Las finales de la Euro.


 

Música era la peor de mis pesadillas en Primaria. No sé cómo empezó todo. Si era porque nací con una arritmia melódica inmutable. Si el profesor me pilló manía. O si yo fui el que se la pilló a él. Quién sabe. La cuestión es que me daba pánico el momento en el que los miércoles acababa la clase de mates y nos dirigíamos al aula de música. Nervios. Pereza. Terror. Las peores emociones se apoderaban de mi mente.

Aprobé solo dos exámenes en seis años. El primero y otro que creo que el profesor ni escuchó el momento en el que me tocaba exponer mis conocimientos musicales con la flauta. Me puso un cinco por pena, imagino. Y realmente era algo que rozaba lo penoso. Dedos bloqueados, incapaces de reproducir las pautas que les daba mi cerebro. Labios temblorosos, como si no tuvieran poder alguno para dominar aquel trozo de madera que solo producía sonidos chirriantes y desafinados. Suspenso tras suspenso acumulándose en un expediente con una única mancha, un talón como el de Aquiles, una asignatura que me ganó un pulso en el que al final desistí. Dejé de muscular un brazo atrofiado y abandoné la flauta en algún cajón de mi habitación. A partir de entonces, cuando tocaba ir al aula de música, me buscaba cada día una excusa diferente. Me la he olvidado. No la encuentro. Está rota. Lo que fuera con tal de no volver a pasar por el mal trago de tocarla.

En la ESO desapareció el trauma. Música ya no salía en el horario. Y solo el recuerdo de abrir el cajón y ver la libreta con los acordes de todas las canciones que tocábamos -o tocaban mis compañeros, más bien-, y la flauta junto a ella, me hacía volver a aquellos tiempos.

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Un día la desempolvé. Busqué en la libreta y encontré la canción de Misión Imposible. Me puse a tocarla. Por qué no, ahora que ya está superado. Y el la la do re la la sol sol la la fluyó como nunca lo había hecho en los seis años anteriores. La misión no era tan imposible. Quizá solo tendría que haberme dejado llevar y confiar en que podía. Supongo que todos mis amigos, en el verano de 2004, mientras yo guardaba la flauta en el cajón, ellos, los más buenos y los más malos con el instrumento, seguro que se ponían a practicar en casa. A luchar para que les saliera bien la obra. Aunque nadie diera un duro por ellos y tuvieran que tocarla delante de 52.000 personas que hablaban otro idioma, portugués, por ejemplo; que no confiaban en que la tocaran bien, pese a que durante todo el verano hubieran sorprendido a todo un continente con sus actuaciones; y que estaban convencidos en que serían los de su banda musical los que acabarían llevándose el premio, celebrándolo en casa con los suyos.

No fue así. En aquel verano de 2004 Europa entera vio cómo una de las orquestas menos reputadas de su territorio lo ponía todo patas arriba. No tocaban nada del otro mundo. Su estilo, su personalidad, su musicalidad, no encandilaban en los anfiteatros. De hecho, lo contrario. Eran más bien criticados. Pero como en el fútbol esto va de meterla o no meterla, todo lo anterior importaba bien poco. En la final ante la anfitriona Portugal, un testarazo de Angelos Charisteas le dio la Eurocopa a Grecia. Y demostró que no hay misiones imposibles, solo flautas olvidadas en lo más hondo de un cajón.

 


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Fotografía de Imago.