La desgracia del Chapecoense me ha tocado a mí y a mis compañeros muy de cerca. No podía ser de otra manera con 8 compañeros más todo el staff técnico brasileño. Pero esta vez me han desbordado la cantidad de comentarios en ese sentido. Es de agradecer tanta solidaridad +. Sin embargo está pareciendo que si no fuera un equipo de fútbol la cosa hubiera sido menos. ¿Se han convertido en héroes por ser futbolistas? ¿Estaríamos hablando aún de ello si el equipo hubiera sido, por decir algo, de tiro con arco? ¿Qué hubiera pasado si en lugar de un equipo hubiera sido un grupo de payeses de Alpicat?

La mayoría de mis compañeros han estado estos días destrozados. Hundidos y tristes pensando en las familias que han dejado sin padres a los que conocían, a los que querían. Mi primera reacción al enterarme de la noticia en el comedor del hotel fue ir en su búsqueda a abrazarlos. Ni siquiera sabía qué les iba a decir, pero quería estar a su lado, o al menos que no se sintieran solos. Les animé para que fueran a entrenar, porque ellos decían  no tener fuerzas para venir. No mentían. Finalmente vinieron y uno de ellos, Rafael, se desmayó de camino. Pero no podía dejar que se quedaran en el hotel solos. “Venid y lloraremos todos juntos, todo lo que podamos, tanto tiempo como sea necesario”. Zico nos pidió que la oración previa a cada sesión fuera esta vez en su memoria, con un discurso entrecortado al intentar engullir esas lágrimas que se le saltaban aunque intentaba evitar.

 

El fútbol está impregnado de esta mal entendida masculinidad impuesta que lo único que hace es ocultar y aprisionar emociones

 

¿Quién nos ha metido en la cabeza que llorar no es bueno? ¿De dónde nace el decirle “no llores” a un niño que está triste o enfadado? Por favor, que alguien busque al responsable para hacerle llorar mucho.

Creo que es el único recuerdo que tengo de mi padre llorando. Y ni siquiera lloraba. Yo estaba tumbado en el sofá de casa viendo una peli; él sentado en su butaca, a mi derecha. Levanté la vista al darme la vuelta porque se me saltaban las lágrimas y quería esconderlo, y entonces le vi con los ojos llorosos. No lloraba. Sus ojos estaban rojos y húmedos y, al cruzarse con los míos, causaron una vergüenza tan grande en mí (y adivino ahora que también en él) que agaché rápido la cabeza y pensé “trágame tierra”. Quizá hablo de algo que pasó hace 25 o 30 años, pero así de marcado se quedó en mi cabeza, y en mi pecho.

Soy mucho de llorar con las pelis. Hasta hace poco lo era en mi casa, o con las gafas de sol en el avión o con las gafas de sol otra vez leyendo un libro en el bus. Mi padre también lo es, y aunque seguramente lo corroborará al leerlo, contaríamos con los dedos de una mano la gente que le ha visto. Pero de un tiempo a esta parte he cambiado también en esto, y ahora me gusta llorar. ¡Cuidado! Estoy en el avión viendo la serie Friends o una película lamentable y sensiblona y ya no me tapo. Declaro aquí ante todos, sin temor a la justificada crítica cinéfila, que me desmorono con Harry Stamper en la pantalla bajando a destruir el Armaggedon ante la mirada de Liv Tayler.

Me viene a la cabeza otra película: “Una pistola en cada mano”, de Cesc Gay, que muestra esta incapacidad masculina por mostrar lo que sentimos, por explicarnos nuestras vergüenzas. El fútbol está impregnado de este comportamiento, de esta mal entendida masculinidad impuesta que lo único que hace es ocultar y aprisionar emociones que muchas veces acaban saliendo disparadas con comportamientos violentos e impulsivos.

Pero no solo el cine me emociona. También puedo llorar leyendo en la piscina del hotel. La temporada anterior aquí mi familia me dejó para leer “Wonder” de R.J. Palacios y no podía pasar una página sin que se me saltaran las lágrimas. Pero ya no me escondo, a veces incluso me gusta que me vean llorar. Es casi como una provocación, para que me pregunten: “¿Que te pasa?” –“ Pues nada, que lloro”.