Sueños de la Euro. El torneo que reconcilió a un continente es un viaje por la historia de una competición que cumple 60 años, y que pone más de manifiesto que ninguna otra hasta qué punto el fútbol es un instrumento útil para cicatrizar heridas y fomentar la paz y la armonía entre los pueblos. Miguel Lourenço Pereira, escritor, periodista e historiador, y autor de varios libros dedicados al fútbol, desgrana a partir de narraciones, recuerdos, perfiles, datos y anécdotas cómo la Eurocopa sirvió desde su nacimiento para evitar el colapso de un continente, y cuáles son esos héroes ilustres e inesperados que la han ido convirtiendo a lo largo de las décadas en el campeonato favorito de muchos.


 

Si alguien tuviese que elegir un momento icónico, solo uno, de las Eurocopas de los años 80, lo pasaría francamente mal. Después de todo, ¿cuál escoger? ¿La volea de Van Basten o la mítica celebración con los brazos en el aire de Platini? ¿Los regates endiablados de Chalana o los movimientos de extraterrestre de Gullit? ¿Los pases geométricos de Laudrup o las brutales carreras de Matthäus?

¡Difícil, no, imposible! Los años 80 hicieron que el juego se reencontrara consigo mismo. Fue la década que consagró a los equipos que apostaban por el fútbol de ataque. Fue la década de los Mundiales más divertidos. Pero, si queremos ser justos, los años 80 fueron sobre todo los años de oro de la historia de las Eurocopas. De las camisetas emblemáticas de Adidas que cambiaron para siempre la estética del deporte rey. De las gradas a rebosar de colores y emociones. De los protagonistas inesperados y de las nuevas estrellas globales. Si quisiéramos enviar una cápsula al espacio con los recuerdos más bellos de la historia de la competición, bastaría con recopilar algunos partidos de esas dos ediciones. Tras la debacle de 1980 y antes de que el mundo del fútbol se mercantilizara por completo, llegó la época del espectáculo. El sueño de Delaunay era eso.

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El desánimo que provocó la decepcionante edición de 1980 supuso un punto de inflexión para la UEFA. Había que hacer pequeños ajustes al modelo y empezar a buscar un mayor impacto comercial. La edición italiana había sido la primera en contar con un álbum de cromos oficial y también ceremonias de apertura y clausura transmitidas en directo por la televisión. Para el siguiente certamen, la organización quería ir más allá e imitar lo que ya hacía la FIFA con la inclusión de una serie de sponsors oficiales visibles en la cartelería publicitaria de los estadios. En diciembre de 1981, la UEFA anunció al anfitrión. En un principio, la candidatura más fuerte parecía ser la de Inglaterra, que ya había intentado organizar el torneo de 1980, pero tras los altercados de sus aficionados en Turín, los británicos fueron excluidos, con lo que la pugna se redujo a un mano a mano entre franceses y alemanes. Francia había albergado la edición inaugural y los alemanes nunca habían acogido el torneo, pero la propuesta gala conquistó al comité al incluir de forma sorprendente a siete ciudades sede, un récord absoluto. No solamente habría siete estadios para recibir los 15 partidos previstos —se recuperaban las semifinales y se descartaba definitivamente el choque por el tercer puesto—, sino que los equipos también tendrían que rotar entre las distintas ciudades, con tal de que no volviera a repetirse el desolador panorama de gradas vacías del torneo anterior.

Lo que Francia’84 aportó también como absoluta novedad fue la inauguración de nuevos estadios expresamente para la celebración del campeonato. En las primeras seis ediciones, el torneo se había disputado exclusivamente en recintos que ya existían, muchos de ellos incluso en claro estado de decadencia. Nunca había existido un interés por aprovechar el evento para mejorar las infraestructuras nacionales, pero todo eso terminó con la ambiciosa propuesta francesa, que además de incluir renovaciones profundas de varios escenarios como el Vélodrome de Marsella o el Gerland de Lyon, apostó también por la construcción del estadio de La Beaujoire, en Nantes, y del estadio de La Meinau, en Estrasburgo. A esos cuatro recintos se unían también el Geoffroy-Guichard, que el Saint-Étienne había popularizado en sus noches europeas de la década anterior, el Félix Bollaert de Lens, con su estética británica, y, por supuesto, el Parque de los Príncipes, que ahora era el hogar del Paris Saint-Germain, un club que acababa de cumplir sus primeros diez años de vida.

Organizar la fiesta incluía para los franceses el acceso directo a la fase final, que llevaban sin disputar desde que la organizaron en 1960. Pocos podían imaginar en las Navidades de 1981 que meses después ese mismo conjunto, capitaneado por el genial Michel Platini, iba a convertirse en una de las selecciones favoritas de todos en el Mundial de España.

Solo quedaba por saber quiénes serían los siete aspirantes al cetro europeo que iban a acompañar a los Bleus en el cuadro.

 

Los 80 fueron los años de oro de la historia de las Eurocopas. De las camisetas emblemáticas de Adidas que cambiaron para siempre la estética del deporte rey. De las gradas a rebosar de colores y emociones. De los protagonistas inesperados y de las nuevas estrellas globales

 

El formato de clasificación no cambió, pero al contrario de lo que ocurrió en ediciones anteriores, la fase previa estuvo repleta de sorpresas, hasta tal punto que casi la mitad de los países que obtuvieron su billete para la ronda final no estaban entre los cabezas de serie. Salvo los belgas, todos los demás tuvieron que esperar a la última jornada para conocer su destino. Italia, anfitriona en 1980 y campeona del mundo dos años después, fue superada contra todo pronóstico por una renacida Rumanía. El 20 de noviembre de 1982, en el último suspiro, Alemania Occidental selló su pase, pero no sin sufrir antes una doble humillación contra Irlanda del Norte, que la tuvo contra las cuerdas. De hecho, no iba a haber un solo representante de las islas británicas en la fase final, algo totalmente inesperado. Los ingleses pensaron que habían caído en un grupo asequible, pero no contaban con la aparición estelar de Dinamarca. Entrenados por el alemán Sepp Piontek, los daneses hicieron historia al ganar con un gol solitario de Simonsen en Wembley, un triunfo que les permitió volver a una competición que no disputaban desde su sorprendente paso por España’64. Gales, en cambio, también terminó naufragando ante una renovada Yugoslavia, que se clasificó con un gol en el último minuto contra Bulgaria. Y Portugal sorprendió al cargarse a Polonia, que venía de una muy buena actuación en el Mundial de España, y a la URSS, segunda tras un agónico triunfo con un gol solitario de Jordão en la última fecha del calendario. Pero si en Lisboa hubo dudas hasta el final, para Sevilla quedaba el momento más épico de toda la ronda clasificatoria.

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España llegaba al último partido contra Malta a sabiendas de que solo un milagro le permitiría clasificarse por delante de Holanda. Los neerlandeses habían logrado persuadir a los directivos malteses para que jugaran su partido a domicilio en terreno neutral y les ganaron con solvencia, mientras que España terminó visitando La Valleta y ganando in extremis tras sufrir las penosas condiciones de un terreno de juego lamentable. En esas que Holanda llegaba a la última jornada con un goal-average favorable de once goles, pero tenía que esperar el resultado final del partido disputado en el Benito Villamarín entre el combinado español y los malteses. España llevaba 13 años sin anotar más de seis goles en un duelo, y jamás había logrado la hazaña de conseguir once en un encuentro oficial. Aun así, creía en el milagro. De hecho, tanta fe tenía que se adelantó la jornada liguera para permitir una larga concentración de los seleccionados por Miguel Muñoz. Con las gradas a mitad de aforo tras una noche de tormenta, los locales empezaron con mal pie con un penalti desperdiciado por Señor. El primer gol, de Santillana, tardó 15 minutos en subir al marcador. Pero, tras un rebote inexplicable en el cuerpo de Maceda, los malteses lograron empatar. El Everest parecía todavía más inalcanzable y ni el hat-trick de Santillana dejaba entrever la proeza. Los holandeses celebraban ya el pase. Iban a ser necesarios nueve goles en 45 minutos, la friolera de un tanto cada cinco. En 23, aun así, España ya había logrado cinco de los que necesitaba, y con poco menos de media hora por delante, la gesta empezaba a parecer posible. Los aficionados que vivían en las zonas aledañas, y que seguían el partido por TVE con la narración del inolvidable José Ángel de la Casa, empezaron a acercarse al Villamarín para ser testigos del final del encuentro. Los que lo hicieron acertaron de lleno. Tras el octavo gol, del ídolo local Poli Rincón, el partido se fue aplanando hasta que Santillana devolvió la esperanza al conjunto local, desatando un vendaval en los minutos siguientes. Rincón, completando su póker, y el bilbaíno Sarabia, pusieron a Malta contra las cuerdas. Faltaba una diana y quedaban diez minutos en el reloj. Diez minutos que fueron eternos. Tras una jugada a trompicones, un rechace botó a los pies de Señor y este, el mismo que había podido abrir la goleada pero que falló su pena máxima, terminó redimiéndose con un disparo cruzado que entró en la leyenda del fútbol. La victoria sobre Malta se convirtió rápidamente en historia del fútbol español. Los holandeses, incrédulos, hablaron de amaño, y John Bonello, el guardameta visitante, fue acusado en los vestuarios por sus propios compañeros de no haber estado a la altura. La clasificación del equipo español levantó un nuevo clima de euforia alrededor de la selección nacional, muy necesitada de estímulos positivos tras la decepcionante actuación en ‘su’ Mundial.

 

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Fotografía de Imago.