“Me jodían esos debates en los que se decía que el Barça necesitaba músculo. ¡Pero qué me estás diciendo! El músculo más importante para jugar a fútbol es el cerebro, como ya decía Cruyff. Es el más importante y valioso.” Xavi Hernández, en una carta dedicada a Andrés Iniesta.

El vídeo introductorio del FIFA 06 es, con toda seguridad, el más precioso de toda la franquicia. En él, protagonizado por dos estrellas de la talla de Ronaldinho y Wayne Rooney, se asevera que el fútbol es “el único espectáculo con un significado común para todos”, que es “el verdadero idioma universal”. Un idioma que, disculpen por el matiz, se hablaba de una forma particular en el Futbol Club Barcelona, el equipo que hasta hace pocos años provocaba la admiración del mundo entero gracias a su apuesta innegociable por la posesión del balón, por el fútbol de posición que La Masia aún trata de inculcar en las jóvenes promesas azulgranas.

Con todo, mientras la entidad se va alejando lentamente del modelo que le permitió dominar el fútbol intercontinental de la mano de Johan Cruyff y de Pep Guardiola; Riqui Puig, un canterano endeble e imberbe, se ha erigido en la penúltima esperanza de quienes ansían que el Barcelona regrese a aquella añorada época en la que aquellos locos bajitos, representados por el mágico triunvirato que conformaban Xavi Hernández, Andrés Iniesta y Leo Messi, marcaban los tempos del fútbol culé. La suya, la del joven centrocampista de Matadepera, la de la última joya de La Masia, es una figura extremadamente literaria. Es la de un joven muchacho que, con la intención de reivindicar el potencial, tan olvidado últimamente, que continúa brollando de la cantera azulgrana, ha asumido con una enorme determinación, prácticamente sin pestañear, dos misiones ciertamente complicadas: convertirse en el primer canterano que se asienta en el primer equipo desde Sergi Roberto, primero, pelear para ocupar el insondable vació que dejó Andrés Iniesta en el corazón de la parroquia culé este verano cuando anunció su marcha al fútbol japonés tras 22 años en el Barcelona, después.

A pesar de su apariencia frágil y etérea -nunca ha sido internacional en categorías inferiores porque los ojeadores consideran que no tiene físico-, no hay ninguna duda de que Riqui Puig, que aterrizó en Can Barça en 2013 procedente del Jàbac Terrassa y que hace unas semanas renovó con el conjunto azulgrana hasta 2021, con una cláusula de recisión de 100 millones de euros, tiene calidad de sobras para aspirar a conseguirlo. Poseedor de una visión de juego exquisita, de una privilegiada capacidad de asociación, de una fuerte personalidad -es el único de los canteranos del stage del Barcelona en Estados Unidos que ha participado en los rondos con los jugadores del primer equipo- y de un talento, una inteligencia y una madurez impropios para su edad, el joven centrocampista azulgrana es un futbolista atrevido, de los que no dudan en aceptar la responsabilidad de ejercer como directores de orquestra, como catalizadores del idioma del Barcelona, como guardianes del tarro de sus esencias.

“Me encantó. Creo que estamos delante del nuevo Iniesta”, afirmaba este fin de semana, después del amistoso entre el Barcelona y el Milan, Daniele Massaro, el exfutbolista rossonero que anotó un doblete en la fatídica final de la Champions Legue que los futbolistas de Johan Cruyff perdieron por un inapelable 4-0 en 1994, cinco años antes de que Riqui Puig aterrizara en este mundo. “Es un espectáculo. Todavía tiene cara de niño; pero, por cómo trata el balón y por cómo juega, se nota que tiene el fútbol dentro de él. Es algo que me maravilla, cuando toca el balón es como poesía”, enfatizaba, en la misma línea, el técnico milanista, Gennaro Gattuso. Inevitablemente, los recuerdos evocan la noche del 24 de agosto de 2005; cuando, después de presenciar desde el banquillo la asombrosa exhibición con la que Leo Messi se presentó ante el universo futbolístico en el Trofeu Joan Gamper que enfrentó al Barcelona con la Juventus, Fabio Capello reconoció que nunca había visto “un jugador con tanta calidad con la edad que tiene”. “Personalidad, velocidad… Tiene de todo”, sentenció entonces el experimentado entrenador de la Vecchia Signora. Ya saben cómo acabó la cosa.

Después del amistoso de este fin de semana entre el Barcelona y el Milan, el exfutbolista Daniele Massaro le pidió una camiseta a Riqui Puig.

Profundamente agradecido por los elogios recibidos, el centrocampista azulgrana aseguró que “tengo que dejar de lado los halagos y centrarme en jugar bien, en mejorar cada día. Los elogios están bien porque te ayudan a subir la autoestima, pero no sirven de nada. Estoy muy contento, pero ahora toca seguir trabajando y volver al B, que es mi equipo”. “Tan solo tengo 18 años y mucho por mejorar, pero igualar a Iniesta es imposible. Es un futbolista único”, añadía Riqui Puig, en una clara demostración de que, a pesar de haberse consagrado como una promesa a tener en cuenta, como una opción de presente, con sus grandes actuaciones en los tres amistosos que ha disputado en tierras norteamericanas, los tres primeros partidos con el primer equipo en un currículum en el que destaca el título de la UEFA Youth League de la temporada pasada, mantiene los pies en el suelo, plenamente convencido de que el camino para triunfar en el Camp Nou pasa por ser paciente, por ser tan humilde como lo fue cuando, tras maravillar a los 60.000 espectadores que acudieron al Rose Bowl de Pasadena para presenciar el encuentro contra el Tottenham Hotspur, al ser preguntado por la jugada en la que le hizo un brillante sombrero al danés Christian Eriksen se limitó a responder: “Juego al fútbol como sé y como he jugado toda la vida”.

“Estamos contentos con lo que han hecho los jugadores del filial que han venido. También con Riqui, desde luego. Pero tenemos que estar tranquilos, porque nos emocionamos todos rápido”, insistía en remarcar Ernesto Valverde después del encuentro contra el Milan, tratando de frenar la euforia que empieza a rodear a un chaval que hace unos años se fotografiaba eufórico al lado de Leo Messi y que ahora, en un futuro muy próximo, podría compartir vestuario con él. Precisamente, de Ernesto Valverde, que después de los primeros entrenamientos de Riqui Puig con el primer equipo reconoció que en el club esperan “mucho de él” porque tiene “mucho desparpajo, mucho entusiasmo y porque conoce el estilo de aquí”, dependerá que el prometedor centrocampista azulgrana tarde más o menos en alcanzar la élite. “Pareció una locura, pero la decisión de Pep Guardiola de optar por Busquets antes que por Touré fue una decisión valiente, de creer en nuestra filosofía y en el trabajo bien hecho de la cantera. Nos hacen falta este tipo de decisiones fieles al modelo; para mí, Riqui Puig tiene que pasar por delante de Rakitic”, leía este fin de semana en Twitter. “Sin entrar a compararlos, con Riqui Puig solo cabe confiar que Valverde tenga la mirada de Rijkaard con Messi, la de Guardiola con Busquets, la de Cruyff con Guardiola o la de Van Gaal con Xavi. Y, si el chaval responde, que atropelle a quien tenga que atropellar”, añadía el periodista Jordi Blanch. Y Roger Pascual, de El Periódico, concluía: “Es la mejor vacuna contra un virus que vuelve cíclicamente: la cantinela de que en el fútbol moderno se necesita músculo en el centro del campo. Lo único que sé es que la que más títulos y mejor juego le ha dado al Barça es preferir el talento y el toque de pequeños como Iniesta y Riqui Puig antes que el músculo y la altura de los Van Bommel y André Gomes”.

Cierto es que su apariencia infantil puede confundir, que quizás todavía es un niño, pero a Riqui Puig ya no le quedan grandes ni la camiseta del primer equipo del Futbol Club Barcelona ni el ‘8’ de Andrés Iniesta. El reto es mayúsculo, pero el futuro es todo suyo.

Y cada minuto que no juegue será un minuto perdido.