La Novena. Para la Iglesia católica significa un ejercicio de devoción que perdura durante nueve días en los que se pide por alguna intención o por alguien. Para los amantes de Ludwig van Beethoven no será nada más que una de las tantas obras de arte que dejó el compositor alemán en símbolo de libertad y que hoy es himno de la Unión Europea. Para los 80.000 que cada fin de semana se citan en el Paseo de la Castellana esa palabra siempre conducirá al mismo nombre, a su apellido y a un gesto estético ya eterno: Zinedine Zidane y una volea perfecta, quizá la más perfecta que haya visto la Copa de Europa.

Nos remontamos a 2002. Precisamente, el mismo año que el Real Madrid cumplía un centenar de primaveras. Y en esto del fútbol, cuando un club llega a los dos ceros se nota en el ambiente. Más allá de festejos, himnos u homenajes, existe una sensación latente de que esa temporada toca hacer algo grande. Por el escudo, por la afición, por el color de la camiseta o por lo que sea, debe ser un curso lleno de sonrisas y no de lágrimas. Pero la cosa al principio pintaba muy fea para la Casa Blanca. En marzo, en la final de la Copa del Rey, el Deportivo firmó el ‘Centenariazo’ en el Santiago Bernabéu; en la penúltima jornada el Valencia se proclamaba campeón de liga; y al final todo el año quedaba reducido a lo que pasara en la Champions League.

En esas se encontraba el Real Madrid. Acababa de eliminar al Barcelona en semifinales y el último escollo era el Bayer Leverkusen. En 90 minutos se resumía la temporada al todo o nada. Si ganaban, era el centenario perfecto; si perdían, el ‘palo’ era histórico. Imagínense la responsabilidad con la que cargaba esa plantilla. ¿Su suerte? Jugar por un escudo que invita a la épica y a no verse moribundo ni en las noches más aciagas. Eso de llorar por las esquinas viendo al equipo resquebrajarse en mil pedazos nunca se ha estilado en Madrid. Para nada. Es ahí por donde mejor se mueven, cuando, sin lógica y sin sentido alguno, despierta la más firme esencia de este club: ganar y punto. Y, para añadirle más emoción al asunto, era una final de la Copa de Europa, la competición preferida por unos vikingos que coleccionan éxitos en este torneo como si de un trofeo de pretemporada se tratase.

Llegó el 15 de mayo en Hampden Park. En frente, vestido de rojo y negro, un Bayer Leverkusen con Hans-Jörg Butt, Lúcio, Ballack, Bastürck y Dimitar Berbatov. Al otro lado del césped, Fernando Hierro, Roberto Carlos y Raúl junto a las dos primeras estrellas intergalácticas que Florentino Pérez había traído al Real Madrid en el nuevo milenio. Una venida desde Barcelona, Luis Figo; la otra, la más reluciente y bonita de la época, Zinedine Zidane. Sonaba el himno, cantaban las aficiones. Ya estaba todo listo. Los alemanes buscaban la primera Champions de su historia, los madrileños buscaban hacer historia con la Novena.

El respeto y el cuidado típicos de una final quedaron apartados a primeras de cambio. El partido empezó rápido, intenso y activo. Y, así, rápido, intenso y activo, Raúl adelantó a los blancos antes de cumplir los diez primeros minutos de juego. Con un saque de banda largo de Roberto Carlos desde la línea medular, el ‘7’ se plantó ante la portería rival y definió suave y ajustado al palo largo. Pero la alegría del 1-0 no duró mucho. En menos de cinco minutos volvían las tablas al marcador gracias un gol de Lúcio, tras una falta lateral botada por Schneider. El Bayer entonces se creció, no le importó ser el joven inexperto de la fiesta y dominó durante algunos tramos del primer tiempo. Sin grandes ocasiones, pero con el control del juego, quizá el momento en el que al Real Madrid siempre le gusta hacer más daño, cuando el rival se viene arriba. Sin pausa, sin prisa y despreocupados de verse contra las cuerdas, los blancos le dieron la vuelta y controlaron los últimos coletazos del primer tiempo. Entrelazaban posesiones largas y combinaciones rápidas para atemorizar a un Bayer Leverkusen que se iba viendo cada vez un poco más pequeño con el paso de los minutos ante un Real Madrid que a cada segundo que sumaba el electrónico se sentía aún más superior.

Corría el minuto 43 cuando Solari buscó la espalda del lateral para encontrar a Roberto Carlos, pero vio como su envío moría más allá de la línea de cal. Al minuto siguiente lo intentaron de nuevo calcando la idea. El brasileño rompió a correr y esta vez Zoltán Sebescen no interceptó de primeras la sutil picadita que le sirvió Solari a su colega. Los dos acompañaron al balón en carrera, pero fue Roberto Carlos el primero en llegar. Como si de un movimiento a la desesperada se tratase, como si lo rifara todo lanzando una moneda al aire, colgó un globo a la frontal del área. Caía manso, tardaba en llegar de nuevo al césped, y ahí esperaba paciente y sosegado Zinedine Zidane. Lo esperaba y lo esperaba. Atento, sin perderlo de vista, sabiendo que él era el único destinatario al que el balón quería llegar. Mientras el cuero subía hacia el cielo de Glasgow, el francés ya se percataba de que estaba en el lugar adecuado, justo en el momento exacto. Al llegar al punto más alto, cuando la gravedad empezaba a hacer su trabajo para devolver el balón al pasto, ‘Zizou’ lo preparó todo para que ese momento pasara a la historia. Colocó el cuerpo en posición y subió su zurda (la mala en su caso, o eso decían) hasta donde solo saben hacerlo las bailarinas para que su bota y el cuero se encontrasen.

Se encontraron. Y lo hicieron al perfecto unísono para dibujar una parábola perfecta. La metió por la mismísima escuadra, ese rincón odiado por los porteros. Hans-Jörg Butt voló para evitarlo, pero ese día estaba señalado para que Zinedine Zidane se erigiera como héroe del madridismo en busca de la Novena Copa de Europa para agrandar, aún más si cabe, la historia de los reyes del Viejo Continente. Se le había resistido la ‘orejona’ en el 97 ante el Borussia Dortmund. Repitió derrota un año después contra el Real Madrid. Pero de esa manera, como solo unos pocos señalados pueden permitirse, el francés decidió que tenía que ser ese 15 de mayo de 2002 el día para ganar su primera y única Champions League como futbolista.

Es cierto que tras el descanso seguía el encuentro. Como también lo es que la lesión de César Sánchez permitió que Iker Casillas iniciara su leyenda bajo la portería blanca. Pero me da la sensación de que el Dios del fútbol (si es que existe) quiso dictar justicia ese día. No permitió que ningún otro tanto posterior borrase ni estropease aquella obra de arte del genio francés; para que así, cuando camines por los aledaños del Santiago Bernabéu y a alguien le preguntes por la Novena, nadie diga una solo palabra sobre la majestuosa sinfonía de Beethoven. Que tampoco te expliquen ningún ejercicio de devoción cristiano. Y que todo conduzca a una noche de mayo en Glasgow, a un balón caído del cielo y a un tal Zinedine Zidane, que ensalzó al Real Madrid como el mejor equipo del continente por novena vez.