Gracias al trabajo de historiadores como Andy Mitchell, hoy conocemos la historia de Andrew Watson, el primer jugador negro que capitaneó y vistió la camiseta de la selección nacional de Escocia en 1881. Conocer su historia hace que sean todavía más vergonzosos los comportamientos racistas en los campos de fútbol actuales.

Como la mayoría de aficionados que ese día de agosto de 2013 iban a alentar a sus chicos en casa del ‘viejo enemigo’, el historiador futbolístico Andy Mitchell también había acudido a Londres con una bandera escocesa en el equipaje. Pero su emblema no se vería en Wembley. Su lugar estaba en un cementerio situado a las afueras de Londres, en Richmond, donde aguardaban los restos de Andrew Watson, en una tumba modesta que había sufrido el más frío de los anonimatos: el que combina la muerte con el olvido. Esa cruz de San Andrés situada sobre la piedra húmeda representaba un modesto pero sentido homenaje. Tras décadas pasando inadvertida, aquella tumba por fin servía para conmemorar el paso por el mundo del primer futbolista negro que vistió la camiseta escocesa y capitaneó al conjunto nacional.

El mismo Mitchell lo cuenta en su blog: “Puse una bandera escocesa y unas cuantas flores en la tumba para honrar el lugar que ocupa Watson en la historia del fútbol escocés. Pero tengo la certeza de que merece algo más, un recuerdo permanente que lo reconozca como el primer internacional negro, el primer directivo negro y posiblemente el primer jugador profesional de la historia del fútbol.”

Arthur Wharton (1865-1930), considerado oficialmente el primer futbolista negro que cobró un salario por jugar, podría ser visto como el homólogo inglés de Watson. Pero mientras Wharton tiene incluso una estatua en su honor, en Escocia está costando mucho más que Watson tenga esta clase de reconocimientos. Como casi todo en esta vida, el principal impedimento para que tal homenaje tome forma es la falta de dinero.

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El 2 enero de 1988, Mark Walters hacía su debut con el Rangers, convirtiéndose así en el primer jugador negro en vestir la camiseta del equipo azul de Glasgow en partido oficial. Aunque se trató de un salto adelante en su carrera, aquella nueva experiencia comenzó de manera amarga. Debido al color de su piel, algunos de los 50.000 hinchas que aquel día colmaban Celtic Park para apoyar a su equipo en el derbi más caliente de Reino Unido la tomaron con Walters, lanzándole bananas e imitando el sonido de los monos. Aunque el Celtic tomó cartas en el asunto y trató de reprimir esos comportamientos, los poderes federativos escoceses permanecieron impasibles, arriesgándose a que su silencio se pudiera entender en términos de complicidad. Por lo visto, esa clase de actitudes no parecían merecer la relevancia que, en comparación, sí que han ido adquiriendo en los últimos años.

Pero en la Escocia de finales de los 80, con el foco puesto sobre un sectarismo religioso que podía desembocar violencia física en las calles si no se atajaba a tiempo, el insulto racista se observaba como un mal menor. Algo desagradable, sí, pero pueril, al fin y al cabo, poco preocupante y hasta inocente. Dos semanas después de aquel Old Firm  para olvidar, Tynecastle, estadio del Hearts, vivió escenas parecidas, otra vez con Walters como víctima.

El fútbol escocés tenía un problema.

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“Hace ya más de una década se descubrió, gracias a la revisión de unas fotos antiguas, que Watson había sido un internacional escocés negro. Se investigó su vida y se descubrieron nuevos detalles. Hasta se rodó un documental de televisión sobre su figura. Pero todavía había muchas preguntas en el aire”, comenta para Panenka el investigador Mitchell, que en los últimos años se ha dedicado a reseguir la trayectoria vital de este pionero del balón.

Gracias a sus investigaciones, hoy sabemos que Watson nació en Georgetown, en la Guayana Británica, el 24 de mayo de 1856, fruto de la relación entre el jefe de una plantación –y antiguo propietario de esclavos-, Peter Watson, y una mujer local, Hannah Rose. El joven Andrew, que llegó a Gran Bretaña a los dos años acompañado de su padre y su hermana, nunca pasaría penurias económicas. Su padre falleció cuando él era todavía un adolescente, dejándole 35.000 libras en herencia, una cantidad que, bien administrada en aquella Inglaterra de 1969, le permitía a uno vivir de renta.

Watson pasó de la infancia a la vida adulta entre internados londinenses, una etapa que, se presume, no fue nada fácil. Fue al llegar a la Universidad Glasgow en 1875 para estudiar Matemáticas, Filosofía Natural e Ingeniería Civil cuando el fútbol se cruzó en su camino. Se había acercado al balón a través de las normas del rugby en sus años de escolar, pero en la Escocia que había visto nacer a su padre se habituó al reglamento asociación. Los estudios no eran lo suyo –abandonó la carrera al año de haberla iniciado. El balompié, sí. Tras despuntar en el Parkgrove, llamó a su puerta el Queen’s Park, el mejor equipo del país por aquel entonces. En 1881 ya se había asentado como lateral de talento, un futbolista extraordinario que, con su juego, se ganó el derecho a capitanear a su país ante Inglaterra, en un encuentro en el que destrozarían a sus vecinos por 6-1. Luego vinieron dos victorias más, otra contra los ingleses y una ante Gales, ambas con un resultado igualmente abultado (5-1). Así terminaría su recorrido como internacional, una corta trayectoria que se explica a causa de normativas hoy ya obsoletas: por aquel entonces, solo los futbolistas que jugaban en Escocia tenían derecho a vestir la zamarra nacional, y Watson, al que le tocó vivir en la era del amateurismo, se tuvo que mudar a Londres por motivos laborales.

 

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Lejos de Glasgow, el fútbol siguió formando parte de su vida, pero siempre a remolque de su realidad laboral y familiar. Así pues, en 1887 llegó a Liverpool para trabajar como ingeniero marítimo. Allí jugaría con el Bootle, uno de los mejores conjuntos del momento en la ciudad –en disputa constante con el Everton. Un club de tal dimensión podía permitirse pagar salarios a algunos de sus jugadores. Siendo Watson una de sus estrellas, no sería de extrañar que también fuera uno de esos privilegiados del club, aunque no se ha hallado documentación alguna que así lo demuestre. Si fuera cierto, desbancaría a Wharton como primer profesional negro del fútbol, que ganó su primer sueldo en 1889.

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“Si no me hubiera sucedido a mí, le hubiera pasado a otro. Si he hecho que alguien se diera cuenta que está mal insultar a alguien por el color de su piel, ya he conseguido algo. Pero el fútbol refleja la sociedad. El prejuicio está basado en la ignorancia”, comentaba Mark Walters en 2008, cuando se cumplían 20 años de su agria llegada al Glasgow Rangers.

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“Recuerdo el debut de Walters en 1988. Pensé que la sociedad escocesa iba hacia atrás. Pero el jugador tuvo la fuerza y la mentalidad suficientes para salir adelante y sobreponerse a todo aquello”, rememora Mitchell, que, inevitablemente, compara la situación que vivió el futbolista del Rangers con la de Watson. Al cruzarse las vivencias de dos personajes que lo único que tienen en común son el color de la piel y la práctica de un deporte popular, sale a relucir una comparación que no habla demasiado bien de la evolución mental de una parte de los aficionados al fútbol. “[A diferencia de lo ocurrido con Walters,] no hay nada que nos lleve a pensar que Watson sufriera ataques e insultos racistas en su momento. He leído muchas crónicas de sus partidos, y ni siquiera mencionan el hecho de que fuera un jugador negro. Solo hablan de su juego. Es sorprendente porque en otros contextos u otros deportes como el boxeo se solía mencionar el color. Pero no en el caso del fútbol”, comenta Mitchell.

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Tras una lesión que lo llevó a la retirada en 1888, a los 32 años, Watson se apartó completamente del fútbol. Tras una vida viajando, murió de neumonía el 8 de marzo de 1921, en Londres. Ningún medio se hizo eco de su fallecimiento. Así comenzó la historia de un silencio que se ha ido rompiendo casi un siglo después. El relato de alguien cuyo único mérito deportivo fue jugar bien al fútbol. Quizás su trayectoria no merezca una estatua, pero erigir su figura para la posteridad significaría construir un símbolo. Un icono que nos ayudaría a preguntarnos por qué algo que ya ocurría en el siglo XIX –ver a un negro jugar al fútbol en Europa- sigue careciendo de la naturalidad necesaria para que se erradique el insulto.