Valencia y Celta se miden este fin de semana en uno de los duelos más sugerentes de la 15a jornada de liga. Cada equipo saltará al tapete de Mestalla a defender el libreto de su técnico: Marcelino García Toral en el banquillo local, Juan Carlos Unzué en el visitante. Dos hombres de fútbol a los que el fútbol vuelve a unir. Sí, porque Marcelino y Unzué se conocen desde hace mucho tiempo.


Una tanda de penaltis constituye quizá la alegoría más intrascendente de la más trascendente duda humana: ser o no ser. En apenas diez disparos uno vive y el otro muere, y el otro muere porque tú le matas. Una lotería, proclama el tópico futbolero. Una especie de ruleta rusa, dirán otros. Quién sabe si fue eso lo que pensaron los componentes de la selección española sub’20 sobre el césped del Estadio Lenin de Moscú en la noche del 4 de septiembre de 1985: una ruleta rusa. Respirar hondo, girar el tambor y disparar a puerta.

En 1985 la cantera de la Federación era una planta que se esforzaba por crecer en plena oscuridad. “Aquel subcampeonato del mundo juvenil fue un éxito cuando no había nada. La sub20 no teníamos ni donde entrenar, nos reuníamos en el campo del Pegaso, con el seleccionador Chus Pereda y otro hombre que hacía de todo: utillero, masajista delegado…”, concede José Aurelio Gay, madridista de cantera e internacional aquel verano. “A principios de los 80 empezamos a lograr esos éxitos que luego han llegado en todas las categorías de la selección. Con el paso del tiempo, ves que fuimos uno de los primeros en una cadena de éxitos que conduce a la Eurocopa 2008”, ratifica Fernando Gómez Colomer, estrella de aquel combinado y futbolista que más veces vestiría la camiseta del Valencia CF.

Un solo dato sirve para ilustrar el impacto que supuso la actuación española en la Unión Soviética, y lo aporta Mohammed Alí Amar, Nayim, inquilino en aquellos días de la recién inaugurada Masia del Barça: “nunca antes en la historia de nuestro país se había emitido un partido de una selección juvenil. Ahora vemos todos los partidos de los torneos sub17, sub19, sub21,.. ¡Incluso en los que no juega España! Pero entonces por poco no retransmiten nuestra final del Mundial”. Desde Tajonar, donde se formó, Ion Andoni Goikoetxea complementa el argumento: “Entonces las selecciones españolas no era como ahora… No solíamos llegar a finales. Nosotros no pensábamos llegar tan lejos… pero llegamos”.

 

“A principios de los 80 empezamos a lograr esos éxitos que luego han llegado en todas las categorías de la selección”, ratifica Fernando Gómez Colomer

 

El 24 de agosto de 1985 había comenzado en la URSS el primer torneo Mundial de la FIFA al otro lado del Telón de Acero. Los primeros soplos de aperturismo corrían por el Kremlin: solo cinco meses atrás, Mikhail Gorbachov había accedido al líderazgo del imperio de la hoz y el martillo. España, en cambio, estaba a punto de cumplir 10 años de su particular perestroika. Muerte de Franco, Constitución, elecciones, golpe de estado, victoria del PSOE e ingreso en la CEE, todo en una década. A España empezaba a no conocerla “ni la madre que la parió”: el destape, la movida, o el divorcio le hicieron un lifting al país gris y timorato que había sido 40 años.

La versión futbolística de aquel proceso, la Quinta del Buitre, estaba a punto de eclorsionar. “Martín Vázquez tendría que haber viajado con nosotros a la URSS”, evoca Gómez Colomer, “pero el Madrid no se lo permitió. Acababa de empezar la liga y él ya estaba con el primer equipo. Yo estaba en la misma situación pero a mí el Valencia sí me dejó jugar el Mundial”. Barça, Madrid, Sevilla y Athletic enviaron a dos jugadores cada conjunto, pero el más representado fue CA Osasuna: Pedro Arozarena, Ion Andoni Goikoetxea y Juan Carlos Unzué.


JUAN CARLOS UNZUÉ

“Era un portero enorme: agilidad y una velocidad tremendas. Él nos llevó a la final. Desde cuartos con algunas paradas y sobre todo en semis con la tanda de penaltis. Creo que hizo tres paradas. Tengo la imagen de Unzué parando un montón de penaltis en Moscú”. El recuerdo de José Aurelio Gay se repite en los testimonios de sus otros compañeros. Los años transcurridos y la excitación del recuerdo parece agrandar la leyenda de Unzué sobre el césped del Lenin. Varios le atribuyen incluso más paradas de las dos que realmente obró. Pero antes de llegar a esa tanda de penaltis decisiva del 4 de septiembre, España había superado otros obstáculos.

“Un año antes habíamos participado en el Europeo de la categoría, también en la URSS”, recupera Fernando. “Fue una experiencia dura, porque estuvimos recluidos en un centro de alto rendimiento de Minsk y la comida era malísima. Pero quedamos sextos y obtuvimos el pasaporte para el Mundial’85”. A diferencia del continental, en el campeonato del mundo la selección de Chus Pereda viajó por diferentes ciudades de una Unión Soviética que realizaba los primeros esfuerzos por abrirse al mundo. “No creo que se notara todavía la perestroika, pero estuvimos en hoteles, salíamos a pasear… En ese sentido mejoramos algo”, concluye el valenciano.

“En Moscú visitamos la Plaza Roja, el Kremlin, las estaciones de metro”, agrega Goiko. “Pero vamos, eran paseos bastante cortos”. Los cuatro ex jugadores se recuerdan impactados por las condiciones de vida en una URSS estancada. Destaca la opinión de Gay: “yo venía de un barrio marginal de Madrid, muy obrero, y me llamó la atención que todo era muy gris, muy oscuro. Me llamaba la atención la gente mayor que veías con un cepillito recogiendo colillas. Así sobrevivían. La URSS me pareció muy grande pero a la vez muy gris”.

Nayim, en cambio, no oculta una frustración comprensible en cualquier chaval de 19 años: “No podíamos hablar con las chicas rusas, porque si hablaban con occidentales se podían buscar problemas con la policía”. ¿Entonces? A falta de ligues y 10 años antes de que saliera la PlayStation… ¿cómo transcurrieron las dos semanas de concentración? “Pues jugábamos mucho a la pocha, paseábamos y básicamente deseábamos que llegase el siguiente entrenamiento para poder divertirnos”.

 

“No podíamos hablar con las chicas rusas, porque si hablaban con occidentales se podían buscar problemas con la policía”

 

España debutó el 24 ante Arabia Saudita con empate a cero, cayó 2-0 ante Brasil en el segundo encuentro y llegó al último partido de la fase de grupos teniendo que vencer a la República de Irlanda por más de un gol. “Teníamos las maletas preparadas”, confiesa Fernando. Y los otros tres componentes de la expedición lo ratifican; alguno incluso no disimula las ganas por regresar. Pero después de que Fernando marcara dos goles todo parecía posible. También que Irlanda empatase, que es lo que sucedió. Cuando peor estaban las cosas, un doblete de Sebastián Losada -que tres años después sufriría una remontada aún más improbable ante el Leverkusen en la final de la Copa de la UEFA de infausto recuerdo perico- permitió lograr la renta deseada. España seguía en el Mundial pero dejaría Tiblisi. En Ereván esperaba Bulgaria en cuartos.

Varios de los implicados en aquel partido sitúan a Hristo Stoichkov en el equipo rival. Lo cierto es que la futura estrella blaugrana no participó en el torneo, a diferencia de otros grandes jugadores búlgaros (Penev, Kostadinov, Balakov) que junto a él protagonizarían nueve años después la gran sorpresa del Mundial absoluto en Estados Unidos. Ese encuentro de cuartos, además de los paradones de rigor de Unzué, contó con otro gran protagonista. Nada mejor que tirar de hemeroteca para recordarlo.


MARCELINO GARCÍA TORAL

“Como ya ocurriera en 1964 durante la Eurocopa de Naciones, el que ha sido el mayor triunfo hispano en lides internacionales, cuando se ganó a la URSS en el Bernabéu, otro Marcelino, esta vez un dicharachero y chiquitín asturiano, abrió de par en par las puertas de la victoria con un gol que podría haber firmado el mismo Pelé”. La nota de la Agencia EFE que publicó Mundo Deportivo el día después al encuentro con Bulgaria suena inflamada de ardor patriótico. ¿Cómo fue en realidad aquel tanto, Fernando? “La verdad es que fue un buen gol, una volea que entró después de botar casi cerca de la escuadra”. Gómez Colomer recuerda bien aquel partido, porque él marcó el segundo tanto de la tarde.

Gay nos perfila al propietario del dorsal 2 de España (y ojo, no jugaba de lateral): “Interior derecho, pequeño, muy dinámico, de calidad, buena pegada desde fuera del área… Marcelino suponía una muy buena mezcla de brega y calidad técnica”. Surgido de la cantera de Mareo, no tardaría en debutar con el primer equipo del Sporting justo a su vuelta de la URSS. Pero con ese 2-1 a los búlgaros en cuyo marcador colaboró, Marcelino no hizo sino postergar el regreso. Y hubo que comunicarlo a las familias.

“Lo de llamar a España era una odisea…” Te tenían que dar hora en el hotel para poder llamar a casa, hasta que aquel día encontramos una línea en el estadio de Ereván y ahí estuvimos todos los jugadores esperando para avisar de que habíamos ganado, y nos teníamos que ir a Moscú las semifinales”, confiesa Fernando. Sin embargo, Goiko revela que no todas las llamadas eran a los padres: “Había muchos problemas con el teléfono, el cambio de hora… todos andábamos empezando a salir con las novias. Y Fernando siempre estaba llamando a la suya”.

Los chicos de Pereda se dispusieron a saborear unos días en Moscú, la ciudad que apenas cinco años antes había albergado los Juegos Olímpicos. El rival en las semis, la anfitriona Unión Soviética. El escenario, el majestuoso Estadio Lenin -que 33 años después, desprovisto de pistas de atletismo y de su nombre revolucionario, acogerá la final del Mundial absoluto-. “Fíjate si había poca costumbre de ganar títulos que las primas se negociaron antes de la semifinal porque nadie contaba con que llegásemos tan lejos”, admite Nayim. “Alguien intentó hacernos una tortilla de patatas para animarnos, y la verdad es que nos supo a gloria”, paladea Goiko.

Pero como todo el recorrido de esa España juvenil, dejar fuera a la anfitriona no fue sencillo. Se adelantaron los locales y no igualó Losada hasta el minuto 70. Ya en la prórroga Ivanauskas pasó a la URSS con pie y medio en la final… hasta que el propio Goiko, pasado el minuto 120, se encontró un balón servido por Mendiondo, lo controló y antes de que se le echara encima un cuerpo soviético, le aplicó el interior para filtrarlo cerca de la escuadra.


LA TANDA DE PENALTIS

Una tanda de penaltis constituye quizá la alegoría más intrascendente de la más trascendente duda humana: ser o no ser. Y aquella noche España escogió ser. Allí, sobre el césped del estadio Lenin, unos muchachos que apenas habían salido de su país antes, rompieron el cascarón. Marcelino Garcia Toral, hijo de un leñador de eucaliptos asturiano, marcó su penalti en Moscú. En YouTube se le ve con un aspecto muy parecido al que tiene hoy el entrenador del Valencia: complexión delgada, ojos inquietos, pelo peinado a raya. Juan Carlos Unzué, hijo de un molinero navarro que mezclaba forrajes y alfalfa, paró dos penaltis en la URSS. En YouTube se le ve con un aspecto muy parecido al que tiene hoy el entrenador del Celta: complexión delgada, sonrisa ladeada, pelo de punta.

Quizá aquella noche que España escogió ser, también Marcelino y Unzué escogieron ser: ser fieles a una pasión. “En aquella selección estaban Unzué, Marcelino, Lopetegui, Mendiondo, yo mismo y Nayim… Muchos entrenadores. Y eso solo se explica por la pasión que teníamos por el juego”, advierte Gay. “Marcelino era mi compañero de habitación, lo fue siempre durante el torneo”, advierte Fernando. “Ya entonces Marcelino tenía una personalidad reflexiva, se preguntaba las cosas, por qué se ganaba o se perdía…”. Goiko, que conocía a Unzué desde el primer año de juveniles, no pudo en cambio imaginar el futuro entrenador que se escondía en el portero. “Nada, imposible, pero tampoco lo intuí cuando coincidí con Pep Guardiola”, bromea.

España perdería aquel Mundial ante Brasil (1-0 en la prórroga), pero a su manera ganó más que un trofeo. “Fuimos el germen de lo que hay ahora: metodología, entrenadores, instalaciones”, reivindica José Aurelio Gay. “Es un Mundial olvidado, que fue importante para España pero no ha sido recordado”.

Tal vez hoy, al saludarse, Marcelino y Unzué sí lo recuerden. Tal vez se susurren aquella tanda de penaltis y por una fracción de segundo vuelvan a estar sobre el césped del estadio Lenin de Moscú una noche de verano de 1985.