Santiago Formoso (Vigo, 1953) formó parte de uno de los equipos más mediáticos que ha dado el fútbol. En el boom de la North American Soccer League a finales de los 70, tuvo el privilegio de poder compartir vestuario con algunos de los mejores futbolistas de la historia. Pelé, Franz Beckenbauer, Johan Cruyff, Giorgio Chinaglia o Carlos Alberto fueron algunos de los nombres que se paseaban por la Gran Manzana en esa época. Entre todos ellos, también había un joven gallego que a sus 63 años ha vuelto a recordar esos días con el documental Alén do Cosmos (Más allá del Cosmos), producido por Quadra Producións y dirigido por Pedro Pablo Alonso.


En julio de 1969 su padre decide llevarse a la familia a Estados Unidos. De Vigo a Newark (Nueva Jersey). ¿Por qué ese traslado familiar?

El traslado familiar se debe a una pérdida de documentos en los años 30. Cuando mi abuelo, que vivía en Estados Unidos, reclama a mi padre para que no tenga que participar en la Guerra Civil Española. No por ideas políticas, sino porque era una situación de vida o muerte.

Estados Unidos estaba en el lado opuesto de Franco y toda la documentación de la embajada americana en Madrid se perdió. Reapareció a principios de los 60 y llegó un sobre gigante a casa con un águila, unas barras y unas estrellas en el que se invitaba a mi padre a residir en Estados Unidos. Ni corto ni perezoso, mi padre dijo: ‘Nos vamos’. No era por ideas políticas ni por la situación económica, lo hizo porque era una oportunidad para nosotros, sus hijos, que no quería desaprovechar.

¿Qué América se encontró?

No tenía una imagen clara de lo que había ahí. La imagen que tenía era la de las películas de vaqueros y poco más. Era un contraste muy fuerte de culturas, pero el fútbol fue el enlace para conectar con la gente. Había gallegos, portugueses, argentinos, brasileños, italianos, rumanos, polacos y alemanes, todos eran de fuera. Americanos, había muy pocos y todos eran de color, por lo que no vivían en el mismo barrio que el nuestro. Había una separación muy fuerte.

¿Cómo fue su primer contacto con el fútbol en Estados Unidos?

La primera cosa que ves es un balón. Fue cosa de horas, fui a un parque, vi un balón, me puse a jugar y los chavales con los que jugaba se fijaron en mí. Aún no había decidido si estudiar o trabajar, pero me convencieron para jugar en su equipo y me explicaron como funcionaba todo el tema de las becas deportivas en Estados Unidos.

Del equipo de la Universidad de Pennsylvania pasó a los Bicentennials, su primer equipo en la NASL.

En mi tercer año universitario había fallecido mi padre y en 1975 llegó Pelé. Me dije: ‘Esto va en serio’. Al principio no seguía la liga norteamericana, la veía mal hecha. Pero cuando primero vino Pelé y después también llegaron Eusébio, George Best y Johan Cruyff no me lo pensé. Dejé los estudios y llamé al seleccionador olímpico para decírselo. ‘Me quiero montar en ese tren’, le comenté, pero él no me podía garantizar nada y me aconsejó no dejar los estudios. Era como un padre para mí. Tomé la decisión de dejarlo e ir al Draft, pero él me aconsejó ir con los Bicentennials a hacer la pretemporada a Alemania. Me cogieron, y el resto es historia.

Y de ahí al New York Cosmos.

La franquicia de los Bicentennials la trasladaban a Auckland, California. El juguete cambiaba de dueño. Mis vínculos familiares eran muy fuertes y no quería apartarme de mi familia. Quería quedarme en la costa este. Había ido de España a Nueva York y ahora querían que me fuera a California. Yo había desaprovechado varias oportunidades de Europa y California no me atraía. Entonces, un día fui a ver al Cosmos —los Bicentennials habían acabado la liga, pero al Cosmos aún le faltaba un partido— contra el Fort Lauderdale Strikers. Ahí jugaban Gerd Müller, Gordon Banks y Teófilo Cubillas. Tenían un equipazo y les metieron siete. Después de los partidos era costumbre ir a unas salas gigantes del mismo estadio, donde cabían dos o tres mil personas. Iban los dos equipos a comer para hacer relaciones públicas. Ahí me encontré con el asistente de la selección de Estados Unidos, que también era asistente del Cosmos. Le comenté mi caso, prefería que me cambiaran a cualquier equipo de Boston, Rochester, Washington o Filadelfia. Me dijo que no me preocupara. En 24 horas sonó el teléfono, de aquellos fijos, no de los que hay ahora, y me invitaron a jugar la despedida de Pelé por todo el mundo. Estar en el momento exacto, en el lugar exacto donde tienes que estar. Así fue como me uní al New York Cosmos, quizá una de las mejores experiencias que he tenido como atleta y como persona.

“En Los Ángeles estaba la mitad de la selección holandesa. Daba gusto verlo porque era mi estilo de fútbol, el Fútbol Total. Empezaba de lateral izquierdo y acababa de extremo derecho.”

Llega al vestuario y se encuentra con Pelé, Beckenbauer, Chinaglia, Carlos Alberto… ¿Qué se le pasa por la cabeza al ver que compartirá equipo con tantas leyendas del fútbol?

‘¿Qué hago yo aquí?’ Miras alrededor y todo lo que ves son monstruos. La crema y la nata del fútbol mundial, estaban ahí todos.

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¿Cuál era el trato entre las estrellas del equipo y los demás componentes de la plantilla?

Normal. No había egos, excepto Giorgio Chinaglia. No era mala gente, pero era muy egoísta. Firmamos a Marinho, que jugaba de lateral izquierdo, y yo pensé que me iba, pero le pusieron de medio izquierdo. En su debut marcó tres goles y después del partido el italiano le cogió de la oreja y le dijo: ‘Aquí los goles los marco yo. Cuando llegues a la portería me miras a mí y me la das para que marque yo’.

¿Qué recuerdo guarda de su relación con Pelé o Beckenbauer?

Yo siempre soy de los que llega media hora antes. Llegué al estadio y vi a un señor a 50 o 100 metros con una maleta, Franz Beckenbauer. ¿Cómo me presento yo? No tuve que hacerlo, lo hizo él. ‘Santi, bienvenido al club’, me dijo. Ese detalle nada más, que supiera mi nombre. Los grandes son todos así.

Beckenbauer era una persona muy correcta, hasta que descubrí que no lo era. Ponía una imagen de cara hacia fuera para cuidarse de la prensa. Pero en realidad era un cachondo mental, aunque me dio tiempo para entenderlo. En cambio, Pelé era una persona muy sencilla.

Y también tuvo la suerte de jugar con Johan Cruyff, aunque fue algo efímero.

Tuve el placer de jugar dos partidos con mi héroe futbolístico. Para mí Cruyff estaba por encima de todos. Poder haber jugado al lado de él hizo que le admirara aún más. Una cosa es verlo y otra es jugar con él. Te dabas cuenta que era mejor de lo que creías. Simplificaba el fútbol, hacía fáciles las cosas difíciles y esos son los buenos jugadores. Después, cuando fiché por los Aztecas, estábamos en temporada de fútbol sala (se jugaba en invierno), pero él no participó y cuando llegó la pretemporada ya se había ido a Washington. Me quedé con las ganas.

En los Aztecas coincidió con algunos de los futbolistas que encumbraron al Fútbol Total.

En Los Ángeles estaba la mitad de la selección holandesa. Rinus Michels era el entrenador y había cinco jugadores de la selección holandesa de los 70. Daba gusto verlo porque era mi estilo de fútbol, el Fútbol Total. Empezaba de lateral izquierdo y acababa de extremo derecho. A mí me fascinaba eso, poder ir a mi libre albedrío y atacar con todos. Como juega el Barça.


Santiago Formoso fue el primer español en llevarse un anillo al dedo en el deporte estadounidense. Mucho antes de que Pau Gasol conquistase la NBA con Los Ángeles Lakers en 2009 y 2010, el futbolista gallego ya había sido campeón de la NASL con el New York Cosmos en 1978. Pese a que su historia ha permanecido años en el anonimato, fue todo un pionero para el deporte español en Estados Unidos.


A finales de los 70 fue cuando el soccer cogió más fuerza en Estados Unidos. Las asistencias a los estadios subieron y el interés por parte de los aficionados también fue en aumento. ¿Cree que Pelé y el Cosmos fueron los artífices de ese éxito?

No es que lo crea, es que fue así. Mediáticamente hablando, fue quien le dio credibilidad al fútbol. Antes no podías encontrar un resultado de la liga española en el New York Times. Con la llegada de Pelé empezaron a haber reporteros dedicados exclusivamente al fútbol. Fue él, no hay otra forma de decirlo. Después fueron llegando los demás y te das cuenta de que la Warner Bros. —compañía que presidía el New York Cosmos— no es tonta. No tenía a dos de la misma nacionalidad, para así atraer a todos los públicos.

“Mi fútbol era más de toque, de creatividad. Mi fútbol era fútbol y el seleccionador de Estados Unidos jugaba a un deporte que yo no conocía”.

¿El interés por el soccer era real o era más un interés por el espectáculo?

Era real. Nueva York es una ciudad muy cosmopolita, donde nadie es neoyorquino. Tu vas a una empresa en Nueva York y, hoy en día, el 90 por ciento de los empleados son europeos. Les pusieron su deporte favorito en casa. Al fútbol no iban los afroamericanos, iban los inmigrantes. Más tarde fue cuando los americanos se unieron.

Usted no era lateral izquierdo, pero era el único sitio que quedaba libre en el once. Y ahí le pusieron.

Yo jugaba de delantero centro o de extremo, pero al llegar al Cosmos me pusieron de lateral porque yo no quería chupar banquillo, yo quería jugar. Me lo dijo el entrenador: ‘Tú que eres zurdo, anímate a jugar de lateral’. Jugaba en esa posición el lateral del Santos brasileño, Nelsi Morais, y en el rondo de calentamiento antes de un entrenamiento le mandé un aviso. El entrenador se dio cuenta de que iba en serio y me gané el sitio.

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También jugó siete encuentros con la selección nacional, e incluso unos Juegos Panamericanos y la clasificación para el Mundial de Argentina’78. ¿Por qué acabó tan rápido su etapa en la selección?

Me cabreé con en el entrenador. Para mi forma de pensar se equivocó. Me jodió el sueño de ir a un Mundial, se lo tenía que decir y se lo dije. Los americanos pensaban que para jugar al fútbol había que medir un metro noventa y estar fuerte, no importaba si sabías dar un pase de cinco, diez o quince metros, si podías driblar a alguien o si podías crear el juego. Era fuerza física y nada más. Yo no medía un metro noventa ni tenía tanta fuerza. Mi fútbol era más de toque, de creatividad. Mi fútbol era fútbol y él jugaba a un deporte que yo no conocía.

No me puso de titular en el partido decisivo para ir al Mundial, entré faltando 20 minutos, y después del partido, de regreso a Filadelfia compartimos una limusina y una botella de vodka. Le canté las cuarenta, le dije que me había defraudado por pensar que con esas tácticas íbamos a ganar. No era fútbol, era una batalla campal, y así no se hacen goles. Solo jugué un partido más con la selección.

¿Se arrepiente de esa conversación?

No me arrepiento de la conversación, me arrepiento de no haberle pedido perdón. La federación habló conmigo para que me disculpara. Venían a todos mis partidos, porque la sede estaba en Nueva York, y me decían que me lo llevara a comer para solucionarlo, pero yo era muy gallego y me negué. Así se acabó. El que se jodió fui yo, porque él siguió entrenando y yo dejé de ir con la selección. Son cosas que pasan cuando uno es joven y es un poco conflictivo.

En Los Ángeles me pasó algo parecido con Rinus Michels, casualmente contra el Cosmos. Yo había jugado todos los partidos y ese día no me puso, ni siquiera me sentó en el banquillo. Me dijo: ’vete a tomar unos whiskys con el presidente’. Ahí no hubo conversación posterior, hablé con el presidente y me fui. Me propusieron ir al América de México mientras Michels estuviera en el club, pero yo no quería jugar en México. Y de ahí me fui al Houston Hurricane.

Después pasó por Houston Hurricane, Charlotte Lightin, Buffalo Stallions y Greek American. Siempre en el soccer. ¿Nunca se planteó cruzar el charco de vuelta para probar suerte en el fútbol europeo?

Porque los europeos iban a Estados Unidos a jugar, todo el mundo quería jugar ahí. Al final de mi carrera me llegaron algunas ofertas, entre ellas una del Deportivo. Mi mujer me dijo que me quedara en España y que ella regresaría a Estados Unidos, pero con un hijo recién nacido no quería estar tan lejos.

De joven tuve muchas ofertas. Primero una del Bayern de Múnich. Cuando estaba en Connecticut Bicentennials me vino a buscar el Manchester United. Después, estando ya en Nueva York, vinieron el Barcelona, el Real Madrid y el Atlético. Tuve muchas oportunidades, pero yo estaba con mi familia, en la élite.

“El draft saca a los jugadores de las universidades, debes mezclarlos con grandes figuras que los vayan moldeando, que les enseñen a ser profesionales”.

El éxito de la NASL y del Cosmos vino tan rápido como se fue. ¿A qué cree que se debió la desaparición de la liga en 1985?

La liga tenía mucho futuro. Ellos mismos la hicieron desaparecer por un contrato de televisión. Hoy en día, las ligas sin televisión no existirían. Eso pasó con la liga norteamericana. El béisbol, el fútbol americano, el baloncesto y el hockey tenían un canal cada uno. Estaban en negociaciones con el Canal 7 (la ABC) para negociar el contrato del béisbol y los ejecutivos del canal de televisión no le iban a pagar lo que ellos querían. Tenían en su poder el fútbol, que por aquel entonces era el deporte que seguían las masas, y ofrecieron poco dinero por el béisbol. Lo que no sabían es que el 80 por ciento de los equipos de fútbol pertenecían a equipos de béisbol. Entonces, los dirigentes de los clubes no iban a tumbar el béisbol, que es el deporte por excelencia de Estados Unidos, para poner el fútbol en primera plana. Dejaron de traer a los Pelés, Beckenbauers y Cruyffs y ficharon a futbolistas de segunda línea. Subieron los precios con un peor producto, lo tumbaron ellos mismos.

¿Qué diferencias hay entre la NASL de entonces y la MLS actual? Ambas han apostado por traer a estrellas del fútbol en los últimos años de sus carreras, aunque la NASL lo hizo más a modo de espectáculo quizá.

Se han dado cuenta de que hay que aprender de los maestros. Si no juegas con jugadores mejores que tú, no vas a aprender nunca. El draft saca a los jugadores de las universidades, que serían equipos de Tercera División en España. Debes mezclarlos con grandes figuras que los vayan moldeando, que les enseñen a ser profesionales. Aunque ya es tarde, porque estamos hablando de jugadores de 21, 22 o 23 años que siempre han jugado equivocadamente. No están jugando a fútbol, están jugando a algo que se le parece. Lo que más necesita Estados Unidos no son jugadores, necesita traer buenos entrenadores.

Triunfó en el soccer, se casó con una cheerleader y tuvieron dos hijos. ¿Lo suyo fue cumplir el ‘sueño americano’ en toda regla?

Sí, entré por la puerta grande. Tuve la fortuna de poder realizar mi sueño. Y es algo que debe entender todo el mundo, que sea cual sea el sueño que uno tenga, debe creer en sí mismo y seguirlo e ir a por él. Lo bonito es soñar. Estuve en el lugar indicado en el momento indicado, pero también porque me había sacrificado por ello.