Han pasado ya unos pocos días desde que se cumpliera la proeza pero la adrenalina sigue latente. Se nota. Vas por la calle en Barcelona y la gente sonríe. Te tomas una caña con tus amigos en el bar y los de la mesa de al lado siguen comentándolo. Mires por donde mires, la felicidad se ha instalado en la capital catalana. Quizá solo sirviera para pasar una ronda más y no quedar eliminados de manera prematura, pero una noche como esa es de las que cala hondo en una hinchada. De las que, por mucho tiempo que pase, se explicará a hijos, nietos, sobrinos o cualquier descendencia posible.

Era un partido de esos que, ya desde semanas antes, se comienzan a jugar. Estadio a reventar, afición entregada y dos equipazos frente a frente con objetivos muy distintos: uno golear, el otro no ser goleado (puede que ese fuera el problema del París Saint-Germain). Y si esa era la sensación antes de que iniciara el espectáculo, al término de los 90 minutos todos los presagios se quedaron cortos, cortísimos.

Se podría hablar, y se está hablando, de miles de detalles sobre lo sucedido en el encuentro. Sobre la osadía de Luis Enrique plantando una defensa de tres a 60 metros de la portería de Marc-André Ter Stegen; cuestionar si, con un 4-0 de ventaja traído desde el Parque de los Príncipes, el planteamiento de Unai Emery en el primer tiempo fue excesivamente conservador alejando a sus futbolistas ofensivos de zonas de peligro para el rival; del momento mágico de Sergi Roberto con un gol que ya es historia viva del barcelonismo; o de muchísimas otras anécdotas que sucedieron sobre el verde del Camp Nou. Pero todo eso no me acaba de convencer. Revisando las mejores jugadas del convite te das cuenta de que lo que pasó en el campo tiene una explicación única e inequívoca. Ese día jugaba Neymar da Silva.

Tras la debacle azulgrana en París, el brasileño mandó un mensaje claro: “Mientras tenga un uno por ciento de posibilidades tendré un 99 por ciento de fe”. Y dos semanas más tarde, cada vez que el balón llegaba a sus fluorescentes botas amarillo verdosas los cálculos matemáticos que había programado se perdían entre números ilógicos e indescifrables. A cada toque suyo sumaban más posibilidades, pero eso no conllevaba un decrecimiento en el porcentaje de fe, para nada, la fe se multiplicaba. En los últimos partidos del Barcelona —desde que iniciara el 2017— se ha visto a un Neymar distinto. Se ha despreocupado de que no llegaran los goles a su cuenta particular y ha mostrado un trabajo defensivo y una capacidad de sobreesfuerzo poco habitual en un futbolista de sus características y de sus orígenes. Los brasileños del jogo bonito no acostumbran a correr 20 metros para atrás para recuperar un balón, les tira más deleitar al graderío con un regate o una finta bailando samba con el cuero como si del Carnaval de Río de Janeiro se tratase. Él ha conseguido no desprenderse de esa magia carioca y arremangarse la camiseta térmica cuando el balón está en dominio ajeno.

Unai Emery había preparado un enjambre por dentro. Cuidando los pasillos interiores por los que tanto daño suele hacer el Barcelona y dejando espacio a las bandas. Kurzawa contra Rafinha y Meunier contra Neymar. Desde ahí, escorado a la izquierda del frente de ataque azulgrana, el brasileño debía sacar a relucir sus mejores virtudes para encontrar la manera de penetrar el balón entre tantas piernas vestidas de medias blancas. Sus socios de arriba estaban metidos, sin quererlo y sin remedio, en la jaula parisina. Luis Suárez entre los centrales y Leo Messi buscando su hueco entre líneas, pero era un espacio tan reducido que parecía inexistente hasta para un futbolista como el argentino. Entonces, la solución estaba clara, debían buscar al ’11’ para que protagonizara sus habituales diagonales derribando rivales.

Jugó con Meunier durante todo el partido. Como ese día clásico en el patio del colegio donde el abusón de turno coge el balón de los más pequeños y se lo esconde para divertirse un rato. Suyo fue el protagonismo del primer tiempo. No apareció en la jugada del gol de Luis Suárez, pero inició el de Kurzawa en propia puerta. En el segundo acto siguió a lo suyo, pero cuanto más tiempo pasaba más responsabilidades asumía. Provocó el penalti del 3-0 y fue uno de los que más creyó cuando Edinson Cavani demostró porqué es el máximo goleador de la liga francesa (y de todas las europeas) con un trallazo que dejó mudo al Camp Nou.

Pasaban los minutos y el sueño de la remontada se iba diluyendo, aunque el Barcelona seguía insistiendo. Quizá con menos ahínco, pero seguía jugándose el partido en campo del París Saint-Germain, a excepción de alguna galopada de los Di María, Draxler y compañía en busca de la tranquilidad y la sentencia. A falta de tres minutos para llegar al tiempo reglamentario, por si los de Unai Emery no habían sufrido lo suficiente, llegaron los mejores momentos de la exhibición del ’11’. Primero hubo una falta escorada en frontal de la portería de Kevin Trapp. No lo duden, fue provocada por el brasileño. Y él mismo asumió la responsabilidad de lanzarla y de meterla por toda la escuadra. Después, Messi supo ceder el protagonismo al hombre que le estaba dando vida al Barça para que materializara el penalti que dejaba el electrónico con el 5-1. Y, ya para rematar un partido sumamente excepcional, el éxtasis azulgrana se alcanzó cuando Sergi Roberto entraba con más alma que otra cosa para firmar la remontada. La magnífica asistencia, obviamente, no podía ser de otro que de Neymar después de dejar clavado a un rival con una finta tan de Neymar.

Al acabar el partido, con su sonrisa picarona, la misma que desquicia a muchos de sus rivales por la impotencia de no poder robarle el balón a un chico enclenque al que parece que un día el viento se lo puede llevar a otra galaxia, dejó una frase para el recuerdo: “Es el mejor partido que he jugado en mi vida”. Seguramente, no haga falta decir nada más que eso. Las palabras suficientes para saber que sí, que fue el mejor y punto.