En Argentina, a Daniel Osvaldo se le conocen cuatro apodos. ‘El Metralleta’, por la ráfaga de balazos que suelta cada vez que marca un gol; ‘Johnny Depp’, porque suele llevar las mismas pintas que el actor norteamericano; ‘Cinco dedos’, por la camiseta que lució en su presentación con Boca (una mano extendida, sutil referencia a los cinco goles que les metieron los ‘xeneizes’ a River el pasado 31 de enero); o simplemente ‘El Loco’, que vendría a ser una manera de ahorrar energía vocal y juntar todos los motes en uno. Con semejante etiquetaje, no es difícil hacerse una idea del peculiar imaginario que se esconde detrás de este delantero de 29 años. El desmarque, la mordiente y el gol son sus cualidades tangibles, aquello que ha movilizado a hasta once equipos a contratar sus servicios a lo largo de la última década. El problema es que el italo-argentino viene con otro puñado de facetas de suplemento: desencuentros con entrenadores o compañeros, líos con la hinchada y un estilo de vida embarullado más propio de una estrella de rock que de un deportista. Osvaldo es como las hamburguesas de un euro del McDonald’s: si quieres picar algo rápido y a un precio razonable, tendrás que apechugar con el pepinillo. Aunque te duela.

Se dio a conocer en la Fiorentina con un gol de chilena que valió un billete para la Champions. Aquello fue como si AC/DC hubiera decidido comenzar su Highway to Hell directamente con el estribillo

Quizás sea que ni él mismo se cree del todo un futbolista. Lo de parecerse a una rockstar no es casualidad: en las redes sociales se presenta con una foto de los Rolling y su cuenta de Twitter (@danistone25) acaba de dejar claro cuáles son sus referentes musicales. “Algún día me gustaría formar una banda y salir a tocar por ahí”, dijo en una ocasión. Su propia trayectoria deportiva, de hecho, va de acordes marcados y ritmos extremos. De meter goles a ver los partidos en la grada y de besar el escudo, a tenérselas con su propia afición. No hay término medio en Osvaldo. En 2013, cuando vestía la camiseta de la Roma, después de perder la final de la Coppa ante la Lazio, fue señalado junto a otros jugadores por la grada del Olímpico, que le tachó de “falso”, “llorón” y “mercenario”. El tipo, sin demasiados complejos, contraatacó pidiendo cita a los molestos: “los agarro uno por uno, cuando y donde quieran”.

De temperamento vertiginoso, dentro y fuera del tapete, la capital no fue su primera parada en Italia. Ni mucho menos. Nacido en Lanús y moldeado en las canteras de Banfield, Osvaldo llegó a debutar en la segunda división argentina con Huracán, donde recaló en 2003. Aunque pronto el Calcio le atraparía en sus redes. Empezó fogueándose en la Serie B, primero con el Atalanta y luego con el Lecce. Hasta que le llegó la oportunidad de abandonar el anonimato, un año después de cruzar el charco, cuando la Fiorentina vio en él al nuevo Batistuta. Potencia, ímpetu y olfato en el área: el chico parecía estar hecho de la misma madera que ‘Batigol’. La primera cuota de protagonismo se la ganó al final de su temporada de estreno en el club. Un gol suyo de chilena ante el Torino dio los tres puntos que sellaron la clasificación de los ‘violas’ para la Champions League del año siguiente. Aquello fue como si AC/DC hubiera decidido comenzar su Highway to Hell directamente con el estribillo. Osvaldo se daba a conocer por todo lo alto, subiendo los decibelios a tope.

Pero el horizonte intelectual de Osvaldo no muere en un solo de Chuck Berry. Es sabido que, entre otras cosas, también coquetea con la poesía. De no haberse decantado por el deporte, sería músico, y si no, escritor. Su letrista favorito es Joaquín Sabina (“le respeto mucho porque durante el franquismo arriesgó su vida por un ideal”) y en los estantes de su biblioteca abunda Frédéric Beigbeder, crítico francés y autor de la novela 99 francos, que ha sido llevada a la gran pantalla con Jean Dujardin como intérprete principal. El ariete, a la par que busca un hueco para armar el disparo, bascula entre el rock’n’roll y la literatura, dos mundos tan cercanos y tan lejanos a la vez. Gamberrismo y finura, salvajadas y culto. Pablo Neruda para desayunar y Mick Jagger para no dormir. Todo mezclado, encima, en un jugador de fútbol.

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Jack Sparrow, un timonel con gol para la selección italiana

De la ‘Fiore’ pasaría al Bolonia, y de allí a su aventura en el Espanyol, donde se ganaría la entrada a un club grande. Pero la dolce vita en Roma, como ya se ha apuntado anteriormente, no acabó de cuajar. Su relación con los aficionados fue yendo a peor. No podía pasear tranquilo con Jimena, su novia, por las calles de la ciudad, y de vez en cuando llegaba a casa y se encontraba la fachada pintada con insultos de los ‘ultras’ de la entidad. Lejos de acobardarse, su actitud tampoco ayudó a calmar las aguas. Osvaldo llegó a manifestar que cada vez veía con mejores ojos los métodos karatekas que un día popularizó Cantona. Antes de que la cosa fuera a mayores y acabara ardiendo el Coliseo, la Roma pactó su venta al Southampton, donde iba a reencontrarse con Pochettino, un entrenador que en Barcelona ya supo aprovechar su potencial. Pero los lazos del pasado no surgieron efecto. El delantero no explotaría en la Premier, como tampoco lo ha hecho en la Juventus o en el Inter, los dos equipos en los que ha jugado cedido por el conjunto inglés este último año y medio. Algunos goles, pero demasiadas broncas (para rescatar alguna, la que protagonizó como ‘neroazurro’ con su compañero Icardi, al que estuvo a punto de linchar en medio de un partido por no haberle pasado el balón en un contrataque).

Hasta que llegó el interés de Boca Juniors y se le abrió la posibilidad, diez años después, de volver al país que lo trajo al mundo. Tras tanto tiempo, quizás al Osvaldo futbolístico haya que considerarlo un producto made in calcio (de hecho escogió ser internacional con Italia). Pero otra cosa es la identidad personal. En eso, ni las pizzas ni las películas de Pasolini han conseguido borrar en el goleador la huella de sus orígenes. La felicidad con la que ha acogido su oportunidad en La Bombonera parece una buena señal. Osvaldo procura reencontrarse en el césped de una vez por todas. Y a parte de haber mandado ya a comer pasto a algún rival que otro, parece centrado en su objetivo: ganarse un espacio en los planes de ‘El Vasco’ Arruabarrena. En medio año, cuando termine la cesión, será un buen momento para valorar si lo ha conseguido.

Aquí, en nuestra tierras, le recordamos con buen sabor de boca por su etapa como ‘periquito’. Puede que su paso por la Liga, además, coincidiera con su momento de máximo esplendor (anotó 22 goles en los 47 partidos que jugó con el Espanyol). A su facilidad para ver portería, le añadió la correcta dosis de regularidad, lo que le valió para convertirse en el primer emblema del nuevo Cornella-El Prat. No podrán decir lo mismo los vecinos italianos, pero en nuestra orilla del Mediterráneo conocimos la versión más plácida de este rockero con tacos. Y tan plácida, que hasta una buena tarde, persiguiendo un viejo anhelo, Osvaldo se camufló con cuatro trapos y se fue a tocar la guitarra en la Plaza Catalunya. Estuvo allí un buen rato. Nadie lo reconoció.