“Desde el sofá no se puede comprender lo que sucede en Estados Unidos”, arranca el madrileño Borja de Matías (1985), que desde el verano del año pasado ejerce como jefe de scouting del Chicago Fire, de la Major League Soccer (MLS) norteamericana; al que llegó justo después de ejercer durante tres temporadas como analista táctico en el cuerpo técnico del primer equipo del Alavés.

¿Cómo ves, y vives, la situación actual de Estados Unidos, en cuanto al racismo?

Nosotros apenas podemos tocar levemente la superficie del problema porque por suerte no hemos vivido nunca algo así. Porque no hemos crecido en una sociedad racista. No se debe generalizar tampoco, pero evidentemente es un problema muy grave que existe en este país. Y es un conflicto muy complejo, incluso para los que vivimos aquí. Nosotros no tenemos la capacidad analítica para comprender el hartazgo de la gente negra o latina de Estados Unidos, y nos cuesta muchísimo entender todo lo que llevan sufriendo durante muchísimas generaciones. Nos cuesta ponernos en su sitio. Todos estamos de acuerdo con que quemar una tienda no está bien, pero, sin querer justificarlo, tengo la sensación de que no tenemos la ni capacidad ni la empatía necesarias para entender los motivos de las cosas ni los problemas sociales ni para entender todo lo que representa el racismo en Estados Unidos para muchísima gente en cuanto a diferencias de oportunidades sociales, médicas, económicas, laborales o educativas, por ejemplo. Ahora una parte de la sociedad ha decidido decir basta, y todos somos responsables de hacer más. Decir No al racismo es muy fácil, y todos tenemos más que claro que los actos racistas y xenófobos, como las muertes de gente negra a manos de la policía, están mal y son totalmente condenables, pero todos somos, también, responsables de hacer más, mucho más, para que esto no pase más. La sociedad tiene que hacer más, y es importante que el deporte, uno de los elementos más respetados, más característicos, de este país, aproveche lo que representa a nivel social, todo su impacto, su alcance, su visibilidad, para alzar su bandera contra cualquier injusticia.

¿A nivel personal, cómo va la experiencia al otro lado del Atlántico?

Estoy muy, muy, contento. Estoy muy a gusto en Chicago, tanto a nivel familiar como por formar parte del proyecto de este club. Acabo de renovar hasta diciembre del 2021, y quiero seguir disfrutando de la MLS, que es una liga que está creciendo muchísimo. No es lo que mucha gente piensa. Ya es una realidad. Ya no es, para nada, esa liga que ofrecía un retiro a los jugadores. Eso ya es parte del pasado. La MLS no es una liga que esté muy por debajo de las ligas europeas. Es una liga muy interesante, muy física y cada vez más exigente a nivel técnico. Hay mucho, muchísimo, talento, y cada año hay más futbolistas que salen de aquí hacia Europa y rinden. El caso más palpable es el de Alphonso Davies, que hace 12 meses jugaba en el Vancouver, y ahora es uno de los mejores laterales izquierdos del mundo. Y como él hay muchos chicos jóvenes, porque el nivel va evolucionando exponencialmente.

Hay que tener en cuenta que probablemente estamos ante la primera generación de norteamericanos que han crecido en casas en las que se ve fútbol. A los que a sus padres ya les gusta el fútbol, y se han hecho mayores viendo fútbol europeo o Mundiales. Antes no era así. Para la gente de mi generación, de 35 años, el fútbol era un elemento totalmente secundario en sus casas, en su infancia. Por contexto era raro que no salieran jugadores, pero es que el fútbol no interesaba. Ni verlo ni jugarlo. Y, a día de hoy, interesan las dos cosas. Se televisa a nivel nacional, y muchos, muchísimos, niños lo eligen como primer deporte; antes que el baloncesto, el hockey sobre hielo o el béisbol.

Se te ve feliz.

El fútbol te ofrece una posibilidad, una oportunidad, única de descubrir nuevas culturas y de conocer cómo se vive en otros países y cómo son, y es, en definitiva, un vehículo, una manera, de entender muchas cosas del mundo. Este es el cuarto país en el que vivo [España, Argentina, Inglaterra y Estados Unidos], y el fútbol me ha ayudado a comprender la sociedad y porqué suceden las cosas y me ha permitido tener una mirada mucho más amplia de la realidad en la que vivo. A veces, resulta difícil estar dentro del fútbol profesional porque te sientes juzgado cada fin de semana, y desgasta porque tienes que convivir con la responsabilidad y toda la presión de representar un club, una ciudad, pero, cuando uno tiene una mirada romántica de este asunto, y de todo lo que significa, se siente un privilegiado de haber vivido en países en los que el fútbol se siente así y de poder disfrutar desde dentro de este deporte tan enriquecedor. El fútbol es lo que amo hacer.

¿Desde niño?

El fútbol ha estado presente en mi vida desde que era niño. Yo era el típico niño que siempre pensaba en el fútbol. En fútbol, fútbol, fútbol. Mi padre trabajaba cerca de casa y recuerdo que, con seis años o así, antes de ir al colegio iba a verle. Pero básicamente iba para leer el periódico deportivo. Yo nunca he sido muy del FIFA, pero soy de los que han quemado el PC Fútbol. Los PC Fútbol 5, 6 y 7 los quemé al nivel de ponerme una alarma por las mañanas para poder jugar antes de ir a la escuela, con 11 o 12 años. Maradona jugaba entonces en Boca, y mi obsesión siempre era ficharlo. Desde niño también tenía libretas en las que escribía alineaciones. Subrayaba con círculos los jugadores que me gustaban. ‘Papá, hay un jugador que juega en tal equipo de la liga argentina y que lo debería fichar tal equipo porque aportaría tal’, y me miraba como si estuviera loco. Cuando me preguntaban qué quería ser de mayor, yo nunca decía nada relacionado con el fútbol, porque era un hobbie, como el de quien toca la guitarra, colecciona sellos o pesca, pero yo estaba obsesionado con el fútbol; tanto con jugarlo como con verlo y analizarlo. Un día, con 12 o 13, fui a Madrid con mis padres y en un quiosco de Cibeles descubrí revistas extranjeras que no había visto nunca. Me fascinó. El Guerin Sportivo, El Gráfico. Quería tenerlas todas. Quería leerlas todas, y cuando empecé a estudiar ingeniería recuerdo estar en la biblioteca de la facultad leyendo esas mismas revistas.

Ya de adolescente, con 16 o así, incluso hacía informes de futbolistas que me guardaba para mí. Antes no se televisaba tanto fútbol, pero veía muchísimos partidos. Me bajaba partidos de foros. Ahora esto es más normal, y hay muchos jóvenes que lo hacen porque analizar el fútbol ya es un fenómeno más cultural, más social, pero antes no era así. Recuerdo que yo a los 22 o 23 no sabía qué hacer con mi vida, y el fútbol era lo único que se mantenía firme, ahí.

Y ahí sigue, firme.

Cuando llegué al Alavés, a Primera División, mis amigos me decían: ‘Buah, esto es como un sueño hecho realidad para ti’. Pero es que es muchísimo más que un sueño: es algo que nunca había soñado. Siempre me ha encantado el fútbol, pero nunca me había imaginado que podría llegar a dedicarme a esto de forma profesional. Nunca me había imaginado que ganaría en el Camp Nou (1-2, con el Alavés). Nunca me había imaginado que viviría una final de la Copa del Rey desde el césped, después de haberla visto tantas veces por la tele. O que viviría el lujo y el privilegio de estar en Primera División. Y ya llevo cinco años en el fútbol profesional. Y es un orgullo. Uno nunca sabe adonde le llevará el camino.

El camino de Borja de Matías le ha llevado, por ahora, hasta Chicago; tras hacer parada en la cantera del Portsmouth inglés y en Argentina, donde ejerció como analista en el Independiente de Avellaneda y como comentarista y presentador en la cadena argentina Direct TV. El ejército de fieles seguidores que conserva en Twitter testimonia su pasado como periodista de masas en Buenos Aires; mientras él, a más de 6.000 kilómetros de las plazas de Alcalá de Henares en las que creció junto a un balón, afirma que “los medios de comunicación han cambiado. Y ahora todo es muy difuso. Cuesta encontrar la calidad, la pureza, las historias bien contadas, con respeto, amor e interés, entre toda la bruma que hay alrededor de este deporte. Pero siempre va a haber un resquicio para encontrar buenas historias”.

Lamentaba J.R. Moehringer en una entrevista en la contraportada de La Vanguardia que “vivimos pendientes del próximo titular y del próximo tuit, y nos estresamos porque vivimos sin explicarnos la vida. En cambio, cuando leíamos periódicos de niños, buscábamos en ellos historias de la vida real para orientarnos al mundo y saber quién éramos, quién habíamos sido y quién podíamos ser”.

Puede que ahora suene filosófico, pero a veces tengo la sensación de que no sé si somos más felices que antes, y mira que, probablemente, desde fuera, se podría poner mi caso como ejemplo de éxito. No quiero que se vea así, porque es peligroso, y porque a mí me ha tocado dar muchas vueltas en mi vida. Y porque yo lo he pasado muy mal para llegar hasta aquí. Cuando vivía en Argentina me iba llorando a mi casa, y de eso tampoco hace tanto. No ha sido tan sencillo. En El bar de las grandes esperanzas, Moehringer enfatiza que ‘todo el mundo tiene un lugar sagrado, un refugio, donde su corazón es más puro, su mente más clara y donde se siente más cerca de Dios, o del amor o de la verdad o de lo que sea que se venere’, y creo que es cierto; sobre todo cuando uno está tan lejos de casa y se siente solo. Aquí soy Borja, el que ve muchos partidos de fútbol, pero donde soy yo es donde era yo cuando era pequeño. Como todo el mundo, cuando uno busca sus días felices echa la vista a la infancia. A cuando no tenía demasiadas preocupaciones. A cuando no tenía que pensar en una hipoteca. A cuando no tenía que pensar en tomar esta decisión o la contraria pensando en el futuro. Todo era reversible. Y aquello se echa de menos. Todo va a pasar, pero eso queda ahí. Esos momentos no te los pueden quitar nunca; y ahí estaba, y aquí sigue estando, el fútbol.

Es una promesa de felicidad, un vehículo para hacer feliz a la gente. Hace feliz a mucha gente y eso me parece muy bonito. Es una promesa de felicidad para los niños. Pero también lo es para los adultos. He visto abuelos llorar de felicidad, de impotencia, de rabia, por el fútbol y eso es muy bonito. Porque el fútbol hace que la vida sea mejor, más divertida, más entretenida. Como la literatura, el teatro o el cine, es una de esas cosas que tienen una función decorativa, artística, en la vida. Y hoy continúa siendo algo capaz de emocionarnos, en un mundo que cada vez nos emociona menos.

 


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Fotografías cedidas por Borja de Matías.