Decía el compositor George Gershwin que “la vida es como el jazz, es mejor cuando improvisas”. Es curioso, montas un plan, le das un ritmo, un tiempo, una estrategia, y al final, ñe. Le falta condimento, un poco de chicha y también de limoná. Porque las historias toman fuerza cuando la improvisación le gana el pulso a la planificación. ¿Cómo puede ser? ¿Dónde está el truco? ¿Quién demonios se atreve a hacer una tesis sobre ello para descifrar una de las ciencias más inexplicables del paso del ser humano por la Tierra?

Recuerdo una verbena de San Juan de hace no sé cuánto. El plan era ir a una discoteca. La segunda bala era otra fiesta. Si caían las dos, estábamos en bolas. Cayeron, claro. A la mierda la noche. Tiremos de contactos, pues. No había balas en la recámara. Solo improvisación. Una fiesta en la desembocadura del Ter. ¿Quién la monta? Ni idea. ¿Vendrá la poli? Ni idea. ¿Será legal? Ni idea. ¿Nos lo pasaremos bien? Seguro. Empezó a llegar gente. Antorchas. Unos platos. Un DJ. Y amigos. Y desconocidos. Como una que se acercó a un corrillo que habíamos montado tres y me preguntó, descolocándome: “¿Y tú quién eres?”. Quizá se quedó desubicada al verme en aquel grupillo porque se llevaba con los otros dos. Puede que se le pasara por la cabeza algo parecido a lo que nos sucedió a todos cuando un delantero nacido en Guinea-Bissau, de nombre Éderzito António Macedo Lopes y que aquel año había marcado un total de cero goles en 13 partidos de liga con el Swansea, se apuntó a la fiesta de fin de curso del fútbol.

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Éder solo había disputado 13 minutos en todo el torneo. Seis en el primer partido. Siete en el segundo. Y basta. A partir de ahí, ni minutos residuales. Solo banquillo. Por eso, que Fernando Santos le diera la opción de estar en la final, previsto, y planeado, pues probablemente no lo estaba. La lesión de Renato Sanches descuadró la idea del técnico luso. Tanto, que se le ocurrió cambiar un centrocampista por un delantero, mientras el mundo entero le iba acusando de defensivo. Tomad imprevisto. Y por si fuera poco, cuando llevaba media hora sobre el césped, en el 109’, Éder mandó por los aires todos los vaticinios previos. Control de espaldas, forcejeo con Koscielny, adiós muy buenas y tiro cruzado desde su casa. 1-0 para los lusos. Suficiente para responder al planeta la pregunta de tú quién eres: “Pues el tipo que le ha dado su primera Euro a Portugal”. Yo no pude replicar lo mismo en aquel San Juan. La Xibeca me llevó casi tan pronto a las duchas como a Cristiano aquella entrada de Payet.

 


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Fotografía de Imago.