Los años 80 fueron proclives a ir cambiando la regla no escrita de contar con gigantes bajo los palos. Si bien esta tradición, expandida a través del ejemplo de Sepp Maier, nunca se perdió, sí que los guardamallas largos como arañas al estilo de Walter Zenga o Andoni Zubizarreta comenzaron a ser más cotizados por la, cada vez, menor tendencia a encontrarse dominadores del área que controlaran el juego aéreo como ellos.

La estela que va de Jean-Marie Pfaff a Abel Resino, pasando por Paco Buyo, fue la moda que predominaba en aquella época: porteros que rondaban el metro ochenta con los reflejos más desarrollados que otras tareas básicas que entrañaban su posición: salida por alto, despeje de puños o todo lo relacionado a fumigar la sensación de peligro de los equipos rivales, de una mayor tendencia al centro desde las bandas que en los años post-Cruyff.

Dentro de esta hornada de porteros, Hans Van Breukelen surgió como el híbrido perfecto entre esta dos clases de porteros; entre otras cosas, el precedente más significativo de uno de hoy en día como Ter Stegen.

Con su 1,88 de altura y espalda de guardaespaldas de discoteca, los primeros pasos del neerlandés no pasaron desapercibidos para el mítico Nottingham Forest de Brian Clough, un equipo que, después de alcanzar la gloria con sus dos Copas de Europa de 1979 y 1980, se enfrentaba a la marcha de Peter Shilton, su líder espiritual, en 1982. La pérdida del portero más emblemático que haya dado jamás las Islas Británicas conllevó a la decisión de pescar en tierras holandesas.

La búsqueda pronto llegó a su fin, en cuanto posaron sus ojos en las habilidades de un portero rubio platino como Los Chicos del Maiz, que ya llevaba tres años jugando en la selección de los tulipanes. El mero hecho de ser el sucesor natural del Jan Jongbloed, el portero-líbero, subrayó el interés hacia un arquero que, solo por sus salidas por bajo, debería ser estudiado en cualquier escuela de porteros con un mínimo de seriedad.

 

Vivió un año de gloria indescriptible, 1988: cuando se hizo con la Copa de Europa y la Eurocopa

 

La marcha de Van Breukelen a tierras inglesas era una oportunidad que no podía desaprovechar el, hasta entonces, portero y estrella del FC Utrecht. Su segundo año en el Nottingham no hizo más que confirmar la virtud más valorada en todo centinela de las redes que se precie: la seguridad. Un tercer puesto en la First Division, a no más de seis puntos del campeón, el indomable Liverpool, y once jornadas con la portería a cero certificaron el acierto de su contratación. Sin embargo, la falta de entendimiento entre el club y la selección holandesa sobre las convocatorias a las que debía acudir selló su decisión de retornar a su país ese mismo año. Aquel holandés de pura cepa no quería dejar en la estacada a Holanda, en pleno proceso de trasvase generacional, con las nuevas perlas del Ajax y PSV Eindhoven aportando rédito a una renovada explosión de la libreta táctica de Rinus Michels.

El retorno del hijo pródigo se hizo efectivo en el PSV Eindhoven, de donde ya no se movería hasta colgar los guantes. Diez años bajo los palos de un grupo inolvidable, con jugadores como Gerald Vanenburg, Ronald Koeman, Wim Kieft y, sobre todo, el Ruud Gullit más espectacular que se recuerda. Con la ayuda de jugadores de este calibre, Van Breukelen pudo hacerse con nada menos que seis ligas y tres copas holandesas.

Entre medias, vivió un año de gloria indescriptible, 1988: cuando se hizo con la Copa de Europa y la Eurocopa. Sobre todo, en el primer caso, el trofeo debería llevar grabado su nombre entre comillas. Su influencia fue tanta como hacer ganar a un equipo que, desde cuartos de final, selló todos sus partidos con sendos empates. De hecho, nunca un portero ha tenido tal transcendencia en la consecución de un trofeo internacional.

Hoy en día, buena parte de la afición madridista sigue teniendo pesadillas con su actuación en el partido de vuelta de semifinales, celebrado en el Bernabéu. Más aún los aficionados del Benfica, que se quedaron con las ganas de hacer de menos la victoria conseguida un año antes por su gran rival, el Oporto. Más allá de haber parado el penalti decisivo, Van Breukelen fue clave en dejar la portería holandesa a cero a lo largo de los 120 minutos de contienda. Dos horas en las que demostró sus imponentes dotes de mando. De carácter autoritario, los diferentes zagueros que estuvieron a sus órdenes tuvieron que sufrir siempre su temperamento, graduado en ese bien preciado conocido como “decisión correcta”.

Envalentonado por la hazaña de la Copa de Europa, la Eurocopa fue el siguiente objetivo de este tipo con fragancia de ganador. Así fue como se puso los galones de lugarteniente de una Holanda llamada a vengar las derrotas de los mundiales del 74 y 78. Y para ello, qué mejor que hacer claudicar a la Alemania Federal de Lothar Matthäus en semis. Como bien reconocería el propio Van Breukelen, aquella victoria significó incluso más que haber derrotado a la Unión Soviética en la final. Por fin la historia saldaba una deuda con los Países Bajos, que se proclamaban campeones de una competición internacional de peso.

Tras alcanzar el súmmum con aquel equipo irrepetible, comandado por los tres tulipanes del Milán -Rijkaard, Gullit y Van Basten-, Van Breukelen rubricó su firma en la tradición de grandes arqueros de la historia balompédica. Un holandés arraigado al recuerdo de su afición por valores tan denostados hoy en día como la lealtad a unos colores.