Armenios que escapaban del genocidio, del que hace unos meses se cumplieron 100 años, llegaron a Francia. Allí una familia se abrió paso con un balón: los Djorkaeff. Recuperamos este reportaje del #Panenka40


 

Cuando Garo y Teopiste se conocieron ya estaban solos en el mundo. Sus padres habían desaparecido, aunque ellos los suponían muertos. Garo era un chico decidido que soñaba con conocer América. Había nacido en la costa, en Cesarea, ciudad actualmente dentro de Israel pero que entonces estaba controlada por los otomanos. Teopiste, más joven, no sabía su edad. Nacida en Bursa (Turquía), lo había perdido todo y escapaba hacia Siria, donde contaban que misioneros americanos intentaban salvar a los armenios que escapaban de la muerte. Garo había temido por su vida y había visto con sus ojos cómo soldados turcos asesinaban sin piedad a ancianos y monjes. La tragedia lo ha- bía curtido. Se relataban historias de soldados turcos jugando al fútbol con la cabeza de sacerdotes; de mujeres ven- didas como esclavas. Cuando llegaron a Alepo (Siria), Garo tomó la mano de Teopiste y, aunque no se conocían, ya no se separaron.

Europa estaba preocupada en repartirse el botín posterior al final de la Primera Guerra Mundial cuando, por la puerta de atrás, llegaron miles de armenios explicando historias demoledoras. Después de la Gran Guerra, el Viejo Continente era un océano lleno de personas escapando con pasaportes de imperios desaparecidos o sin documentación. Así nació, por ejemplo, el pasaporte Nansen, convertido en la salvación de millares de víctimas de ese inicio de siglo XX maldito. Garo y Teopiste,ya casados, tenían su pasaporte Nansen cuando llegaron en un barco lleno de refugiados a Marsella. Los más ricos esperaron otro barco para ir a América. Otros pagaron el billete de tren hasta París. Garo Ohanian y su esposa, que no tenían nada más que esperanza, esperaron. Hasta que llegó otro chico armenio y les contó que cerca de Lyon daban trabajo en unas fábricas de tejidos. Las condiciones no era muy buenas, pero se estaba formando una pequeña comunidad. Una nueva casa, en medio de Francia, donde empezar de nuevo.

 

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DE LA COMUNIDAD AL FÚTBOL

En 1922, la Société Lyonnaise de Soie Arti cielle (SLSA) inauguró una fábrica inmensa en Décines, cerca de Lyon. La inversión, según cuentan, fue tan grande que luego los propietarios intentaron ahorrar con el sueldo de los trabajadores. Los sindicatos se opusieron y la empresa apostó por dar trabajo a los armenios que escapaban de la muerte y se amontonaban en Marsella. Centenares de chicos como Garo se vieron atrapados entre dos frentes: no tenían trabajo, así que les parecía genial encontrar uno. Pero los vecinos los menospreciaban pues por su culpa la fábrica se salía con la suya y los sueldos no subían. Los armenios se organizaron en una comunidad cerrada y en pocos años, el 40% de la población de Décines ya era armenia. En los años 30 la cosa cambió, en parte por la llegada de republicanos españoles exiliados e italianos antifascistas. Aún hoy, Décines es la pequeña Armenia de Francia, pues con la caída de la Unión Soviética y la guerra de Siria, han llegado más armenios.

 

Décines se convirtió en la pequeña Armenia de Francia. Tras el genocidio, miles de refugiados empezaron de cero en esta ciudad obrera

 

Décines se convirtió con el paso del tiempo en el destino final de gente que escapaba. Armenios que huían del genocidio, españoles que lo hacían de Franco, rusos que escapaban de Stalin e italianos, de Mussolini. Una comunidad orgullosa y fuerte. En Décines, este 24 de abril, se recordará, como cada año, el genocidio de los armenios en tierras turcas. Ese genocidio negado por Turquía que ha marcado para siempre a los armenios, destinados a una diáspora por medio planeta, pues no todos encontraron refugio en ese pequeño estado que fue Décines. “El 24 de abril de 1915, el gobierno turco ordenó el asesinato de 600 intelectuales y políticos armenios en Estambul. Fue el preludio de la masacre de más de un millón de armenios, aunque nunca hay acuerdo sobre la cifra final de fallecidos”, cuenta Micha, uno de los directivos de la Union Générale Arménienne, o UGA, club de fútbol fundado por los armenios en Décines. Antes de esa fecha, muchos armenios ya habían sido exterminados y grupos armados de éstos habían asesinado a militares turcos para reivindicar el derecho a vivir con su propia lengua y cultura. La represión fue cruel, pues una orden del gobierno central estipuló la deportación de toda la población armenia, sin posibilidad de cargar los medios para la subsistencia, y su marcha forzada por cientos de kilómetros, atravesando zonas desérticas. Entonces, los armenios vivían por todo el Imperio, también en zonas alejadas conocidas como ‘Gran Armenia’. Era el caso de Estambul o Bursa, la ciudad de Teopiste. El gobierno turco niega que fuera un genocidio, aunque tampoco desmiente los hechos. Garo y Teopiste perdierdon a sus familias en esas deportaciones. Pero pudieron llegar a Alepo y de allí, meses después, a Francia.

“La UGA nació como una entidad que ayudaba a la integración y organización de los refugiados, aunque rápidamente se creó el equipo de fútbol”, concede Micha. “Mi abuelo fue uno de los chicos que organizó todo esto. Como no tenía dinero para poder irse a los Estados Unidos, se quedó en Décines. Y con el tiempo y algunos ahorros la familia pudo comprar el Café des Sports, centro de la vida social de la comunidad”, añade.

Micha, un hombre camino de los 45 años, tiene los ojos rasgados, unas facciones exóticas y risa agradable. “Los ojos son cosa del padre”, sonríe. Aunque se considera armenio, solamente la familia materna lo es. La familia del padre escapaba de otra guerra, la guerra civil rusa, y era de etnia calmuca, un pueblo de origen mongol de confesión budista que, con el tiempo, arraigó cerca del Mar Caspio. Allí, el abuelo paterno de Micha luchó contra los soviéticos formando parte de los ejércitos blancos zaristas. Derrotado, escapó. Y su hijo acabó casado con una armenia. “Estamos orgullosos de nuestros orígenes, aunque nos criamos en un entorno armenio”, comenta Micha. “Por eso mi hermano acabó de presidente del UGA en 2007”. El hermano es Youri, el orgullo de la familia: Youri Djorkaeff.

Youri Djorkaeff ends his Professional Soccer Player Career

UNA CAUSA CENTENARIA

Campeón del Mundo en 1998, Youri Djorkaeff vive entre Francia y Nueva York. “Nunca ha olvidado sus orígenes. Siempre ayudó a la comunidad y al club”, comenta su hermano, pues los primeros goles los marcó con el UGA, actualmente presidido de forma honoraria por él, y liderado por sus hermanos y su padre en los despachos. Su padre, Jean ‘Tchouki’ Djorkaeff, dirige la parte deportiva del club, actualmente en séptima división. ‘Tchouki’, por cierto, bautizó a Youri con este nombre en honor al protagonista de Doctor Zhivago, el libro de Boris Pasternak que le recordaba la azarosa historia de su familia. Casado con una armenia, Jean, quién llegó a ser capitán de Francia y que ganó títulos con el Marsella, se retiró en el UGA, entonces en la cuarta división. Ahora, en el club ya juega una cuarta generación de miembros de la familia, pues los hijos de Micha se visten de corto con los colores del club fundado por el abuelo materno. La familia, pues, ha crecido en Décines entre fútbol y arte, ya que los primos de Youri son fotógrafos, como Rajak, o artistas, como Melik. “Es una cosa familiar. Mi abuelo y mi tío fueron claves en el nacimiento de la UGA. El Café Des Sports era como un punto de reunión. Los refugiados ya amaban el fútbol. Detrás dejaron clubes que habían fundado en sus tierras natales, así que aquí empezaron de nuevo”, evoca Micha, quien también fue jugador sin llegar a las cotas de su hermano. En Décines, esta comunidad empezó de nuevo, aunque no fue fácil. Además de no ser bien recibidos, tuvieron los peores trabajos. Sin embargo, cuando los armenios destacaron en su lucha contra los nazis, la cosa poco a poco cambió.

 

Los refugiados fundaron la UGA para fomentar la integración. Hoy en este club ya juega una cuarta generación de armenios

 

Con un padre futbolista y mucho talento en los pies, Youri Djorkaeff no vivió los años duros, aunque eso no evitó su identificación con la causa armenia. La familia ha participado en campañas pidiendo el reconocimiento oficial del genocidio, negado por el gobierno turco, y el exjugador ha visitado en diversas ocasiones el estado armenio. “Mi abuelo Garo consideraba Francia el país más bello del planeta. En vez de ahorrar para poder ir a Estados Unidos, se quedó, compró el café y después de la guerra, un almacén de productos americanos”, explicaba a los medios de comunicación armenios antes de un partido entre Francia y Armenia. Garo, el abuelo, ganaba dinero con los almacenes y su hijo Rajak, tío del futbolista, se quedó el local. Youri, pues, creció en una casa en la que su madre le obligó a aprender el himno armenio, y se de ende hablando el idioma aunque admite que no lo puede leer, pues este idioma tiene un alfabeto diferente, ese que se puede ver en el escudo de la UGA.

La identificación de Djorkaeff con la causa armenia también le creó algunos problemas. En el año 2000, antes de un partido entre Turquía y Francia en Estambul, recibió amenazas de muerte y pactó con Roger Lemerre no viajar. El encuentro se jugaba poco después del reconocimiento del senado francés del genocidio armenio, unos honores que llegaron después de meses de campaña con figuras como el cantante Charles Aznavour (su apellido es Aznavourian, también armenio) o Djorkaeff como caras visibles. Actual- mente solo 22 países han reconocido el genocidio. Entre ellos no se encuentran España, EEUU, Israel o Alemania, que evitan utilizar esta palabra para referirse a las matanzas indiscriminadas de armenios por parte de Turquía, pues les interesa seguir manteniendo buenas relaciones con el gobierno de Ankara.

El fútbol permitió a Djorkaeff jugar un partido con Francia en Ereván, la capital armenia, donde fue recibido como un héroe cuando llegó en 1999 con los franceses, entonces campeones del mundo. “Fue recibido como un presidente. Nos contaron que en 1998 todos los armenios animaron a Francia en la final del Mundial, pues querían ver a uno de los suyos ganando el torneo”. Desde entonces, la familia ha visitado ya en diversas ocasiones el estado y su Museo del Holocausto, aunque las raíces familiares se encuentran en otras zonas, actualmente integradas en países como Turquía o Israel.“Fue emocionante poder visitar Armenia. Siempre crecimos con las historias de nuestros abuelos”, admite Micha, quien con una sonrisa, ni niega ni confirma una anécdota sobre su hermano: cuentan que antes de fichar por un club extranjero, Youri buscaba en el listín telefónico de la ciudad, ya fuera Kaiserslautern, Milán o Bolton, apellidos armenios.Y los llamaba para saber dónde podría comprar comida de su tierra, conocer la vida de la comunidad y hacer amigos. “Podría ser, los armenios nos relacionamos mucho entre sí”, bromea su hermano.

La relación de la familia con Armenia es fuerte. En 1989, un terrible terremoto arrasó el país justo en los últimos años de la URSS y Jean Dkorkaeff lideró la propuesta de organizar un amistoso en Ereván para recaudar fondos. Fue la primera vez que su esposa visitó Armenia y Jean, pese a ser hijo de calmucos, acabó pidiendo ser su seleccionador aunque finalmente no se acabó dando esa situación.

 

En 1999, un año después de ganar el Mundial con Francia,Youri fue recibido en Armenia “como si se tratara de un presidente”

 

100 años después de la dramática fuga de Garo y Teopiste, sus descendientes no olvidan el genocidio en el que fallecieron sus bisabuelos. Lejos de las tierras en las que sus antepasados cantaban preciosas canciones y soñaban con ser felices, se han labrado un futuro. Aunque eso no cambia nada. “El centenario es una fecha especial. Ni podemos ni queremos olvidar. Y no olvidaremos”, dice Micha. Los Djorkaeff, cómo no, participarán en los actos en memoria de esa fecha maldita. El 24 de abril de 1915.