*Texto de Ahmed Rizvi para The National de Abu Dhabi

En la Sudáfrica del apartheid, en los 60, los presos de la infame Robben Island –un grupo de prisioneros políticos entre los que se encontraba Nelson Mandela y Jacob Zuma- reclamaron el derecho de jugar a fútbol como una parte más de sus ejercicios físicos. Tras serles denegada la petición durante tres años, un tiempo en el que fueron objeto de torturas regulares, palizas y durísimos trabajos forzados, persistieron hasta ver realizado su deseo. Así nació, en 1966, la Asociación de Fútbol de Makana, un organismo formado por los propios reclusos.

Durante los 20 años posteriores, este ente organizaría una liga de equipos de ocho jugadores en la que participaban 1.400 prisioneros, siguiendo de forma estricta las normas de la FIFA. A Mandela, eso sí, se le impidió vestirse de corto e incluso acudir como espectador a los partidos. En Robben Island se retenía a presos de historiales diversos, que a su vez estaban vinculados a distintos grupos políticos. Pero la agenda política y las disputas quedaron a un lado cuando todos se unieron por el amor al fútbol. Una historia increíble, apasionado símbolo de la resistencia, que ha sido recogida en More just a game, de Chuck Korr y Marvin Close: un libro que se ha llegado a describir como el más grande relato futbolístico jamás contado.

Desde el comienzo de la guerra, en 2011, unos 200 futbolistas han abandonado el país. Algunos han creado la selección de ‘Siria Libre’

Difícilmente alguna de las personas implicadas en cualquiera de los bandos del conflicto de Siria habrá oído hablar de dicha obra. El fútbol en un país como el sirio, maltratado por la guerra, está lejos de ser considerado un arma de unión. Al contrario: las partes beligerantes no dudan en utilizarlo como herramienta de propaganda.
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FÚTBOL EN GUERRA

El régimen ha sido acusado de encarcelar y torturar a disidentes, entre los que también se cuentan futbolistas. Abdelbasset Saroot, exportero de la selección sub-20, es una figura de culto entre la resistencia al régimen de Bashar Al-Assad. Tomó las armas a favor de la causa opositora cuando Mosab Balhous, un antiguo compañero en el Al Karamah de Homs, fue arrestado y encarcelado en agosto de 2011 después de que las fuerzas gubernamentales lo acusaran de dar cobijo a rebeldes armados.

Balhous, que juega de portero, ya ha vuelto al equipo nacional. No le ha ocurrido lo mismo a un delantero considerado por muchos como uno de los mejores jugadores que ha dado Siria, Firas Al Khatib, que sigue negándose a vestir la camiseta de la selección como gesto de solidaridad hacia la oposición. Al Khatib actúa en el Al Arabi de Kuwait, donde aterrizó tras pasar una temporada en el Shangái Shenhua chino. Este delantero no es el único futbolista que ha abandonado Siria en los últimos años. Se estima que unos 200 jugadores se han marchado del país desde el levantamiento de 2011, y solo un puñado de los que formar parte de la actual selección nacional todavía reside allí.

La selección disputa sus encuentros fuera del país. Solo nueve seguidores presenciaron su victoria ante Afganistán

Algunos de los jugadores desplazados se han unido a antiguos combatientes del Ejército Libre de Siria, y a refugiados que viven en las vecinas Líbano y Turquía, para formar lo que denominan el ‘Equipo Nacional Librede Siria’. “Es un asunto político, ya no es fútbol”, dice Mohammed Muselmani, uno de los jugadores que dejó su país tras el estallido de la Guerra Civil. “La oposición quiere crear una selección separada, mientras que los afines a Al-Assad desean mantener el mismo sistema. Bastantes jugadores han dejado el país, y ahora el equipo nacional está formado por futbolistas de las categorías inferiores”, comenta.

Tareq Hindawi, capitán de la selección sub-20, es uno de esos jugadores jóvenes a los que hace referencia Muselmani. Defiende su decisión de seguir representando al país. “Hay futbolistas que han renunciado a jugar con la selección en estos momentos porque creen que así representarían solo a uno de los bandos”, destaca Hindawi. “Pero estoy en desacuerdo con su postura. Representamos nuestra bandera y nuestra lealtad. Jugamos para esculpir una sonrisa en los labios de cada aficionado sirio”, apunta. En todo caso, pocos de esos hinchas se dejan ver en los estadios. Las crónicas hablan de una presencia muy reducida -solo nueve seguidores- en la paliza infligida a Afganistán (6-0), en un encuentro de clasificación para el Mundial de 2018 que se disputó el pasado junio en la ciudad iraní de Mashhad. Más de 9.000 afganos habían viajado al partido.

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UNA LIGA EN RUINAS

Los partidos de la liga de Siria tampoco atraen a muchos aficionados, especialmente desde que se juegan entre semana y al mediodía. Por razones de seguridad, además, todos los encuentros se celebran en Damasco y Latakia. En los últimos tres años, 18 equipos divididos en dos grupos de nueve han competido en la Premier League siria. Uno de los grupos juega sus partidos en la capital y el otro en la costera Latakia. Los tres mejores clasificados de cada una de las liguillas compiten entre ellos, a ida y vuelta, en una ronda final en la que se decide el campeón. Antes del estallido del conflicto, el Al Karamah, un club nacido en el hoy baluarte opositor de Homs, y el Al Ittihad de Alepo eran los dominadores de la competición. El primero alcanzó la final de la Champions League asiática en 2006 y ganó cuatro ligas consecutivas entre ese año y 2009. Por su parte, el Ittihad, seis veces campeón liguero, jugaba sus partidos en uno de los campos más grandes del continente. El Estadio Internacional de Alepo, con capacidad para 53.000 espectadores, fue inaugurado en 2007 por el propio Al-Assad.

En la etapa anterior a la guerra, los jugadores tenían una existencia tranquila y feliz. “Era otro mundo”, mantiene Shaher Shaheen, un ex central del Al Karamah. A sus 24 años, Shaheen vive ahora en un campo de refugiados en la ciudad turca de Nizip. Pero en Homs, dice, posee “una gran casa, con cinco cuartos de baño, un enorme jardín, un gimnasio… de todo”. Con Homs –una ciudad situada a 162 kilómetros de Damasco- ahora en ruinas, los futbolistas ya no pueden vivir y entrenar en su hogar. Tanto el Al Karamah como el Ittihad pasan momentos difíciles debido a la situación que atraviesan sus ciudades. La mayoría de los jugadores de sus primeros equipos han huido y los clubes cuentan con muy poco dinero para pagar los salarios de los que se quedaron; apenas los 27.000 dólares que cada club recibe de la Federación Siria por jugar en la liga.Siria2

A Hindawi, que nació y creció en Alepo e inició su carrera en el Ittihad antes de firmar por el Al Majd de Damasco, le duele ver como el club de su ciudad pasa por tantas dificultades. “El Al Ittihad tiene una masa social de unos 75.000 aficionados, pero solo un puñado de ellos acuden a los partidos por culpa de todo lo que está pasando en el país”, comenta, y añade: “Cuando veo vídeos antiguos del Al Ittihad, de encuentros anteriores a la guerra, y observo a los aficionados en las gradas, siento decepción y abatimiento”. Pero este centrocampista defensivo de 19 años no ha perdido aún toda esperanza y sueña con un futuro mejor para su club y su país. “El Al Ittihad es un gran club que está enfermo, pero nunca morirá. Si Dios quiere, volverá al lugar que un día ocupó”, pregona. “Tengo el deseo de que vuelva la seguridad a mi querida nación. Pese a todo lo que hemos pasado, tengo grandes esperanzas puestas en el fútbol de Siria”.

El optimismo de Hindawi refleja el mismo espíritu inquebrantable que demostraban aquellos presos de Robben Island. En particular, el más famoso de todos: Nelson Mandela. “El fútbol es más que un juego”, dijo el líder sudafricano en el video de la FIFA 90 Minutes for Mandela, refiriéndose a la experiencia que él mismo protagonizó en Robben Island. “El fútbol puede crear esperanza donde una vez solo hubo desesperación”, expresó. Hoy abunda la desesperación en Siria. Ojalá que el fútbol, tal y como hizo con los prisioneros de Robben Island, pueda devolver la esperanza y el consuelo a un país que se encuentra devastado por la sinrazón de la guerra.