Era el clásico día que se te graba a fuego, como si te lo marcaran cual res en la piel. Desperté con la típica alerta del móvil. Generalmente son avisos de partidos de la NBA, algo sobre fútbol sudamericano y poco más. Pero esta ocasión era diferente. Desciendo la pestaña del móvil y leo: Maradona. Hostias, pensé, seguro que la ha liado o algo por la noche. Y efectivamente. Diego la había montado en el hotel en el que se hospedaba. Ya verás tú como no pueda asistir al partido, la desilusión que nos vamos a llevar todos los aficionados del Napoli. Con esa incertidumbre entré en el tren, y no salí de ella hasta pasadas varias horas. Hasta las horas previas del partido estuve distraído, era la mejor manera de no pensar demasiado en ello. Más aún teniendo en cuenta lo nervioso e inquieto que soy, cómo me devoraban lentamente los nervios. Coño, iba a ver a mí equipo. Sí, sé que resulta extraño hacer mío algo que no me pertenece, algo que está a muchos kilómetros de casa. Pero siento a esos jugadores, club y afición como una parte más de mí. Son ya muchas temporadas animando al Napoli, desde la época en Serie B, y ahora los iba a ver en casa del campeón de Europa. Menudo cambio. Hemos pasado de competir contra Fiat a hacerlo ante un Ferrari. Realmente no sé qué es lo que me enamoró primero. La mística de su ciudad, la pasión de sus aficionados o que fueran uno de los equipos más odiados de toda Italia. Quizá fuera esto último, esa necesidad imperiosa que tienen ellos de derribar estereotipos sin abandonar sus supersticiones. La contradicción hecha persona, la pasión por encima del raciocinio.

Sobre las siete de la tarde me acerqué al Bernabéu en taxi. Me flipa hablar con los taxistas. Soy el típico gilipollas que no para de darles conversación, les pregunto lo primero que me viene a la cabeza. En un día así lo normal era preguntarle sobre el partido.

-¿De qué equipo eres, amigo?

-Soy del Real Madrid, cómo no.

No había ningún tipo de duda en su respuesta, mi nuevo compañero respondía de manera categórica. Pero se avanzó con una segunda respuesta.

-Pero bueno… También soy del Atlético de Madrid

Hostias, había dado con un auténtico personaje. No me resistí a preguntarle el porqué de semejante contradicción.

-Sí, soy también del Atlético de Madrid. Incluso de todos los equipos de Madrid.

-Entonces serás también del Rayo, Alcorcón e incluso Getafe.

-Sí, por supuesto.

-¿Y de algún otro equipo fuera de esta comunidad?

-Claro, también soy del Valencia.

Aquí ya me desmontó por completo. Ya está, este hombre me había fulminado con sus respuestas. No supe seguir con mi particular cuestionario. Supongo que también sería del VVV Venlo, o algún que otro equipo así. Lo imagino en casa con una bufanda del Sibir Novosibirsk y con la camiseta del Leeds. Ojalá fuera así.

En los aledaños del Bernabéu encontré menos napolitanos de los que esperaba. Estaban ya todos dentro, como auténticos feligreses. Conforme pasaba cerca de alguno, le gritaba “Forza Napoli”. Tras una mirada extraña respondían eufóricos, me daban la mano y seguía mi trayecto camino a la puerta 55. Me sentía el típico aficionado a la Premier que va a ver al Arsenal, United o Chelsea desde la otra punta del mapa. Aquellos que no tienen ninguna conexión aparente con ese club, pero lo sienten casi tanto como sus aficionados más tradicionales. Ya en en mi localidad, a mí alrededor había mucho napolitano. En una esquina estaban todos aquellos que habían comprado sus entradas en Nápoles, y por todo el estadio estaban dispersos todos los demás que habían obtenido el pase por su cuenta. A los del sur de Italia se les reconoce fácil: por su aspecto y lo mucho que gritan. El corte de pelo entre los hombres es idéntico, estilo Insigne. Se dejan notar. Salió Reina a calentar. El ambiente parecía más propio de San Paolo. Acojonante. Desde el fondo empezaban los primeros cánticos, los aplausos y las veneraciones a su portero. Después, saltó Keylor Navas al césped y fue recibido en su propio estadio con pitos. No provenían de su afición, le increpaban los seguidores visitantes. Estaba en el Bernabéu asistiendo al partido menos local del Real Madrid. Lo mismo ocurrió cuando el resto de futbolistas salieron al verde. El primero de ellos, Hamsik. La leyenda del Napoli, el eslovaco que está a la caza goleadora de Maradona. Durante el calentamiento de ambos conjuntos, en el marcador salían imágenes del Real Madrid en la Champions League. La única celebración cómplice entre ambas aficiones fue el gol de Mijatovic a la Juventus. Ya está, amigos por un momento. Siguió la rutina, insultos al equipo de Turín y cánticos a sus futbolistas.

Instantes antes del inicio se acercaron hacia mi posición tres napolitanos. Me pidieron observar la hoja con las alineaciones, y criticaron la titularidad de Zielinski. A decir verdad, el polaco estuvo muy impreciso. Les expliqué que yo también era seguidor del Napoli, y no me creían. Saqué la camiseta y ahí se despejaron las dudas. Me abrazaron entre los tres, como si ya fuéramos amigos. No estaban nada confiados con el partido, firmaban anotar un gol. Me despedí de ellos y nos dimos suerte. Después del himno y el saludo entre los veintidós protagonistas, los napolitanos aclamaron a su Dios. O mamma mamma , o mamma mamma, sai perché mi batte il corazon? Ho visto Maradona, ho visto Maradona, eh, mamma, innamorato son. Lo reconozco, me animé a cantarla yo también. Cómo no iba a hacerlo. El cántico tenía más sentido que nunca. Diego estaba en la grada, volvía 30 años después al Bernabéu representando al Napoli. Se saludaron Sarri y Zidane. Los dos técnicos representan a la perfección las dos caras del fútbol. Por un lado, el futbolista que ha sido una leyenda, elegante, y que ahora entrena al club que hizo campeón de Europa. En el otro lado está un ex banquero que ha pasado por todas las categorías del fútbol italiano y que ahora entrena a un histórico con grandes aspiraciones. A Sarri, ataviado con su clásico chándal, tan solo le faltaba un café y un cigarrillo. Cómo los extraña durante los noventa minutos. El partido no pudo empezar de mejor manera, el más pequeño sobre el césped sorprendió desde lejos. Llegó la locura a la grada. No podía ser otro, el gol era del único napolitano. Como si todos los aficionados italianos hubieran rematado ese balón. Insigne enmudeciendo al Bernabéu.

Respondió Benzema, y voló el Real Madrid. Me quedé alucinado con el ambiente, ya sabían los aficionados del Real Madrid que ese partido no se les iba a escapar. Pese a ir por debajo en el marcador, saben a la perfección que van a ganar. No conozco a ningún otro equipo que posea esa sensación, la de sentirse superior a todo. Remontó el Real Madrid, cómo no, pero al menos habíamos anotado en campo contrario y el resultado no era malo. De hecho, muchos aficionados habrían firmado tener que ganar 2-0 en San Paolo. En los minutos finales se respiró cierto nerviosismo en el estadio, el balón era visitante y se acercaban a la portería de Keylor Navas. No creo que los jugadores del Napoli sintieran esa presión, ya están acostumbrados a ser pitados en cualquier estadio italiano. Terminó el encuentro y ahí seguían los aficionados napolitanos, esperaban a Diego. Aguanté unos minutos por si salía el diez pero nada, allí no aparecía nadie. Pese a la derrota me fui feliz del Bernabéu. Había visto por primera vez a mi equipo, celebré un gol suyo y además canté a Maradona.Tan solo espero que el círculo se cierre viendo al Napoli en San Paolo, pizza en mano y recitando los versos de Pino Daniele.