Twitter es del Leicester City. La nueva política es del Leicester City. El bar de la esquina es del Leicester City. Mi madre, a la que la pelota ni le va ni le viene, es del Leicester City.

Todos somos, dejando a un lado nuestro equipo del alma, del Leicester City. Todos somos, pasiones caseras aparte, un poco ‘zorretes’ (ahora también en el fútbol). Porque hay historias que nos fascinan, que nos atrapan como la miel a las moscas, que nos renuevan las ganas de seguir sufriendo. Y la del equipo de Claudio Ranieri, actual líder de la Premier League y sorprendente candidato a levantar el campeonato inglés cuando llegue el mes de junio, es una de ellas. De ensuciarse las manos para salvar la categoría a plancharse el esmoquin para ver la función desde la platea. El Leicester se ha destapado como un nuevo tipo de pirotecnia. Su modus operandi es llano, no tiene truco. Consiste en infiltrarse entre los pronósticos más facilones y hacerlos saltar por los aires. Una y otra vez.

El Leicester es el gafotas de clase que te levanta la novia y que luego te mira como diciendo “¿y qué quieres que haga yo?”. Su mérito consiste en dar la sensación de haberse levantado de la nada. Kidderminster Harriers, Royal Antwerp, Quimper Kerfeunteun, Fleetwood Town… Los nombres de los equipos de los que provienen sus futbolistas recuerdan el cartel de un festival de música independiente. Da impresión constatar lo lejos que han llegado esos chicos que hoy están en boca de todos. Pero más vértigo da mirar por el retrovisor y comprobar donde estaban jugando la mayoría de ellos hace tres o cuatro años.

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