La Barcelona de los años 20, ciudad de pistoleros y anarquistas, alumbró también los primeros grupos radicales: la Peña Ibérica, del Espanyol, y la Penya Ardévol, del Barça.

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*Ilustraciones de Pep Boatella. Foto de portada (La Vanguardia / Forum Samitier)
Reportaje incluido en el #Panenka47, monográfico sobre ultras

A zapatazos, algunos hinchas rompieron las sillas de madera. Unos cuantos restos acabaron lanzados al terreno de juego, otros se usaron como garrotes. Aunque la mayor parte de los espectadores optaron por buscar en los bolsillos, sacar monedas y lanzarlas contra los jugadores rivales y la Guardia Civil. Volaron los puñetazos y algunos, intentando escapar de las peleas, acabaron por los suelos, pisoteados por otros seguidores. En la grada reinó el caos. En el terreno de juego, también, con los futbolistas a tortazo limpio.

El 23 de noviembre de 1924 marcó un antes y un después en el fútbol barcelonés. Ese día, el partido FC Barcelona-Espanyol no se pudo terminar por culpa de una pelea monumental entre los jugadores en el campo, y los hinchas en la grada. Por primera vez, grupos organizados se buscaron sin disimulo. La Peña Ibérica, formada por militantes de movimientos políticos de derechas, muchos de ellos jugadores de la sección del Espanyol de rugby, y los chicos de la Penya Ardévol del Barça, miembros de la sección de lucha greco-romana relacionados con círculos catalanistas, midieron sus puños en las gradas del viejo campo de Les Corts. Fue el famoso ‘derbi de la calderilla’, llamado así por la cantidad de monedas lanzadas. Fue un auténtico escándalo. Tanto, que el partido no se pudo acabar hasta el 15 de enero de 1925, sin público por orden de las autoridades militares. A partir de ese encuentro la presencia de miembros de la Guardia Civil se dobló cuando jugaban Barça y Espanyol, ya que los miembros de ambas peñas se buscaban. En los años 20, las agresiones a hinchas rivales empezaron a ser constantes.

En una época en que la gente se ponía un buen traje y sombrero para ir al fútbol, la pelea pilló por sorpresa a muchos. También el fútbol se vio manchado por el clima de tensión que se vivía entonces en la ciudad. Barcelona, en general, era una bomba de relojería y estos primeros grupos violentos en los estadios se deben entender como hijos de la situación política del momento: eran años de pistolerismo, de terrorismo y del Golpe de Estado de Primo de Rivera. La Ciudad Condal se había convertido en un laboratorio de movimientos políticos y muchos de ellos tenían sus grupos de acción. Anarquistas, socialistas, nacionalistas, carlistas y los primeros grupos que miraban con interés lo que sucedía en Italia con el fascismo convertían a la capital catalana en una ciudad difícil de controlar para el gobernador civil, el General Losada. Terrorismo represión policial estaban a la orden del día de una ciudad decidida, a la vez, a estar a la última moda con conciertos, exhibiciones y nuevos deportes. Cada semana nacía una nueva asociación. Y el fútbol ya era el ‘deporte rey’, con miles de hinchas llenando los estadios. Estadios que poco a poco, también empezaron a ser escenario de reivindicaciones políticas, como el famoso abucheo a la Marcha Real en el campo del Barcelona que, en 1923, provocó una dura sanción al club azulgrana. El Barça se escoraba hacía el catalanismo mientras un club como el Júpiter ganaba fama como entidad apoyada por anarquistas. Como reacción, militares y funcionarios destinados en la ciudad se acercaron al Espanyol.

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Ese 23 de noviembre de 1924 se calcula que unas 30.000 personas no se quisieron perder el gran partido del Campeonato de Catalunya entre el Barça y el Espanyol en el campo de Les Corts, feudo barcelonista. El encuentro generó tanto interés que algunos pasaron la noche haciendo cola para comprar las entradas. Miles se quedaron fuera para ver en acción a un Espanyol que llegaba mejor, por delante en la tabla. El Barça venía de perder con el Sabadell y no podía fallar más.

El partido fue muy duro. El barcelonista Paulino Alcántara, por ejemplo, le fracturó la mandíbula al salvadoreño Ricardo Saprissa en un intento de rematar la pelota. Después, Patricio Caicedo le pegó patadas al ídolo local Josep Samitier y éste se revolvió con violencia, siendo expulsado. Pelayo Serrano, el árbitro, empezó a ser el blanco de las monedas lanzadas por los hinchas y cuando en el terreno de juego los futbolistas pasaron de los pies a las manos, en la grada los imitaron. Entonces, los hinchas estaban mezclados y los miembros de la Penya Ardévol y la Peña Ibérica se buscaron. Las crónicas de la época hablan de “palos y bastones”. El caos fue tan grande que la Guardia Civil necesitó refuerzos para vaciar las gradas. Manuel Torres, el delegado del Barça, recordó años más tarde que estuvo días encontrando monedas sobre el terreno de juego.

Si muchos hinchas se dejaron llevar por el calentón, los miembros de estas peñas, no. Ellos actuaron con la cabeza fría. La violencia con la que actuaban también respondía al clima de tensión que vivía la ciudad. El FC Barcelona ya se había posicionado al lado del catalanismo político y algunos miembros de esa Penya Ardévol militaban en grupos catalanistas próximos a la Lliga Regionalista. Por el contrario, la Peña Ibérica tenía en sus filas a diferentes personas que, tiempo después, destacarían por su militancia en la extrema derecha españolista. De hecho, muchos de los miembros de la Ibérica participarían en 1932 en la fundación de la sección local de las JONS de Barcelona después de años de militancia en diferentes grupos y asociaciones. José Clapés, uno de los nombres destacados de la peña en sus primeros años, llegaría a ser alcalde franquista de Terrassa, ciudad en la que la Peña Ibérica gozó de mucho apoyo, y en la que se produjeron detenciones de decenas de sus miembros durante la República, en 1934.

Nacida con el nombre de Peña Deportiva Ibérica en 1923, este grupo rápidamente renunció a la palabra ‘Deportiva’. Muchos de sus miembros eran jugadores de la sección de rugby del Espanyol. Bien organizada, la peña llegó a publicar dos semanarios, Lucha Deportiva y La Verdad Deportiva. En sus páginas, se hablaba del club, de deportes y, cómo no, de política. Y los ataques al Barcelona eran constantes, por su “matiz antiespañol y separatista”. El rival era denominado ‘Barsa’ pues se negaban a usar la ‘ç’ catalana y en 1927 definían el campo de Les Corts como “una pocilga” llena de “traidores”.

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Los días de partidos se reunían cerca del estadio de Sarrià y la prensa humorística de la época, como el semanario Xut!, los recuerda amenazando a los futbolistas cuando estos no jugaban bien. Además, organizaron desplazamientos, como el de la final de Copa de 1929 en Valencia, cuando las autoridades los marcaron de cerca.

Pese a ciertas similitudes con los grupos de hinchas nacidos en la Transición, esta peña era diferente en un aspecto: llegaron al fútbol ya politizados, no se politizaron en las gradas. Además, veían los estadios como otro escenario más donde actuar. Eran gente de acción, que ya tenían sus cicatrices de años de lucha política en las calles.

GENTE DE ACCIÓN

Según el profesor José Fernando Mota Muñoz, “la Peña Deportiva Ibérica se separó en 1923 de los Grupos Esportivos Iberia, nombre bajo el que se camuflaba la actividad de los grupos de choque de la Juventud Tradicionalista, a los que encontraban demasiado tibios en su españolismo”. Ya desde su nacimiento, pues, la peña destacó por su radicalismo, uniendo a jugadores de rugby, funcionarios y miembros de grupos de derechas en busca de acción. Incluso contó con algunos militares, como el teniente José Solano Latorre. En sus filas también se dejaron ver miembros de los Sindicatos Libres que protagonizaron una auténtica guerra con los anarquistas por las calles de Barcelona durante esos años. Decenas de personas perdieron la vida en una época de pistoleros y asaltos. Los Sindicatos Libres, que nacieron como reacción a los sindicatos de izquierda, tenían en sus filas a personas como José Luis Laguía, miembro de la Peña Ibérica y sospechoso de organizar el asesinato del famoso anarquista Salvador Seguí, ‘el noi del Sucre’, en el barrio barcelonés del Raval en 1923. El mismo Laguía solía ir con guardaespaldas: tres de ellos resultaron heridos cuando pistoleros anarquistas buscaron venganza disparando contra ellos en el bar Alhambra de Manresa. Laguía salió ileso del atentado.

Una de las almas de la Peña Ibérica fue José María Poblador. Carlista de cuna, Poblador se pasó la vida tejiendo hilos contra el republicanismo, virando cada vez más hacía la derecha. Inspirador del semanario Reacción, fue miembro fundacional de la sección local de las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista (JONS) e incluso conoció a Benito Mussolini en Roma. Poblador sobrevivió a la Guerra Civil pese a ser detenido, a diferencia de otros miembros de la Peña como Francesc Palau i Rabassó, quien fue presidente de la Unión Social Hispánica y al que algunos citan como fundador de la Ibérica. De Palau i Rabassó se desconoce el lugar donde fue ejecutado, aunque seguramente fuera cerca de los Pirineos, en plena retirada republicana.

La Peña Ibérica sobrevivió hasta mediados de los años 30, cuando con la proclamación de la II República la situación cambió. El neurólogo José María Albiñana, fundador del Partido Nacionalista Español, reclutó a algunos de sus miembros ya que admiraba su “carácter combativo”, en unos tiempos complicados para los grupos de derechas. En aquella época, era habitual encontrar a la peña participando en casi todos los intentos de unificar a la derecha españolista barcelonesa, aunque “a pesar de colaborar en intentos unitarios, siempre mantendría su autonomía organizativa y su predisposición a la acción directa”, según el profesor Mota Muñoz.

En 1934, cuando las competencias de seguridad pasaron a la Generalitat, muchos de sus miembros fueron detenidos y la Peña se cambió el nombre por el de Centro de Cultura Ciudadana. Curiosamente, en esa época muchos partidos de derechas se camuflaron como entidades deportivas, incluso la Falange Española de Barcelona. Eran los últimos coletazos de la Peña Ibérica.

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EL MISTERIO ARDÉVOL

De sus rivales barcelonistas de la Penya Ardévol queda menos información. Aunque parece evidente que dependió mucho de la figura de su fundador, un tipo tan popular como para darle nombre al grupo. La figura de Emili Ardévol es oscura. Durante los años 20 ganó algunos torneos locales de lucha greco-romana y llegó a disputar duelos con deportistas extranjeros que venían de gira, luchando ante más de 5.000 espectadores. En los años 30, arbitró combates que llenaban recintos tan grandes como la Plaza de las Arenas. “No tenemos controlada ninguna foto ni de Ardévol, ni de la sección de lucha greco-romana del Barça”, admite Manel Tomás, del Centro de Documentación y Estudios del FC Barcelona. La Penya Ardévol tuvo menos recorrido que la Peña Ibérica y su trayectoria, diluida a finales de la década de los 20, fue más corta y muy relacionada con los cuatro años de vida de la sección de lucha greco-Romana.

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Fue durante los años 20 cuando el club azulgrana, en plena expansión, reafirmó su carácter polideportivo con el nacimiento de varias secciones. Entre 1924 y 1928, la entidad tuvo un equipo de lucha greco-romana con Emili Ardévol como su cabeza visible, aunque la experiencia duró poco y no consiguió grandes hitos. Sobre su figura circula la leyenda de que fue olímpico. Incluso se llegó a decir que ganó una medalla en los Juegos de París de 1924. La documentación desmonta la teoría: ningún Ardévol participó en unos Juegos Olímpicos durante la década de los años 20. Y la única participación española de la época -en la edición de 1924, sí- estuvo formada por el aragonés afincado en Badalona Domingo Sánchez, y los catalanes Jordà Vallmajó, Francesc Solé y Eladi Vidal, según la investigación del especialista Fernando Arrechea. Ni rastro de Ardévol en París, pues.

El misterio Ardévol sigue, y podría ser el mismo Ardévol que durante los años 30, y sin que se citara su nombre de pila, lideraba los escamots de la Lliga Regionalista, el partido catalanista conservador que perdió peso político en favor de Esquerra repúblicana de Catalunya. Con el tiempo, Ardévol y miembros de su penya podrían haber acabado en la órbita de Estat Català, el partido independentista fundado en 1922. Militantes de esta formación ya habían participado antes, en 1931, en el asalto a la sede de la Peña Ibérica durante la misma semana de la proclamación de la República, y no se puede descartar que algunos hubieran formado parte de la Penya Ardévol. En 1936, militantes de Estat Català saltaron al césped durante un Barça-Espanyol, intentando agredir a los jugadores visitantes al grito de ‘fascistas’. El Espanyol, por cierto, quemó sus registros de socios en 1936 para evitarles problemas a algunos de ellos.

Muchos miembros de la Ibérica y la Ardévol no sobrevivieron a la guerra. Y su recuerdo, especialmente el caso del grupo azulgrana y catalanista, se difuminó sin dejar rastro.