TEXTO DE JOSE RUIZ

Drogas y fútbol en una Escocia atacada por el desempleo y por las subculturas emergentes. En Trainspotting, Irvine Welsh aúna estos dos vicios.


Ver la vida pasar sin detenerla ni un momento. Vagabundear de una estación a otra. Sentir que no se es partícipe en ninguna parte. No encajar en unas directrices establecidas ni en una doctrina perenne. Odiar por el simple hecho de permitirte el lujo de odiar por odiar. Preocuparse por identificarse con una comunidad, con unos valores, con unos colores. Por un puto equipo que no consigue ganar. Nada se asemeja a cómo se sufre la condición humana y el fútbol en Escocia. Nada. El escritor Irvine Welsh inyecta dosis sobre esta adicción en las hojas de su novela Trainspotting.

En un relato crudo del pueblo obrero del distrito de Leith, Edimburgo, donde la juventud irreverente y el desprecio a la simple existencia se hacen palpables, las únicas realidades son las efervescentes animadversiones intrínsecas de los propios protagonistas hacia los demás y la búsqueda de la puerta de atrás para huir corriendo de la apatía que les provoca todo aquello que les rodea. Nada se asemeja a cómo se desenganchaban de la futilidad para no empeñarse en hacer lo que hacen los demás mortales.

Irvine Welsh, quien de pequeño quería ser futbolista y no escritor, aseguraba en el #Panenka27 que “soñaba con ser un extremo atrevido, pero era demasiado torpe, lento y desgarbado”. Tras esa incapacidad para ubicarse en una de las bandas del campo y tener que reconvertirse en uno de esos defensores feos y sin clase, y después de alguna que otra revancha en los locales oscuros y con letreros de neón de Edimburgo, lugar de donde bebe el escocés para sus obras, el autor escribió unas de las novelas más icónicas de los años 90. Este es uno de los libros más robados de las estanterías en las librerías británicas.

 

“Preferiría ver a mi hermana en un burdel que a mi hermano con una bufanda de los Hearts”

 

Renton, Spud, Sick Boy y el psicópata de Begbie son personas a las que la sociedad les dio la espalda. O ellos se giraron. Pero el fútbol siempre tenía un hueco en sus desangeladas subsistencias. Podían recurrir a él para importunar al que estaba a su costado y para ser insolentes con los rivales, ya que ellos son aficionados del Hibernian, equipo católico de la ciudad Edimburgo. “Preferiría ver a mi hermana en un burdel que a mi hermano con una bufanda de los Hearts”. O usarlo para apuntar con el dedo algún rasgo físico: “Orejas de soplillo como la Copa de Escocia”.

En una época en la que se debatía si Lou Reed era mejor cuando estaba con The Velvet Underground o cuando anduvo en solitario, en la que Roger Moore interpretaba en películas a James Bond, en la que George Best daba sus últimos coletazos sobre los terrenos de juego, la prensa escrita solo rotulaba titulares que tenían que ver con los grandes de Escocia, el Celtic y el Rangers. Las contraportadas con mujeres semidesnudas y no con noticias relacionadas con otros conjuntos alejados de los dos de siempre también eran un cliché habitual de aquellos tiempos.

Entre alcohol destilado, diferentes tipos de tiradores de cerveza y botellas. Entre mugrosos asientos acolchados y mesas con rasgaduras hechas con cuchillos. Entre humo de cigarros y gritos de improperios a la TV, dando lo mismo que el que llevase el balón en los pies fuera familiar del que estaba colérico frente a la retransmisión. En un pub. Así eran muchas de las noches que los chicos pasaban en los tugurios de Leith. Pero ellos no querían ver los partidos de su deporte favorito por la caja tonta. No les producía ningún síntoma aquel hastío. “Detesto el jodido fútbol televisado. Es como follar con un puto Durex puesto. Puto sexo seguro. Puto fútbol seguro”, recita Sick Boy cuando le proponen ir a un local a ver un encuentro.

“A mí lo que me va es la cultura del fútbol de la vieja escuela, cuando ser seguidor de un club implicaba formar parte de una comunidad. La globalización y la estructura de grandes imperios del fútbol moderno me deja frío”, asegura el escritor. A lo largo de las palabras y líneas del libro de Welsh se atestigua y se manosea la idea de una aversión hacia el género humano. Pero no solo hacia esto, sino también hacia la evolución de este deporte en un ámbito más moderno y que nos irrumpe cada día en el salón de casa.

 

“Detesto el jodido fútbol televisado. Es como follar con un puto Durex puesto. Puto sexo seguro. Puto fútbol seguro”

 

Lager, Export, Becks y Special. Todas ellas cervezas. A estos jóvenes todo les valía antes y después del encuentro. Ya daban por supuesto que el marcador resaltaría una derrota antes de que la pelota comenzase a rodar. Otra cuestión sería si recordarían haber visto el partido o no. “Yo ni siquiera sabía quién era el entrenador y tal, ni siquiera podría decirte los nombres de los fulanos del equipo y tal. Quizá Kano, pero creo que es posible que Kano se haya ido a otro equipo”, reflexiona Spud.

Tras los viajes que hacen a pie, en autobuses por la ciudad, por autobuses que salen de la ciudad, y en tren, sobre todo, en tren, las conversaciones sobre fútbol supuran de sus pieles para engranarse de manera subyacente en sus manías más persecutorias. Divertirse con el juego de la reminiscencia, debido a recordar tiempos mejores, o menos sombríos a los que vivían, rememorando las esporádicas tardes lúcidas de su equipo de fútbol. “Hablábamos de los equipos de los Hibs de los 50 con los ‘Cinco Famosos’ de la delantera: Smith, Hohnstone, Reilly, Turnbull y Ormond”. Tras los viajes vía sanguínea donde nacían los temores y temblores.

¿Hasta qué punto deja de lado el escritor sus vivencias en las historias que redacta? La cuadrilla e Irvine Welsh tienen gustos similares. Y algunas de las anécdotas de ellos giran alrededor del mismo club. Del club que viste de blanco y de verde. “No somos un equipo ganador, pero guardo muy buenos momentos de mis experiencias relacionadas con los Hibs. He conocido a gente increíble, surgiendo una amistad en la que el fútbol ha acabado siendo algo casi secundario”, reflexiona el autor. Se nota que han salido de la misma vagina.

Las entrañas de la mosca

“Todas las hinchadas tienen a sus gilipollas”, asegura la novela. Ni los estadios de Edimburgo ni tampoco los de Escocia se libraban de los casuals, aquellos que van al fútbol con un fin muy determinado. Ellos no querían animar. Querían buscar bronca y la encontraban, de verdad. La droga y el deporte no eran lo importante en la costa de Firth of Forth. Una ayudaba a hacerse la pregunta de para qué estamos aquí, y ambas, como plagas, sirven para adormecer la existencia. Ninguna de las dos es un todo.

El pasado camorrista del escritor de Trainspotting no es algo que se haya escondido con mucho ahínco. Como sus protagonistas, él también se vio implicado en batallas fuera de los terrenos de juego. “De joven, me metí en muchas, en infinidad, de peleas. Era algo que no podías evitar si seguías a tu equipo cuando jugaba fuera. No habías bajado del tren y ya eras consciente de que los seguidores rivales te estaban esperando para darte la bienvenida. Ante una situación así, permanecías junto a los tuyos para hacer frente a la comitiva enemiga”, recordaba Welsh.

En Leith, donde las ratas se mueren de pena, el desempleo es un rasgo facial. Este descontento hiperactiva a la muchedumbre. Las subculturas como la distopía de los hooligans emanan de una clase social trabajadora industrial que se encuentra en desacuerdo con los problemas sociales, con los bajos salarios en tareas basuras. De hecho, esto motivó que los jóvenes de la zona usaran el fútbol como un desasosiego muy poco afortunado. Allí la única aurora boreal que pueden admirar son los semáforos.

En un contexto en plena penuria social y económica de la capital de Escocia, ni aquellos veinteañeros creían en su propio país ni el estado en el que se encontraban era el idóneo para salir del hoyo en el que estaban enfosados. “Los escoceses son la basura de Europa”, proclama el delgaducho Renton. Las palabras bonitas y el entender el humor escocés para otro día. Como despotricar hacia el adversario poniéndole un mote. Ellos llamaban jambos a los seguidores del Hearts. Y ellos querían “metérsela” a esos jambos. La violencia es algo inherente a las personas y va de la mano de estos individuos.

La manera de aunar seguidores de unos colores con su equipo cambió. “No ha ido a un partido desde 1970. La televisión en color le atacó las piernas. Veinte años más tarde, llegó la televisión por cable y las jodió del todo”. Pero sí que hubo algo que alejó a los aficionados de las canchas. Cada vez había menos gente para contemplar las greñas despeinadas, los bigotes, los pelotazos hacia la portería contraria, los delanteros robustos, los centrales aún más robustos, los pantalones cortos y las medias bajas.

 

“Puede que mi problema con el caballo esté relacionado con el pobre rendimiento de los Hibs durante los 80”

 

“La espachurro contra la pared de enfrente, trazando una ‘H’, después una ‘I’ y después una ‘B’ con el dedo índice, usando sus entrañas, tejidos y sangre como tinta. Empiezo con la ‘S’, pero el suministro va escaseando. No hay problema. Tomo prestado de la ‘H’, que tiene un grueso excedente, y completo la ‘S’”. Tatuar con las vísceras de una mosca en la pared el nombre de su club es lo que hace Renton en el peor baño de Escocia. Los instintos primarios son inherentes al ser humano. En los extremos es donde se conocen los límites del ser humano.

Chorromoco punk

Margaret Thatcher, la Dama de Hierro, el partido laborista, los sindicatos, el anarquismo, el capitalismo, el comunismo, los pensamientos de Kierkegaard. Nada de eso le importaba a Renton cuando estaba metido en la droga. El sexo y el Hibernian carecían de significado en aquellas ocasiones. “Puede que mi problema con el caballo esté relacionado con el pobre rendimiento de los Hibs durante los 80”, argumenta el pelirrojo.

Mark, quien lleva la misantropía al máximo exponente, como buen niño que creció en Escocia, tuvo una infancia en la que darle a la pelota con el pie cobró vital importancia. Algunos de sus recuerdos desde que comenzase a andar y a poseer consciencia de su propio subconsciente tenían que ver con el Subbuteo, juego de fútbol de mesa, y con que su hermano le hiciera perrerías para que dijera el nombre del máximo rival de su equipo. Incluso cuando el Hibernian ganaba por goleada al Hearts, equipo del hijo mayor de los Renton. “Supongo que debería haberme sentido halagado por el hecho de que una palabra mía tuviese más peso que el verdadero resultado”, pensaba el joven al recordar un derbi en Tynecastle.

Todo salpica sobre las calles del distrito de la capital de Escocia. Iggy Pop, The Clash, Status Quo, Elvis Costello, David Bowie y la cultura punk a chorromoco. La clase obrera, la base de cualquier nación, también tenía sus referentes y estos se perpetuaban en las mentes. Renton tuvo un sueño en el que, aparte de vislumbrar a Yoko Ono, virus de The Beatles, divisó a Gordon Hunter, defensa de los Hibs por aquellos años. Ambos le arrojaban espantosos insultos en el letargo.

Las preferencias en Leith queda expuestas sobre la mesa. Las cartas no están marcadas.  Se conocen y se juegan con ellas. Como uno de los amigos de la pandilla escocesa, Segundo Premio. Este, cuando tenía 16 años, fue fichado por el Manchester United como la joven promesa escocesa. El futuro de Escocía, en cuanto al fútbol se refiere, pasaba por sus botas. Marcaría un antes y un después. Algo marcó. Desde bien joven se le marcaba su “embrionario problema con la bebida”. “La capacidad futbolística era una desviación accidental más que el alcoholismo una cruel maldición”.

La aguja que separa las drogas del fútbol para estos muchachos es muy fina. Sin tener que hilar en demasía ambos mundos se entremezclan. Las sustancias nocivas y el deporte rey al costado de la cuadrilla en las grandes ocasiones. Cualquier hecho por insignificante que sea puede convertirse en algo para narcotizarse para un grupo de amigos como estos. “Hagámoslo por la afición”, eslogan que sonsacaron de un panfleto que anunciaba un torneo de verano en el que participaban los Hibs. “’Hagámoslo por la afición’, Siempre que hay drogas de por medio… eso es lo que dicen”, narra Spud.

 

Elige un equipo perdedor. Elige un estadio al que ir a implorar por una victoria cada fin de semana. Elige comprarte una camiseta cara que te cagas

 

Con las venas maltrechas de los tres yonquis y con la cabeza volada de Begbie, y con el saco de decisiones erróneas a rebosar de los cuatro, estaba claro que las elecciones entre chute y chute les habían pasado factura. Y estas llevaban bastantes gastos de comisión. Elegir tiene consecuencias y se sobrevive con ellas. Estos chicos de barrio, en Leith, en Edimburgo, en Escocia, dónde narices fuera, no podían haber elegido peor. Sus ideales sin moral y el enervamiento que les produce aquellos que sí que la tenían salieron a la palestra.

Elige un equipo. No un equipo que pierda, sino uno que lo haga a lo grande. Elige un equipo perdedor. Elige un escudo. Elige unos colores, una bufanda horrenda entre la amplia gama de putas tonalidades. Elige un estadio al que ir a implorar por una victoria cada fin de semana, y donde puedas comer comida grasienta y emborracharte. Elige llamar a tu hijo o a tu mascota como el nombre de algún jugador que te parezca divertido aunque no lo vieras jugar. Elige comprarte una camiseta cara que te cagas. Elige ilusionarte con unos objetivos imposibles de alcanzar. Elige cánticos para animar a los que creas que son los tuyos, para embotar la mente y aplastar el espíritu del contario. Elige silbar o aplaudir y pregúntate después de cada derrota por qué cojones sigues creyendo en esos bastardos. Elige pagar el abono mes a mes o todo de una tacada. Elige irte de fiesta cuando esos tuercebotas te den una alegría. Elige mentirle a tu jefe porque estas de resaca. Elige salir antes del trabajo, festivos, puentes y vacaciones dependiendo de cuándo mierdas tengan el encuentro. Pero, ¿por qué iban ellos a hacer algo? Ellos no eligieron. ¿Y las razones? No hubo razones. Les vino dado. ¿Quién necesitaba razones cuando tenían fútbol?