El día que el Werder Bremen ganó la Recopa de Europa, quedó grabada en la memoria colectiva la figura de un neozelandés esbelto, de zancada veloz y primer toque matemático. Wynton Rufer, se llamaba. Y fue uno de los dos goleadores en aquella mítica final en Lisboa contra el Mónaco. Entre él y uno de los grandes artilleros del fútbol alemán como Klaus Allofs, formaban una dupla de delanteros expeditiva. Al año siguiente, esta alianza sería perfeccionada con la inclusión de un 10 tan brillante como Andreas Herzog. Dicha tripleta fue la base para que la temporada 92-93 fuera el año en el que el Werder Bremen ganaba la Bundesliga por tercera vez en su historia.

Más allá de la posibilidad de aunar a estos tres jugadores, la presencia de Rufer destacó sobremanera, acabando la temporada con 17 goles. En un equipo que había marcado 63 goles en 34 partidos, la cifra alcanzada por Rufer era altamente significativa. Y más para tratarse de un delantero que no respondía a las características del ariete de toda la vida. En realidad, el kiwi destacaba por ser un prototipo de delantero que hubiera encajado al dedillo dentro de un esquema abierto como el de Johan Cruyff o Arsène Wenger.

De muchísima movilidad, Rufer solía dejarse caer con asiduidad a ambos lados. Su misión era la de percutir como un martillo pilón agrietando las defensas, hasta que él o alguna de las incursiones de Herzog quebraban la defensa rival. Especialmente brillante fue esa temporada 92-93, la única en la que coincidieron Rufer, Allofs y Herzog.

Rufer tuvo un sueño en su vida: jugar como aquel brasileiro borracho de talento. Ser el Pelé kiwi

En sus cinco años a las órdenes de Otto Rehhagel en el Werder Bremen, Rufer no sólo ganó estos dos títulos, sino que también engrosó dos copas alemanas a su currículo, las de las temporadas 90-91 y 93-94. Para tratarse de un equipo no acostumbrado a sumar trofeos asiduamente, el paso de Rufer por el club bávaro dejó una huella imborrable. La misma que en su amigo Rehhagel desde que lo pudo tener bajo sus órdenes. Inolvidable es la pregunta que le hizo a las primeras de cambio: “¿Por qué no estás jugando en el Real Madrid?”. En efecto, hasta aquel entonces, la trayectoria de Rufer era la típica que se podía esperar de un jugador proveniente de un país como Nueva Zelanda en busca del sueño europeo.

Errático aunque siempre cumplidor, el gran escaparate de Rufer no fue otro que el de la liga suiza. Siete años en tierras helvéticas en tres equipos diferentes, rematados en un año de excepción en Grasshopper Zúrich, donde marcó 18 goles en la temporada 1988-89. En aquel momento, Rufer ya contaba con 27 años. Triste pero cierto: hasta aquel entonces, su talento había estado soterrado en una liga menor a la cual había llegado tras formar parte del momento más histórico para su selección: su participación en el Mundial de España’82.

Comandados por Steve Sumner, el futbolista kiwi más relevante en aquel momento, su recorrido en el Mundial fue como el de Jamaica en la competición de bobsleigh en los Juegos de Invierno de Calgary 1988: una aventura en tierra extraña. Nos dirigimos hacia territorio desconocido”, dice Sumner sobre su primer partido en Málaga, que finalmente sentenció Escocia hasta el 5-2. “¡No sabíamos cuán caliente estaba el agua hasta que metimos los dedos de los pies en ella! Mirando hacia atrás, quizás con un poco más de preparación, podríamos haber obtenido un buen resultado; especialmente en el partido contra Escocia, cuando nos pusimos 3-2, e incluso contra Rusia, aunque perdimos 3-0”.

En aquel Mundial, Rufer no tenía más de 20 años. Sin embargo, le sirvió para escapar de un cementerio futbolístico como lo era la liga neozelandesa. Y a la cual retornó en 1997 tras 15 años de hacer de embajador oficial de un país que, hasta su llegada, jamás había formado parte del mapamundi futbolístico.

Que fuera nombrado como mejor jugador de Oceanía del siglo XX refleja a la perfección la dimensión alcanzada por este delantero moderno que de pequeño se quedó prendado viendo a Pelé dando lecciones de baile sobre los campos de México en el Mundial de 1970. Desde aquella imagen, Rufer tuvo un sueño en su vida: jugar como aquel brasileiro borracho de talento. Ser el Pelé kiwi. Uno que a base de clase innata, mente privilegiada para encontrar huecos en el área y definición al primer toque, hizo de su motivación y constancia estajanovista un arma para, en cierta medida, lograr dicho objetivo. Y si no que le pregunten quién es su ídolo a cualquier niño neozelandés que agarre un cuero por primera vez. Ni Messi, ni Zidane, ni Maradona. Wynton Rufer, cuyo estilo de juego práctico pero habilidoso caló tanto como su propia filosofía a la hora de enfrentarse a rivales más poderosos: “Incluso si para ganar es necesario aparcar el autobús, bien. Si aparcamos el autobús y hacemos que los delanteros y los extremos se bajen los calcetines, puedes conseguir un buen resultado”.