘ que oscurecían el presente del país

 

Convencido de que, como escribió Pau Casals, “hay una bestia feroz que lo destroza todo y que, mediante el crimen y el terror, esclaviza una nación detrás de otra. La única actitud digna es actuar. Hay que matar a la bestia”, Neri redobló su compromiso con la lucha contra el fascismo. “Tras dejar el fútbol, el exfutbolista entró en la Organización de Resistencia, la ORI. Dejó Milán, donde había montado un negocio, y regresó a Faenza. Un día supo que los alemanes le buscaban. Le habían descubierto. Buscó al utillero del equipo de su pueblo, le regaló sus botas y se echó al monte. Su misión, estrechamente ligada a la Office of Strategic Service americana, con la que entró en contacto en Sicilia en los días del desembarco aliado, y el Comité de Liberación Nacional, se desarrolló en el Batallón Ravenna, encargado de estudiar operaciones de sabotaje en la Línea Gótica, la creada por el mariscal alemán Albert Kesselring para frenar el avance aliado en los Apeninos”, relata Miguel Ángel Lara en Marca, en un texto imprescindible para conocer la figura de un hombre que retomaría su relación con el fútbol asumiendo las riendas del primer equipo del Faenza, el club que le había visto crecer.

‘Berni’, el nombre de guerra que adoptó Neri, protagonizó varias operaciones con el Batallón Ravenna, que, liderado por Vittorio Bellenghi y el propio exjugador, se centraba en tratar de recuperar paracaidistas aliados que habían caído en terreno enemigo. Pero todo se torció para siempre el triste 10 de julio de 1944. Mientras patrullaba junto a Bellenghi cerca de la ermita de Gamogna, en el pequeño municipio de Marradi, a unos 40 kilómetros de su Faenza natal, su camino se cruzó de repente con el de un comando de unos 15 soldados nazis. “Cerca del cementerio fueron sorprendidos por un grupo de alemanes. Trataron de hacer frente cuerpo a tierra, pero los enemigos encontraron resguardo tras un muro. Un disparo en la cabeza acabó con la vida del futbolista-partisano”, rememora Lara. Entre estas piedras antiguas, el 10 de julio de 1944, los comandantes Bruno Neri y Vittorio Bellenghi murieron sufriendo la brutal ira nazi“, recuerda una placa situada en el escenario en el que el exfutbolista cerró los ojos para siempre, a los 33 años. “Aquí nació Bruno Neri, comandante partisano caído en combate en Gamogna el 10 de julio de 1944. Tras sobresalir como atleta de primer nivel, destacó en la acción clandestina, primero, y en la guerra de guerrillas, después, erigiéndose en un gran ejemplo para las futuras generaciones”, añade la placa que se instaló en el 22 del corso Giuseppe Garibaldi de Faenza, el lugar en el que llegó al mundo Bruno Neri, un hombre que decidió no hincar la rodilla ante la negra bota del fascismo, que optó por plantar cara, por defender sus ideales hasta las últimas consecuencias. Hasta que la muerte le encontró aquel frío 10 de julio de 1944. Las balas nazis asesinaron al futbolista partisano, pero convirtieron a Bruno Neri en una leyenda eterna e inmortal, en uno de aquellos miles de héroes anónimos que perdieron el miedo a pelear por un futuro mejor. Dignificar su memoria, cuidar su recuerdo, es el deber ineludible de todos aquellos que les hemos sucedido; especialmente en unos tiempos en los que los fascistas del presente ya han comenzado a llamarse a sí mismos antifascistas.