Me encontraba en el bello proceso de aplicar por una acreditación por un partido. Era el primer choque de pretemporada del Wigan, y en esas que entablé conversación con el jefe de prensa sobre las condiciones tecnológicas de las que disponía el club. Había estado en varios estadios de fútbol por el país donde no había conexión wi-fi. Yo normalmente he acostumbrado a depender del dos por uno en pizzas del supermercado, hasta que han llegado los días en los que lo hago del acceso inalámbrico a Internet. En fin. El caso es que en aquel partido me era indispensable para trabajar, y le pregunté al encargado del club si tendrían de eso de la forma más cordial que pude. Me respondió a los cinco minutos: “Lamento comunicarle que no va a ser posible. Aquí funcionamos solo con fax y palomas mensajeras”. Cómo no querer al Wigan.

Fue doloroso llegar al DW Stadium y encontrarme con Internet tras tan lúcida respuesta. En cualquier caso, la primera vez que fui a ver el Wigan fue hace tres años, estaban en Championship y aspiraban al ascenso a la Premier. Les entrenaba un alemán, Uwe Rösler. Leí que llegó del Brentford, entonces en League One, y aún me desconcertó más. ¿Qué narices hacía un alemán escalando en el infrafútbol inglés. El Wigan empató ese partido, un 2-2 contra el Reading, jugando de forma bastante triste. Rösler sería destituido a mitad de temporada y el equipo acabaría descendiendo a tercera el año que pretendía subir. Un puto drama. Como jugador, Uwe Rösler jugó cuatro temporadas en el Manchester City y descendió en dos de ellas. Otro puto drama. Y la realidad es que, actualmente, este alemán es un ídolo absoluto del purismo ‘sky blue’. Una puta genialidad.

De hecho, hasta hace poco se entonaba en el Etihad Stadium el “Uwe, Uwe Rösler” al ritmo de Go West de Pet Shop Boys. Este tipo alemán se plantó en Inglaterra a mediados de los noventa con el fin de encontrar algún equipo que lo acogiera. Decía haber jugado en el Dynamo de Dresden y no lo conocía ni Dios. El Middlesbrough lo rechazó y acto seguido fue ofrecido al City, que lo probó con los reservas. El técnico ‘citizen’ en 1994, Brian Horton, lo vio jugar. “Bueno, pasa el balón a gente vestida de azul cielo y ha hecho un gol. Es mejor que lo que tenemos”, declaró en un argumento más que sólido. Entonces el Manchester City luchaba por mantenerse en la Premier League y pasaba penurias económicas. No tenían dinero ni delantero, así que firmaron a Rösler para su equipo.

 

“Lamento comunicarle que no va a ser posible. Aquí funcionamos solo con fax y palomas mensajeras”. Cómo no querer al Wigan

 

Debutó a los tres días de aquella prueba, en Loftus Road, pese a no haber jugado ni un partido en seis meses debido a una lesión. El City empató a uno ante el QPR y su gol lo anotó Rocastle, a pase de tacón del tipo alemán. En los últimos 12 partidos de liga, Uwe Rösler transformó cinco tantos para mantener aquel año al equipo en la máxima división. Keith Curle, capitán entonces del City, le definió así en la BBC: “No era el jugador más elegante con el balón en los pies, pero tenía un comportamiento y un nivel de trabajo fenomenales. Entonces no teníamos el sistema de GPS, pero me hubiera gustado saber cuanto campo cubría”. Su entrega cautivó a unos fans acostumbrados a la falta de brillantez, a la par que agradecidos con hombres como Rösler. “El mínimo requisito de los aficionados que ven a su equipo es ver que sus jugadores lo han dado todo por su camiseta. Como capitán, sabia que Uwe siempre lo daría. Esta es la razón por la que lo quisieron tanto”, declaró Curle. Los cánticos con su nombre arrancaron desde el primer día. Uwe Rösler se convirtió en una especie de héroe de culto en el club. La devoción hacía él no paraba de crecer, hasta que se creó un cántico en las gradas totalmente ficcionado, pero que engrandecía esa imagen de ser indestructible. Maine Road llegó a cantar que “el abuelo de Uwe Rösler tiró una bomba en Old Trafford”, en referencia al ataque de la Luftwaffe que destruyó la grada de Stretford End durante la Segunda Guerra Mundial.

Alguna bomba sí que soltó. El delantero alemán tuvo un total de siete entrenadores durante sus cuatro años en el club y mantuvo ciertos encontronazos con otro mito del entidad, Alan Ball, que lo dirigió. A pesar de esto, el club decidió seguir contando con él. “A la gente le gustaba porque marcaba algunos goles, pero lo amaban por su actitud de no dar un balón por muerto”, relató su primer entrenador, Brian Horton. En la segunda temporada, descendió con el equipo a segunda. Dos años más tarde, a tercera. En 1998, tras alrededor de 50 goles en cuatro campañas, abandonó la disciplina del club. Siguió su carrera en varios equipos: Kaiserslauten, Tennis Borussia Berlin, otro breve e infructuoso periplo por Inglaterra con Southampton y West Brom, para acabar con el SpVgg Unterhaching de cuarta alemana y el Lillestrom danés. Corria 2003 cuando militaba en su último club y se le diagnosticó cáncer. Rösler dejó el fútbol para luchar contra la enfermedad. En Mánchester nadie se olvidó de Uwe: “Descansaba en el hospital, en pleno tratamiento, y un amigo de Inglaterra me llamó. Estaba en un partido del City y me gritó ‘¿lo oyes? ¿puedes oirlo?’. La gente estaba cantando mi canción”.

DEL CAMPO A LOS BANQUILLOS

Su camino como entrenador arrancó en el mismo Lillestrom en el que el cáncer le apartó del terreno de juego. La primera gran hazaña que consiguió fue la salvación del Molde del descenso en 2010. Un año más tarde, se movería a Inglaterra. Se fue a vivir en Stockport, localidad cercana a Mánchester en la que residió como futbolista del City y donde se siente “como en casa”. En 2011 le llegó la oportunidad del Brentford. Su buen rendimiento no pasó desapercibido, y al cabo de dos temporadas el Wigan llamaría a sus puertas para redrezar el rumbo del equipo. Salvó a los norteños en su primera media temporada, pero no acabó la última por malos resultados. En 2015 fracasó en Leeds y, actualmente, el Fleetwood Town de League One ha confiado en él para liderar su proyecto.

De niño, Uwe creció en la Alemania del muro. A los 11 años dejó su casa para enrolarse en una academia de especialización deportiva de la Alemania del Este y allí un policia le pidió que se convirtiera en espía de los cuerpos de seguridad en aquella academia. Su padre y su entrenador lo protegieron, y dijo ‘no’ a la propuesta. También tuvo problemas con la Stasi. Abandonó su país en un intento a la desesperada de subirse de nuevo al tren del futbol, después de sufrir una grave lesión, y haciendo balance no le salió mal: entró en el ‘salón de la fama’ del Manchester City en 2009, admitió haber llorado cuando el City ganó la FA Cup de 2011, su primer gran título de los últimos años, y estuvo en el estadio cuando ganó la Premier League en 2012.

Hoy en día, el apellido Rösler vuelve a estar muy presente en Mánchester. Su hijo mayor juega en la cantera del Manchester City, en el equipo sub-18. Ha debutado con las inferiores de Inglaterra, así como con las de Noruega, país del que posee la doble nacionalidad. Su padre sueña con verle algun día donde él no llegó a jugar, en el Etihad Stadium, ante la imponente tribuna principal. La grada debe su nombre a una de las grandes leyendas del club: Colin Bell. Adivinen ahora por qué el talentoso hijo se llama Colin Rösler. El padre tiene algo que ver.