Primavera de calor y tormenta en Belgrado. Atravieso media ciudad hasta el estadio del Estrella Roja, Marakana. Está prácticamente al lado del de su rival, el Partizan, y conforme te acercas, empiezan a aparecer pintadas y murales, algunos de exquisita sensibilidad pop. Me dirijo al museo del club, donde están la Copa de Europa y la Intercontinental. Los dos trofeos más importantes de toda la historia del fútbol yugoslavo. En la primera tapia del recinto, hay un cuchillo gigante tachado. Pone debajo: ‘Solo los mariconazos apuñalan’. Código de honor de los hooligans. Un tanto estéril, porque han demostrado con demasiada frecuencia que no les hacen falta armas para matar a alguien.

Dentro del campo, está la tienda oficial del club y también la de los ultras. Los radicales igualmente venden sudaderas y camisetas oficiales de sus grupos. Hay tallas para bebés. No por casualidad, uno de los discos que más lo petó hace unos años fue el de las canciones de la afición adaptadas con coros infantiles para que las escuchen tus hijos desde que nacen.

Se dice tópicamente que la guerra de Yugoslavia empezó en los campos de fútbol, pero en este aspecto a mí se me quedó grabado el oficial bosniaco de la película Turneja (Goran Markovic, 2008) que le decía a unos serbios: “Cómo nos hacéis esto, a mí, ¡que fui a Bari a ver ganar al Estrella la Copa de Europa!”. En fin, no hay por qué extenderse en los detalles, es obvio que aunque sus equipos ya no están en lo alto, en los Balcanes el fútbol corre por las venas.

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1987: EL ANUNCIO

Mucho se ha especulado con lo que hubiera pasado en el deporte si la República Socialista Federativa de Yugoslavia no se hubiese desintegrado. Una hipótesis bastante pertinente es que sus selecciones lo hubiesen ganado todo en fútbol y baloncesto, seguramente también en balonmano y waterpolo. Los futbolistas exyugoslavos inundaron el mercado de tal manera en los 90 que los onces nacionales que salían sobre el papel quitaban el hipo. Desde que el Estrella Roja ganó la Copa de Europa en 1991, siempre hubo un jugador exyugoslavo sobre el césped en la final de la Champions hasta 2004. Desde ese año hasta 2007 no hubo ninguno, pero a partir 2007 hasta hoy no han faltado. En la última ocasión, hubo tres. El croata Mandzukic, que marcó, y dos de los centrocampistas más elegantes del mundo, el también croata Luka Modric y el bosnio Miralem Pjanic.

El papel de los yugoslavos en el fútbol de los 90 se anunció en el Mundial sub-20 de Chile de 1987, que lo ganaron y no fue fácil. Del combinado nacional que había logrado la clasificación para el campeonato solo pudieron ir cinco, el resto tuvo que hacer la mili. Aun así, pasaron por encima del Brasil de César Sampaio y André Cruz, la RDA de Matthias Sammer y en la final cayó la RFA de Andreas Möller y Reinhardt.

En la portería de ese equipo seminal que no llegó a madurar unido estaba Dragoje Lekovic, que hizo carrera en Escocia, vino a España a salvar al Sporting y fracasó en el intento. Dos de los tantos que le metieron en Primera se los hizo Davor Suker, el delantero centro de esa sub-20. El tridente ofensivo de ese equipo pasó íntegro por el Real Madrid. Una de las críticas que recibió esa selección de jóvenes fue que chupaban como condenados. Junto al delantero croata estaba el montenegrino ‘Pedja’ Mijatovic y por detrás de ellos, Robert Prosinecki, hijo de padre croata y madre serbia, pero nacido en Alemania. Sus padres eran gastarbeiters, cuando regresaron a Yugoslavia se instalaron en Zagreb y Robert, que tenía diez años, se sintió croata desde entonces, aunque su apellido a lo que suena es a macedonio por ese ‘ski’. A él se le designó como la gran promesa del fútbol europeo.

Apodado Zuti, rubiales, su trayectoria profesional fue una desgracia. Le nombraron mejor jugador de ese Mundial y en 1991 obtuvo el Trofeo Bravo, un año antes se lo habían dado a Roberto Baggio y uno después fue para Pep Guardiola. Ahora se le recuerda por lo que fumaba, pero en su día jugaba ocupando todo el campo. Era de los que más distancia recorrían en cada partido. Tiraba bien las faltas y tenía visión de juego, pero lo que más miedo daba de Prosi era su zancada acompañada de su conducción de balón. Si tenía hueco, se plantaba en el área en pocos pasos. Se zampaba los metros. Además, sabía regatear y con bastante descaro. Cuando perdió facultades, sus intentos de ser el de antes daban risa, pero fue el mejor. No cabe duda.

Pego una llamada a Zoran Vekic, que fue su representante y lo consiguió colocar en el Barcelona de Cruyff cuando ya no era un valor seguro. El agente me explica lo que significó en el mercado de entonces: “Prosinecki tuvo muchas dificultades para llegar a España, la ley de la Federación de Yugoslavia estaba pensada para impedir las salidas masivas de jugadores, el límite de edad primero fue de 28 años y luego de 25, pero Robert tenía 21. Por mediación de la UEFA, terminaron cargándose la ley y el Madrid pudo hacerse con él. A partir de ahí fue cuando tantos jugadores salieron del país”. Y también fue cuando automáticamente se dejó de hablar de Zuti. Una cadena de lesiones y depresión cortaron su trayectoria y nunca más volvió a ser tan desequilibrante.

Tampoco le fue bien a su compañero en el multinacional Estrella Roja, el macedonio Darko Pancev, que marcó en un 92% de sus partidos con el club de Belgrado, pero en el Inter no fue ni la sombra de sus compañeros Rubén Sosa y Salvatore Schillaci. Luego su paso por Alemania fue más bien discreto. Quedó claro desde el principio que podía haber nubes y claros en esos deportistas arrancados de su hábitat.

Pero Mendoza no lo vio. A la hora de fichar desestimó a Savicevic porque le vio “inconstante”, pero este jugó casi 100 partidos con el Milan. Y pactó con Berlusconi no tocar a Boban, el ‘8’ en la sub-20, a cambio de que le dejasen llevarse a Robert.

Zvone (diminutivo de su nombre, Zvonimir) Boban vistió nueve temporadas de rossonero, chupó banquillo al principio y lo pasó mal al final, cuando la afición engattusada le pitaba. Por eso zanjó la relación rápidamente y se le cedió al Celta de Vigo, donde se retiró prematuramente al no soportar de nuevo su condición de suplente. En las temporadas intermedias, sus años de esplendor, los italianos le apodaron El Zorro por su elegancia. Para el resto del mundo es más famoso por la patada voladora que le dio antes a un policía en el Maksimir en un Dinamo de Zagreb-Estrella Roja. Hinchas serbios y croatas se liaron a palos, cargó la policía y en el caos pateó al madero yugoslavo, que resultó ser bosniaco, no serbio. El lance fue símbolo nacional y popular croata. Hay camisetas, se ha pintado por las paredes. Es un icono.

Boban reconoce abiertamente que es nacionalista, aunque puntualiza que desde el amor, nunca desde el odio. Fue amigo de Franco Tudjman, presidente croata durante la guerra y corresponsable de ella, quedaban de vez en cuando para hablar de fútbol. También formó parte de una asociación del hijo de Tudjman, Miroslav, para “promover la prosperidad y la identidad de Croacia”. Cuando pudo vestir la camiseta con el damero de la Croacia independiente, lo hizo sin cobrar voluntariamente. Solo con el honor se daba por pagado, proclamó. Sin embargo, cinco meses después de la patada al policía, se enfundó la zamarra de Yugoslavia para jugar la final del Europeo sub-21 contra la URSS. No falta quien le critica que lo hizo mientras el país luchaba por su independencia. En rigor, su último partido con la ‘Plavi’, en el que consiguió su único gol con ellos ante Islas Feroe, fue el 16 de mayo, tres días antes del referéndum de autodeterminación.

Prosinecki tuvo peor suerte. A él los suyos le llamaban directamente cetnik (soldado nacionalista serbio). Cuando ganaron la Copa de Europa, salió por la tele bailando kolo, baile tradicional serbio, y eso para determinados aficionados croatas era una provocación. Aunque peor se vio entre los serbios la foto de Davor Suker, actual presidente de la Federación Croata de Fútbol, en la tumba de Ante Pavelic, dirigente fascista local promotor del genocidio de sus vecinos en la II Guerra Mundial, que está enterrado en Madrid en el cementerio de San Isidro. No se sabe por qué se la hizo, pero por ahí rula.

En España, no obstante, Suker enamoró desde que llegó. En su primer año en Sevilla, hizo dupla con Zamorano. Cuando el chileno se marchó al Madrid, se quedó como la principal referencia en el área del equipo y cumplió con creces. Compartió andanzas con Maradona y Simeone y Luis Aragonés fue quien más provecho sacó de él, aunque en el Real Madrid logró ser campeón de Europa.

 

Desde 1991 hasta 2004, siempre hubo un exyugoslavo sobre el césped en la final de la Liga de Campeones

 

Sus recursos de cara al gol eran ilimitados. Regateaba a los porteros como si le diese asco rozarlos y sabía colocar el tiro donde le salía de las narices. Cuando fichó por el Sevilla, lo hizo junto al defensa montenegrino Zeljko Petrovic, que no tuvo éxito en el club andaluz, pero años después llegó al PSV donde rindió dignamente y solo abandonó Eindhoven por una pelea con el capitán, el internacional holandés Arthur Numan. Petrovic, para salir del Dinamo de Zagreb, donde jugaba, tenía que abonar medio millón de marcos alemanes. Un montenegrino, según empezaba la guerra, tenía todo el derecho a largarse de ahí y decir que si te he visto no me acuerdo, pero Petrovic no lo hizo. Quiso pagar. Suker entendió su entereza moral y le ayudó a salir. “Daría la vida por él”, dice el defensa montenegrino cuando lo recuerda. Hace poco, con los líos que se trae el fútbol croata -los aficionados son enemigos declarados de la federación- la edición local de la revista Playboy se preguntaba en un artículo cómo había podido llegar Suker a ser tan odiado después de haber sido tan querido.

El título europeo lo logró gracias a su amigo, también montenegrino, Predrag Mijatovic; solían abandonar juntos el Bernabéu después de cada partido. El desaparecido Bernardino Pérez ‘Pasieguito’ fue el ojeador que se encandiló de Pedja al verlo con el Partizan. Pero cuando llegó a España, Yugoslavia, ya troceada sin Eslovenia, Croacia y Macedonia, sufrió un embargo internacional por los crímenes contra la humanidad que se cometieron en su nombre durante las guerras. Su fichaje estuvo a punto de ser declarado ilegal por este motivo. En Belgrado no podía entrar una peseta y hasta hubo una investigación del Ministerio de Exteriores.

Mijatovic, con sus flequillos largos y su cuerpo menudo, era un artista. Con una técnica excelente, si tenía algo sobrenatural era su capacidad de parar el tiempo. Cuando llegaba al área muchas veces se detenía, recortaba y decidía ‘por aquí lo vamos a meter’. Y por ahí iba. Ya fuese la asistencia o directamente el gol.

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EJERCICIOS DE REPETICIÓN

Cuando se firmó la paz en Bosnia en 1995, el mediapunta fue preguntado, como tantos otros jugadores balcánicos, por el momento histórico y por cómo había sido su relación con compañeros de otras repúblicas exyugoslavas. Dijo una verdad como un templo, que en una situación así “solo las malas personas con complejos pueden llevarse mal”. Una cosa no quitaba la otra. De hecho, diez años después, en 2006, tanto él como Savicevic participaron en la propaganda, en los vídeos y en los mítines de la causa independentista montenegrina.

En aquel país de poco más de medio millón de habitantes, durante los 80, hubo una fiebre por el fútbol sala con equipos de barrio. Dejan Savicevic aprendió ahí a jugar, bregándose con los vecinos. Fichó por el Estrella Roja campeón en Bari, pero el primer año se lo pasó en la mili. De ahí sale la foto icónica para todos los amantes del fútbol yugoslavo en la que posa en una escalera junto a Boban, Pancev, Fadil Vokrri -albanokosovar que jugó en el Fenerbahçe, actual presidente de la Federación de Fútbol de Kosovo-, Aljosa Asanovic -centrocampista croata que hizo carrera en Francia y pasó también por el Valladolid- y Dragan Jakovljevic -superdelantero serbobosnio del FK Sarajevo que en cuanto cumplió los 28 y lo permitió la ley salió a jugar al Nantes-. Todos están juntos y sonríen, con su titovka, el gorro cuartelero del uniforme del JNA, el ejército yugoslavo.

En el recuerdo de Savicevic queda su regate, que se hartó de exhibirlo en Milán. No solo era el de un fino estilista, también el de un hombre fuerte, muy duro; no es que fuera difícil tirarlo al suelo, es que, en el contacto físico, el que podía acabar malparado era el defensa. Ganó tres scudetti con el Milan y una Copa de Europa en la que hizo el 3-0 con una vaselina a Zubizarreta que sigue en la memoria colectiva. Especialmente en la del vasco, suponemos.

El que no pudo ganarle una Copa de Europa al Barça fue el esloveno Srecko Katanec con su Sampdoria. Ahora sonará porque cuando luego se hizo cargo de la selección de su país, apareció en todos los telediarios el día en que Zahovic, ex del Valencia, le espetó tras un cambio: “Eres una mierda de entrenador y también fuiste una mierda de jugador, podría comprarte a ti y a toda tu familia”.

Pero no era cierto. Don Srecko era un futbolista grande, en espíritu y tamaño, de patas largas, pero que daba pasos cortos, seguros, y metía importantes viajes a los rivales en la disputa del balón. Dotado también de un gran talento técnico, en aquella Sampdoria, dirigida por su excompatriota Vujadin Boskov, era la voz de su entrenador sobre el campo. Algo así como Guardiola, pero más defensivo, aunque iba muy bien de cabeza dentro del área rival. Su mala suerte fue que en el Stuttgart se cruzó en la final de la UEFA de 1989 con el Nápoles de Maradona, y en 1992, ya con los genoveses, con la genialidad de equipo de Johan Cruyff. Puede presumir de que al menos se llevó la Recopa del ’90 contra el Anderlecht.

Otro icono de aquellas generaciones yugoslavas fue Sinisa Mihajlovic. Natural de Vukovar, hijo de serbio y croata, su padre tenía que cambiar la puerta del garaje de casa con cierta regularidad porque se la rompía su hijo con el balón ensayando faltas. Ejercicios de repetición, como Drazen Petrovic. Y así le fue, por algo está considerado uno de los mejores lanzadores de tiros libres de todos los tiempos. Con el Estrella Roja le marcó al Bayern de Múnich en la semifinal de la Copa de Europa que ganaron.

 

El fútbol español de los 90 se escribe con apellidos de los Balcanes. La fiebre afectó a clubes grandes y pequeños

 

Después, en un encuentro contra el Hajduk, cuando la situación empezaba a ser crítica en la federación, Sinisa dice que Igor Stimac, el que jugó en el Cádiz y luego fue seleccionador croata, le deseó en la cara que toda su familia fuese asesinada en Borovo, el pueblo al lado de Vukovar del que provenía. La rivalidad entre ambos llega hasta a día de hoy, con intercambios de insultos de toda clase. Stimac sostiene que Mihailovic es tan nacionalista serbio porque, casado con una italiana, ha bautizado a sus hijos por la iglesia católica -los serbios son de religión ortodoxa- y tiene que “demostrar más” ante los suyos. Sinisa aduce que Stimac es gay. Sin más historias.

VISIBILIDAD Y OPORTUNIDADES

¿Pero por qué eran tan buenos todos estos tíos? Por el sistema. En la Yugoslavia socialista la Educación Física era muy importante. Hubo buenos profesores y desde que los niños eran muy pequeños los iban dirigiendo para la especialidad en la que mostraban talento. En los clubes había mucha competencia y sus técnicos, que también eran particularmente buenos y respetados, se acercaban con frecuencia a los colegios a pescar. La virtud que tuvo el sistema yugoslavo fue que era imposible que un buen jugador de algo fuese invisible. Sin coaching ni zarandajas, todo el que destacó tuvo su oportunidad.

Y luego estaba el carácter. Como me dice Zoran Vekic por teléfono: “El yugoslavo siempre ha tenido un buen rendimiento, no solo por su gran talento, tenía mucho que ver su capacidad de adaptación y su competitividad. Aprendían el idioma en tres meses y eran gente con la que no podías jugar ni una pachanga ni una partida de cartas, se ponían a competir en todo momento, en las cosas más triviales. Yo, todos lo que traje a España, demostraron que eran jugadores de un gran nivel”.

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También funcionó con los técnicos. Radomir Antic logró en España algo que llevaba 20 años sin ocurrir, que el Atlético de Madrid ganara una liga. Su equipo jugó muy bien, pero su talento de ojeador sirvió para sacarse del magín al serbio Milinko Pantic, que llevaba cuatro años en el Panionios muerto de risa y era uno de los mejores jugadores a balón parado del continente. Robert Jarni, croata, también destacó en el Betis en las mismas lides tras un paso infructuoso por el calcio. Al final, llegó a fichar por el Real Madrid de Guus Hiddink, aunque solo estuvo una temporada.

En la Premier pescaron poco en el mercado balcánico, al que más se recuerda es a Sasa Curcic, caro fichaje de Aston Villa y Crystal Palace, pero más por llenar un autobús de dos plantas de modelos y pasear en él a sus compañeros de equipo por Londres que por su errático rendimiento. Durante la década de los 90, Alemania y España ficharon allí con mucho más fundamento. Los alemanes, sobre todo, a croatas. Aunque uno de ellos, Vlado Kasalo, fue acusado de meterse goles en propia puerta para pagar sus deudas de juego. Pero el que más destacó en la Bundesliga fue un bosnio musulmán, Hasan Salihamidzic. Un nombre, como los del calcio Boksic o Jugovic, que todavía inquietan con solo oírlos al que vivió la época. Como el de Blaz Sliskovic, durante los 90 en el Pescara, pero que en su paso en la década anterior por el Marsella fue el ídolo absoluto de un discreto niño de nombre… Zinédine Zidane.

En España es difícil recordar el fútbol de los 90 sin nombrar el paso de Spasic por Madrid y Osasuna. O el de Djukic por Deportivo y Valencia. El Oviedo de Jerkan, Jankovic y Gracan, al que posteriormente se incorporaría el gran Jokanovic. La Real Sociedad primero de Kodro y luego de Darko Kovacevic. El Celta de Juric, Ratkovic y Gudelj. A Brnovic, uno de los sub-20 campeones en Chile, que estuvo en el Espanyol. Peternac, goleador impenitente del Valladolid. Bjelica, en el Albacete. El temido Savo Milosevic en Zaragoza o Jovan Stankovic en el Mallorca. Llegó un momento en que la fiebre por lo exyugoslavo llegó a tal punto que muchos clubes de nivel intermedio, o incluso grandes, ficharon genuinas filfas solo porque tenían apellido balcánico. Pero de esto no daremos nombres.

En mi visita al museo del Estrella Roja, cuando le digo que soy español al encargado que me va comentando cada trofeo, es él quien se compadece de mí. “Habéis perdido el espíritu, ya solo tenéis dinero”, se queja. Los grandes clubes españoles le aburren. Asfixiados por las deudas todos los equipos locales, aquí el fútbol sobrevive gracias a la infinita Akademija. No en vano, la sub-20 de Serbia ha ganado la Eurocopa de 2013 y la Copa del Mundo de 2015. Por la ventana del bar del estadio veo a un equipo entrenar subiendo y bajando la grada de Marakana. Como un batallón de castigo; como una escuela a la que nada, ni las guerras, ni las crisis, ni la desintegración del país han podido borrar del mapa; una escuela a la que nunca le falta el empuje del sentimiento balcánico por excelencia: el orgullo.