En Heraclión, tierra de reyes y leyendas de la mitología griega donde el laberinto de Dédalo escondía al minotauro en el palacio de Knossos, nació hace tres décadas uno de los últimos héroes que ha dado la historia helena. Sus logros y conquistas poco tienen que ver con las de Aquiles o Teseo en el campo de batalla. La sangre, el barro y la armadura no van con su estilo, a él le gustaba más sacar a pasear su larga melena por el césped. Y si ese césped estaba situado en Glasgow y 60 mil personas vestidas de verde y blanco le apoyaban en la batalla, pues simplemente se sentía como en casa. Convencido de que la próxima guerra de 90 minutos arrancaba ya con un 1-0 a favor por el hecho de luchar frente a los suyos. El rey Minos de la isla de Creta respirará aliviado al ver que su tierra sigue produciendo héroes como Georgios Samaras.

Nacido el 21 de febrero de 1985, al hijo de Ioannis le tiraba más un triple de Larry Bird que no un gol de Eric Cantona; como también se quedaría antes con la imagen de Michael Jordan, su ídolo de la infancia, machacando el aro entre enormes hombres de dos metros que con cualquiera de los goles que marcaba un joven brasileño de nombre Ronaldo. Eso Ioannis no se lo podía permitir. El fútbol corría por la sangre de los Samaras, él había sido futbolista del OFI Creta e internacional con la selección griega en 16 ocasiones, pese a haber nacido en Australia, y su padre fue uno de los fundadores del South Melbourne FC. Así que el pequeño Georgios no tuvo otro remedio que cambiar el parqué por el césped y pronto empezó a destacar en las categorías inferiores del mismo OFI Creta en el que jugó su padre. Antes de cumplir la mayoría de edad, el fútbol holandés había puesto sus ojos en él y voló hasta tierras neerlandesas para iniciar su carrera profesional en el Heerenveen.

Al comienzo de la temporada 2002/03, la marcha del goleador Marcus Allback al Aston Villa había dejado un vacío considerable en el equipo dirigido por Foppe de Haan. Junto a la promoción de Samaras al primer equipo, los fichajes de Radoslav Samardzic y Gerald Sibon para el ataque fueron la solución al desembarco del delantero sueco a la Premier League. Los goles de las tres nuevas incorporaciones, sumados a los de Stefan Selakovic y Romano Denneboom, le valieron al club de la provincia de Frisia para acabar en el séptimo lugar de la Eredivisie ese curso. La segunda temporada Samaras en Holanda sirvió para ganarse un lugar en el once titular, aunque sus registros goleadores seguían siendo escasos, anotando únicamente cuatro tantos. Finalmente, fue en la 2004/05 cuando se empezó a vincular el nombre de Georgios Samaras con el gol y, junto a Klaas-Jan Huntelaar, se despató como uno de los puntales del equipo para que el Heerenveen acabase en quinta posición ese año, accediendo así a la próxima edición de la Copa de la UEFA.

La siguiente sería la última temporada de Samaras en el Abe Lenstra Stadion. En enero de 2006, cuando el mercado invernal abría sus puertas, el Manchester City previo a la llegada del jeque Sulaiman Al-Fahim pagaba ocho millones de euros para llevarse a la nueva perla del fútbol griego a Eastlands, dejando atrás 99 partidos y 27 goles con el Heerenveen. Su llegada a la Premier League pareció no necesitar proceso de adaptación alguno y a mediados de febrero, en su tercer partido como ‘citizen’, anotó su primer gol ante el Charlton Athletic. A ese tanto le acompañarían cinco más antes de finalizar el primer curso en tierras inglesas. En agosto de 2006, las contrataciones de Bernardo Corradi, Ishmael Miller y Paul Dickov suponían, a priori, una ardua disputa por conseguir ser un fijo en los esquemas de Stuart Pearce, pero Georgios Samaras, de nuevo con seis goles en su haber, se ganó la confianza del técnico y fue galardonado con el Golden Boy de 2006.

Todo parecía indicar que ese joven alto y delgado, de poca eficiencia goleadora pero con una gran capacidad asociativa un tanto extraña debido a sus casi dos metros de altura, iba a regalar muchas tardes de gloria a los aficionados del Manchester City, pero todo se truncó en su tercer año como ‘skyblue’. La marcha de Stuart Pearce y la llegada de Sven-Goran Eriksson al banquillo le apartó de las alineaciones. Ello, sumado a la larga lista de delanteros, que se acrecentó aún más con los fichajes de Felipe Caicedo, Benjani, Nery Castillo, Martin Petrov y Valeri Bojinov, hacía imposible que Georgios Samaras pudiera disfrutar de minutos en aquel equipo. De nuevo en el mercado invernal, el griego hacía las maletas en calidad de cedido, aunque pronto pagarían su traspaso. Esta vez el destino era Glasgow. El territorio verdiblanco y católico de Glasgow.

En Celtic Park pronto descubrirían al futbolista al que habían fichado. Se dieron cuenta de que el delantero que había llegado no tenía ese egoísmo que caracteriza a los mejores arietes del planeta. La poca producción goleadora que atesoraban sus botas se suplían a base de asistencias. También se esperaban que un gigantón como era el de Heraclión les ofreciera un amplio repertorio de remates de cabeza, pero poco después descubrieron que eso de despeinar su pelo ‘pantene’ no le hacía mucha gracia. Y acostumbrados al rudo fútbol de las Islas Británicas, donde el balón se toma la libertad de volar antes que ir de lado a lado a ras de césped, suponían que actuaría como hombre boya para bajar balones de cara a sus compañeros, aunque cabe decir que por ahí también andaban bien equivocados, porque si algo le gusta al bueno de Georgios es moverse por todo el flanco de ataque y, si puede, se irá escorando hacia la banda izquierda, su pequeña parcela en el verde, para tratar de finalizar la jugada. Da igual si con un pase o con un chut, eso nunca le ha importado. A medida que pasaban los encuentros, la afición del Celtic de Glasgow empezó a asimilar todo aquello. Medio año bastó para llevarse su primera Scottish Premier League y para establecer una conexión especial con la grada de Celtic Park, tan dada a mitificar y venerar a leyendas del club como Kenny Dalglish o Henrik Larsson.

Concluida su primera temporada en Escocia, la Eurocopa de Austria y Suiza centraría las miradas de los aficionados al fútbol durante el verano de 2008. Grecia, encuadrada en el grupo de España, Rusia y Suecia, era la vigente campeona después de dar la gran sorpresa cuatro años antes en Portugal. Con una plantilla similar a la que se llevó inesperadamente el título de campeona de Europa y con la continuidad de Otto Rehhagel en el banquillo, la selección helena pasó sin gloria por el campeonato tras tres derrotas que le costaron el último lugar en el Grupo D y 45 minutos frente a Suecia fueron la única aportación de Georgios Samaras en la competición.

En su regreso a Glasgow levantó la Copa de la Liga escocesa, pero fracasó ese año en su particular duelo con el Rangers por ganar la competición liguera y llegó una sequía de tres cursos sin festejar la competición doméstica en Celtic Park hasta que los problemas económicos se instalaron en el Ibrox Stadium. El verano de 2012 se refunda el club, pero el resto de equipos de la Scottish Premier League no permitieron que la Asociación de Fútbol Escocesa integrase al Rangers de nuevo entre los grandes y los de la First División tampoco aceptaron su ingreso en la segunda categoría del fútbol escocés, por lo que el club debía iniciar una escalada desde la cuarta división para volver a sus orígenes. Sin el Old Firm, Escocia parecía ser un poco menos Escocia y el Celtic lo aprovechó para agradar su palmarés cómodamente con tres ligas entre 2012 y 2014. Ese último año antes del retorno del Rangers a la Scottish Premier League fue el punto y final de la etapa de Georgios Samaras por los campos de fútbol escoceses. Antes de irse, el último héroe que ha dominado los territorios de Celtic Park no podía despedirse sin un gesto que honró a su persona y demostró el porqué de la admiración y el respeto que le tienen The Bhoys y la afición helena. En los festejos de la liga de 2014 Samaras cedió el protagonismo a Jay Beatty, un pequeño aficionado del Celtic con síndrome de Down que tuvo la suerte de conocer a la plantilla gracias a la relación de su padre con Neil Lennon, entrenador del equipo por aquel entonces.

Samaras ponía rumbo al West Bromwich Albion, aunque antes de iniciar su segunda aventura por la Premier League, se encargó de liderar los ataques de la selección griega en el Mundial de 2014. Ante Costa de Marfil, con una asistencia a Samaris y un gol de penalti en los últimos minutos del encuentro, su aportación fue vital para que la selección dirigida por Fernando Santos se clasificase para los octavos de final ante Costa Rica, donde solo la tanda de penaltis les separó de una plaza entre los ocho mejores países del mundo. En West Midlands su fútbol nunca llegó a ser comprendido como en Glasgow y solo ocho encuentros le bastaron para dar por acabada esa etapa. En 2015 arrancó su aventura por Arabia Saudí, enrolándose con el Al-Hilal, pero solo un año después marchaba a la NASL para fichar por el Rayo Oklahoma City, donde su aportación volvió a ser poco productiva con dos tantos en poco más de una veintena de partidos por los estadios de Estados Unidos. Después de dos años alejado del fútbol competitivo europeo, La Romareda ha llamado a sus puertas para convertirlo en el nuevo ídolo maño en la particular lucha del Real Zaragoza por volver a Primera División.

Desde la Basílica del Pilar, los zaragocistas han iniciado sus rezos para que Georgios Samaras vuelva a ser ese futbolista que deslumbraba por los verdes estadios de Escocia. Saben que no han fichado a un griego que les recuerde a las batallas del Peloponeso o a la guerra de Troya, eso va más con el estilo de su intimidante compañero Giorgos Karagounis. Samaras se asemeja más a la elegancia de los dioses, aunque no busque serlo y se conforme con ser un simple héroe de la Grecia moderna.